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Erdogan aplaude las revueltas árabes

Víctor Morales Lezcano
lunes 19 de septiembre de 2011, 21:32h
No parece ser una consideración falaz de los varios problemas que afligen actualmente a las relaciones internacionales, aquélla que nos recuerda que el presente suele parecerse a su pasado.

Veamos por separado, aunque en columnas no exentas de relación estrecha, dos aldabonazos que ilustran nuestra percepción del asunto. Primero, la visita de Recep Taïeb Erdogan a tres países norteafricanos inmersos, hoy, en las consecuencias inmediatas a los levantamientos populares contra los regímenes políticos de Túnez, Egipto y Trípoli. En segundo lugar, el cariz que reviste en la distancia corta la próxima sesión de la Asamblea General de Naciones Unidas, prevista para los días 21-23 próximos. Una sesión que lleva la marca mayor de la cuestión del reconocimiento, o no, de un Estado palestino soberano.

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Desde hace nueve años, gobierna la república de Turquía un partido político de creciente implantación social, llamado “de la Justicia y del Desarrollo” (AKP, en las siglas archiutilizadas en los medios de comunicación, periodísticos en especial).

Cuenta tenida de que Turquía es nación bastante consolidada desde hace ochenta años; y de que se trata, además, de una nación emergente en cuanto potencia regional en alza económica, el cambio de signo político que consagraron las urnas en 2002 al dar el palmarés a un partido de inspiración islamo-moderada (AKP) frente a varios -y poco prestigiados- concurrentes, no fue un cambio político como cualquier otro, dentro y fuera del mundo musulmán.

Para empezar, la Turquía republicana, de perfil nacionalista, e inclinada desde arriba hacia el laicismo de Estado que emergió en el horizonte internacional de los años 20 y 30 del siglo pasado, produjo entonces una revolución auténtica y compleja. Muy en particular debido al marco religioso-cultural, de cuño islámico sunní, en que tuvo lugar el triunfo e implantación de la forma de Estado que concibió Atatürk (1923-1938). Así lo vio con claridad el profesor García Gómez en su prólogo al “Segundo viaje de Turquía” que escribiera Emilio Garrigues y que editara “Revista de Occidente” (1976).

Sin embargo, y puesto que el presente suele parecerse al pasado, el republicanismo del Estado kemalista tuvo brechas por las que se introdujo su erosión histórica. Cierto es que el ejército, magistraturas varias -desde las universitarias a las judiciales-, y gentes de sensibilidad avanzada, abrazaron con fervor la revolución de Atatürk en las ciudades del antiguo imperio otomano.

Ahora bien, ingentes sectores populares, en el campo, la montaña y la meseta de Anatolia permanecieron ajenos al viraje kemalista; o si fueron impregnados por éste, terminaron por distanciarse de su credo secular y objetivos terrenales a medida que la revolución se fue institucionalizando. Una suerte de Turquía dual terminó por establecerse con los años.

De ahí que en el arranque del siglo XXI el programa del AKP haya cautivado a la población turca más consuetudinaria en sus usos, costumbres y mentalidades. El artífice aparente del viraje iniciado en 2002 fue el ex-alcalde de Estambul, R.T. Erdogan, hoy primer ministro del gobierno turco.

No obstante el hecho del cambio de orientación interna y exterior proporcionado a la República por el AKP desde hace casi una década, si escrutamos con atención el espejo del pasado turco-otomano, podremos comprobar que Erdogan es un revisionista, pero sólo parcial, del legado republicano. Como Atatürk y otros predecesores que tuvo Kemal desde la era de las reformas en la Turquía del siglo XIX, Erdogan es tan celoso custodio de la nación-estado republicana como todo estadista que se precie. También, como Atatürk, parece imbuido de la misión de conciliar la ruptura histórica de 1923 con el tiempo presente. Esto sí hay que subrayarlo: Erdogan se muestra convencido de que el Islam sunní debe recuperar en Turquía el protagonismo que deseen conferirle los ciudadanos de la República. Como se ha puntualizado en algunas entregas hechas a este periódico digital, la trayectoria pública del AKP y de su líder por antonomasia, le ha enfrentado a sectores kemalistas inveterados. El pulso entre los contendientes sigue; la suerte no está echada todavía. El paso del tiempo y “doña Historia” sancionarán en su momento.

He aquí, empero, que en los decenios revueltos que viene viviendo el mundo árabe-islámico desde el inicio del proceso descolonizador, el “revival” islamista no ha podido pasar desapercibido -y no solamente en la Nueva York del 11-S. Un “revival” que desde el establecimiento de una república clerical en Irán (1979) fue convirtiéndose en un peligro amenazador para el hemisferio de las “Luces”. Para neutralizarlo, el tándem euro-americano no sólo respetó sino también apoyó los regímenes autoritarios en todo el norte de África y Oriente Medio, en cuanto supuestos diques de contención de la marea islámica. Hemos visto en 2011, sin embargo, cómo han ido desmoronándose, fundiéndose, los regímenes “sultaníes” de Túnez, Libia y Egipto ante los levantamientos populares. La esperanza de cambio hacia gobiernos representativos que viene alimentando la “primavera árabe”, da la impresión, a diez meses vista, de que no le será fácil recorrer el trayecto que conduzca algún día, a buen fin, la democracia en el mundo islámico.

Erdogan entra nuevamente en escena en tanto en cuanto, la “primavera árabe” ha derrocado a la autocracia, aunque haya puesto en estado de incertidumbre el futuro político de Egipto, Libia y Siria. Viajan, mientras tanto, las preguntas incisivas, se agitan las inquietudes, y se multiplican los pronósticos: ¿se abrirán paso felizmente los procesos constituyentes en Túnez y Egipto?. ¿Qué papel jugarán los partidos de factura islamista en el norte de África?. ¿Permanecerá el ejército en sus cuarteles o, como máximo, ejercerá de custodio aséptico de la agitación callejera que ha sobrevenido en el Mediterráneo centro-oriental?. No es descabellado sugerir que el primer ministro turco haya sentido la llamada del viento procedente de los países que en el pasado fueron provincias súbditas del imperio

Turquía, bajo el AKP, y Erdogan, en cabeza de fila, son reconocidos con unanimidad -a diestra y siniestra- como un país musulmán y un presidente de gobierno que apuestan por conciliar praxis religiosa y estilo de vida moderno. Así se pronuncian en tal sentido no pocos titulares de prensa occidentales que se hacen eco del viaje que acaba de concluir: “Erdogan llega a Egipto en apoyo de la primavera árabe” (EL PAÍS, 12 de septiembre); “Erdogan iza el laicismo en Egipto” (LA VANGUARDIA, 12 de septiembre). La acogida que también está dispensándole el público en las calles al primer ministro turco, puede interpretarse como la satisfacción vicarial de una necesidad colectiva omnipresente en el Túnez y en el Egipto “post-primaveral”.

Con la aureola de musulmán moderado que busca en las fuentes islámicas la legitimación de una política regeneradora -y un tanto hipernacionalista- de su país, Erdogan está emergiendo, además, en calidad de espejo en cuya luna se avizoran los caminos del futuro en la región mediterráneo-oriental. Su alocución en El Cairo ha sido un elogio a la libertad y a la democracia. Resulte, o no, contradictorio, ha sido así.

Se nos ocurre apuntar finalmente a que en la visita oficial que Erdogan acaba de realizar a El Cairo, Trípoli/Bengazi y Túnez-capital, resuena también el reconocimiento orgulloso de estas tres antiguas dependencias del imperio otomano por la nueva orientación exterior que el gobierno de Ankara está imprimiendo, principalmente hacia Israel y, con cautela esmerada, hacia Irán. Una orientación (¿protectora?, ¿neo-otomana?) que pretende anunciar otra era de las relaciones internacionales en el Mediterráneo oriental, posterior a la desintegración de la URSS y al auge del islamismo salafí a ultranza. O sea, en una zona del “Mare Nostrum” en la que varios imperios antiguos y ex-potencias coloniales se han visto impulsados a ejercer un dominio, u obtener un ascendiente, una influencia, superiores para beneficio de sus intereses. No es improbable que Erdogan aliente la arriesgada creencia de que la hermandad religiosa que vincula a Turquía con los países árabes de tradición sunní, le permita realzar el ascendiente de la República de Turquía en el entorno de su nueva área de influencia. Una creencia -y un deseo- que Atatürk hubiera suscrito.

Víctor Morales Lezcano

Historiador. Profesor emérito (UNED)

VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías sobre España y el Magreb

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