Mientras siga escondido la revolución estará en suspenso
El CNT supedita el triunfo definitivo a la captura de Gadafi
lunes 12 de septiembre de 2011, 18:45h
A pesar de que la captura de Muamar el Gadafi no parecía, tras la toma de la capital libia, condición sine qua non del triunfo de la revolución, algo más de dos semanas después de la entrada en Trípoli, el número dos del Consejo Nacional de Transición ha declarado que mientras Gadafi permanezca sin capturar “la guerra no habrá terminado”.
Hace más de dos semanas, el pasado 23 de agosto, cuando cayó la capital libia, los insurgentes del Consejo Nacional de Transición consideraron que el régimen de Muamar el Gadafi había terminado. “La toma de Trípoli es el fin del régimen”, apostrofó Mahmud Jibril, numero dos del CNT. A partir de entonces, los rebeldes consideraron que la fuga del coronel libio era poco más que anecdótica y que no influiría en el curso de la revolución. 18 días más tarde, el mismo Jibril ha declarado que mientras Gadafi permanezca sin capturar “la guerra no habrá terminado”.
El cambio en la evaluación de la situación por parte del Consejo transitorio se debe en gran parte a la resistencia que continúan oponiendo varios centenares de seguidores de Gadafi en las ciudades de Sirte, Bani Walid y Sebha, los tres bastiones aún fieles al exlider de la Yamahiria.
“Las autoridades del CNT están ofreciendo lo máximo que pueden a los gadafistas para que se rindan”, comenta una fuente árabe a EL IMPARCIAL. “Prueba de ello es la oferta de formar un nuevo Ejecutivo con mayor representación tribal y regional”, dice. El presidente del CNT, que ya ha tomado posesión de su sede en Trípoli, ha aceptado las “exigencias” formuladas por el ministro de Exteriores argelino Murad Medelci la semana pasada en Francia, que respondían a una petición expresa de la Unión Africana, cuando reclamó la constitución de un gobierno “representativo de la mayoría de tendencias libias”.
El obstáculo principal para ello sigue siendo la huida de Gadafi y de sus hijos más beligerantes, Seif el Islam y Khamis, y sus maniobras ocultas para entorpecer la formación de un nuevo régimen en Libia.
Un hombre enigmático
Gadafi es imprevisible. A esta conclusión ya llegaron en el pasado los principales líderes árabes que le tuvieron como socio, como aliado o como enemigo. Porque el que fuera de facto el jefe del Estado libio durante 42 años no se guiaba por una ideología precisa, ni por un programa u hoja de ruta política, ni siquiera por la defensa de los intereses de su país, de su tribu o de su familia. Aunque hubiera algo de todo eso, Gadafi tenía la habilidad para sorprender siempre a sus interlocutores.
Esta capacidad para engañar a los enemigos, para proponer lo que el día antes condenaba, ha hecho de Gadafi un personaje extremadamente peligroso, sobre todo cuando sigue teniendo los medios financieros, las armas y gente que le adora. A mediados de los años 80, Muamar el Gadafi apoyó en España a un grupo ultraderechista conocido como “La llamada de Jesucristo” que enarbolaba posiciones cercanas a los grupos pro-nazis. Esto no impidió que al mismo tiempo el régimen libio negociara sustanciosos contratos con el gobierno español de Felipe González.
La misma actitud ambivalente la tuvo Gadafi en Francia, donde llegó a establecer relaciones con todo tipo de personajes excéntricos y agresivos, como Jean Marie Le Pen, líder del derechista Frente Nacional, artistas como Dieudonné y filósofos de la corriente “revisionista”. Y ello al tiempo que firmaba con gran pompa suculentos contratos con las compañías galas en su idilio con Nicolás Sarkozy.
En los mismos años 80, Gadafi llegó a proponer al rey marroquí Hassan II “una unión entre Libia y Marruecos”. Propuesta que el soberano alauita aprovechó para desarmar el apoyo libio al Frente Polisario saharaui. Gadafi fue capaz de eso y mucho más. Cuando se originó el conflicto del Sahara Occidental, el presidente argelino de entonces, Huaru Bumedian, quería mantenerlo bajo su control para que sirviera como presión en la manzana de discordia entre los dos rivales históricos del Magreb: Argelia y Marruecos. Pero no contó con la improvisación de Gadafi, que sin consultar con sus aliados empujó a la constitución de la “República Saharahui Democrática”. Bumedian pretendía que el Polisario fuese un movimiento de liberación, pero Gadafi fue más lejos y puso a todos ante el hecho consumado. El líder libio, pocos meses después, ya empezó a hablar de que “la solución al conflicto del Sahara es un Estado unificado en todo el Magreb”.
Es con este mismo Muamar el Gadafi con quien el Consejo de Transición debe vérselas. Un líder que dio refugio durante años a Ilich Ramirez Sanchez alias “Carlos”, el terrorista internacional más buscado en su época; que dio cobijo al grupo de Abu Nidal, un palestino extremista que practicaba el terror sistemáticamente; que no tuvo reparos en ordenar la liquidación de Imam Musa Sadr, un dirigente chiita de renombre, o de ordenar el atentado contra el avión en Lockerbie, pero que al mismo tiempo negociaba con los agentes de la CIA Edwin P. Wilson y Frank E. Terpil para que le suministraran armamento moderno.
"La inconsistencia de Gadafi es un problema para su captura”, estiman fuentes árabes, “porque es capaz de aliarse con quien hasta ayer era su enemigo mortal. Y en la actual situación de inestabilidad regional y de terrorismo ascendente en el Sahel, eso plantea muchas incógnitas”. Gadafi combatió, encarceló y torturó a centenares de libios acusados de terrorismo islamista. ¿Quién puede garantizar que no pase un acuerdo contra-natura con los islamistas del AQMI (Al Qaeda del Magreb Islámico)? Eso lo entiende el presidente del CNT, Mustafá Abdeljalil, para quien “mientras Gadafi ande suelto, no se puede decir que la revolución ya ha triunfado”.