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ETA ya no es la carta maestra

lunes 03 de octubre de 2011, 21:19h
Alguna vez he contado aquí mismo cómo en aquellos años de la Transición algunos miembros del PSOE tenían problemas dentro del partido –según confesaban ellos mismos- por que se le etiquetaba como “socialdemócratas”. Eran los tiempos del socialismo puro y duro. Sus máximos dirigentes, estaban fascinados por una secreta admiración por la Unión Soviética. No pocos de ellos habían militado en el PCE y en una sonada visita a Moscú se firmó un acuerdo entre los dos partidos. Un dirigente soviético no vaciló entonces en afirmar que “el PSOE es nuestro partido en España”. Lectores impenitentes de Lenin, Stalin y hasta de Mao lo de “socialdemócratas” les sonaba a “socialfascistas”, insulto con el que el Comintern etiquetó a quienes no se le sometían plenamente. No en vano para Stalin democracia y fascismo no eran sino dos fases en la evolución del capitalismo. Es esta una referencia que conviene no olvidar para saber dónde estamos.

Por eso muchos de aquellos izquierdistas españoles se sentían imbuidos de un cierto “socialismo” que estaba a dos pasos del llamado “socialismo real” que imperaba más allá del Telón de Acero y muy lejos de la “democracia formal” occidental, que no había sido capaz de liberarse del remoquete de “burguesa”. Eran los tiempos en que muchos en Occidente creían en la tesis de la convergencia que llevaría a los dos grandes sistemas, capitalismo y comunismo o “socialismo real”, a una inevitable fusión que no solo garantizaría la paz del mundo sino que –no había más que oír hablar a muchos de ellos- tendría muchos más elementos del este que del oeste. Convencidos de la superioridad moral de la izquierda y desdeñosos de un proclamado pluralismo que les ponía al mismo nivel que los reaccionarios y explotadores burgueses, no les era fácil ocultar una permanente tentación totalitaria que les llevaba a soñar en un indefinido dominio de la izquierda y a planear la deseada exclusión de una despreciada “derecha” que sólo era el último vestigio de un pasado bien pasado. Los totalitarismos son así y si Hitler fantaseaba con el Reich de los mil años, ¿por qué no iba a durar indefinidamente, y con más razón, el socialismo científico que se sentía impulsado y justificado por las leyes de la historia, definidas por Marx y que se veía a sí mismo en la cresta de la ola del futuro?

El primer socialismo español –el de los años ochenta y noventa- disimuló cuanto pudo estas pulsiones totalitarias que, sin embargo, no dejaban de ser visibles: el proclamado entierro de Montesquieu; la instrumentación política de la justicia; la vocación de controlar una débil y poco articulada sociedad civil; la “religión” de “lo público”, como síntesis de todos los bienes deseables y como mecanismo para poner a todas las instituciones de ese carácter en manos de los sindicatos, a su vez correas de transmisión de los partidos de izquierda. Todo eso –y mucho más- denunciaba una estrategia bien definida de hegemonía permanente del PSOE que, en algún momento (y esas informaciones me llegaban desde el seno de ese partido) se ponía como ejemplo el PRI mexicano: Tolerar algunos otros partidos pero poner todos los medios para que nunca pudieran ganar las elecciones. Se guardarían las formas para que nadie en Europa pudiera plantear o hacerse eco de ninguna hipotética objeción. Pero la voluntad de aferrarse al poder para siempre era evidente.

Con la llegada de Zapatero al poder se arrojan todas las máscaras, se desacredita la obra de la Transición, lastrada por su congénito y blando reformismo y se ensalza abiertamente el radicalismo izquierdista de los años treinta del siglo pasado que nace en la revolución socialista de 1934, tras negar el acceso al poder a la derecha que había ganado las elecciones del año anterior. Ahí se inspira el radicalismo de Zapatero, que no oculta nunca su querencia por una glorificada II República. El Pacto del Tinell, ya en 2003, es el primer documento que atestigua la voluntad de la izquierda de excluir al único partido que ya había demostrado que podía ganarles. La “dulce derrota” socialista de 1996 se trocó en 2000 en una catástrofe que lleva al PSOE a una neta conclusión: Todo vale para recuperar el poder…y para no volver a perderlo. ¿Cuál iba ser la baza maestra para lograr este objetivo? Estaban recientes los acuerdos del Viernes Santo en el Ulster y a alguien -quizás a bastantes- se les ocurrió la gran operación: Si ganamos las elecciones en 2004 y llevamos a un buen término un “proceso de paz” con ETA nos instalaremos en el poder duraderamente. La paz con ETA, previa negociación y cediendo “razonablemente” en algunas de sus reivindicaciones va a ser, pues, la carta maestra.

Por eso, aunque se había firmado un Acuerdo contra el terrorismo que excluía terminantemente la negociación, se iniciaron los secretos contactos pues para la “moral” socialista no solo está permitido engañar a la derecha, sino que es una obligación. Se utilizaría un método caro al PSOE: unos detienen terroristas mientras otros negocian con ellos; unos condenan cualquier negociación, otros la promueven. Incluso la misma persona puede hacer cosas aparentemente contradictorias a la vez. Rubalcaba –gran maestro de la duplicidad o, más exactamente, de la doblez- es el personaje ideal para la operación: detiene comandos y clama, de boca afuera, contra la legalización de los pro-etarras, pero bajo cuerda da facilidades para integrarlos. Mientras se detiene a unos a otros se les traslada a cárceles más cómodas o se les da permiso para que cuiden a mamá o para que se inseminen. Como decía el proverbio romano, “una mano sua faciebat opus, altera tenebat gladium”. El Químico es experto en estas complejas emulsiones que mezclan lo que aparentemente es incompatible.

Se trata de decirle a la opinión pública, antes por supuesto del 20 de noviembre, que gracias al PSOE, ETA ha dejado de existir. Y cada uno representa el papel que le asigna esa famosa hoja de ruta que nadie ha visto pero que todos saben que existe. No hay más que ver el alborozo que ha suscitado en la izquierda la carta de los presos etarras –muchos de ellos implicados en delitos de sangre- que piden nada menos que una amnistía, prohibida por la Constitución y hasta un control internacional del proceso bajo la presidencia de ese tal Currin (que, por cierto, ¿quién le paga?) con un “acercamiento” de los presos y una legalización de los partidos ilegalizados como pasos previos para terminar “el conflicto”. Un conflicto que nunca existió, porque la lucha contra ETA es tan conflicto como la lucha contra el terrorismo islámico o contra, el narcotráfico internacional. Formas nuevas de delincuencia que se deben tratar con el código penal en la mano, sin más objetivo que la derrota total de quienes las practican, aunque gocen del apoyo de varios cientos de miles de votantes, tan extraviados como los que votaron a Hitler o votan a Ahmadineyad.

Hasta el pobre Patxi López desempeña el papel que le han asignado y habla de ETA en pasado. Precisamente en el momento en que la tiene en casa y aguantándola a diario porque ya está en las instituciones vascas y aspira a entrar en el Parlamento español. Ese es el gran engaño con el que tratan de recuperar el ajado sueño de Zapatero: Hacer de ETA el gran instrumento para apalancarse en el poder. Pero sucede que en estos ocho años han pasado muchas cosas y el número de ingenuos que hay en el censo electoral es inversamente proporcional a las engañosas ensoñaciones del Radical de La Moncloa y del candidato Catalizador. No parece probable que les funcione la operación de alquimia de hacer de unos inveterados criminales unos presentables demócratas.
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