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Marruecos es el único país en el que subsiste

El califato islámico rechaza la democracia

jueves 06 de octubre de 2011, 17:49h
Cuando después de los atentados terroristas del 11-S, algunos sectores de Al Qaeda y otros grupos yihadistas reivindicaron la necesidad de implantar por la fuerza el Califato en el mundo musulmán, volvió a resurgir un problema que se creía resuelto tras la disolución del Califato otomano en 1924. Una década después de los atentados de Nueva York, algunos movimientos reivindican la implantación del antiguo sistema político. Sin embargo, el único país que lo practica es el Reino de Marruecos.
En ningún pais árabe o musulmán existe el califato como forma de organización y de gobierno. Ni Arabia Saudita ni Irán lo practican. Aun siendo ambos países musulmanes en los que la religión impregna todos los ámbitos de la vida social, sus jefes de Estado, el presidente en Irán y el rey en Arabia Saudita, no tienen el título de "emir de los creyentes". El único país que practica el califato es Marruecos, donde el rey es constitucionalmente el jefe de la comunidad de creyentes, lo que le confiere también el de jefe de Estado.

En Irán, donde el imam atochiita ocupa un puesto preponderante en las estructuras del país desde la revolución liderada por el clérigo Ruhollah Musavi Jomeini en 1979, que derrocó al Shah RezaPahlevi, el jefe del Estado se elige por sufragio universal. El actual presidente Mahmud Ahmadineyah, aunque es extraordinariamente polémico por sus declaraciones políticas y su programa de rearme nuclear, no posee ningún cargo religioso, y en cambio ocupa su función a la cabeza del país por su victoria en las elecciones de 2009.

Otro tanto ocurre en las monarquías del Golfo, que aún a pesar de su carácter conservador y retrógrado en cuanto a los valores de la democracia y los derechos humanos, los reyes o emires no ostentan tampoco el título de "comendador de los creyentes". El soberanosaudí es el "protector de los santos lugares", La Meca y Medina, pero no ejerce como máxima autoridad religiosa, papel que queda al cargo del consejo de ulemas.

Algunos líderes de grupos extremistas islámicos han utilizado el título de “comendador de los creyentes”, como es el caso del Mulah Omar, el jefe de los Talibanes afganos; o Kamaleddin Kaplan, dirigente de una organización fundamentalista turca, el Estado Califal, que se formó en Alemania entre la población emigrada.

Es el caso igualmente de la organización de los Hermanos Musulmanes, muy fuerte en Egipto, pero que tiene representación en unos 70 países. En su programa se menciona el objetivo de alcanzar un “califato islámico”. Si bien, la asociación egipcia ha declarado recientemente que está dispuesta a aceptar los principios del Estado de derecho, las normas democráticas y los principios de libertad y derechos de las personas, de cara a las próximas elecciones legislativas que se prevén en Egipto a finales del mes de noviembre.

También es el caso del movimiento “HisbuaTahrir” (partido de la Liberación), creado en Jordania en los años 50 por el jeque palestino Taquieddin An Nabhani, y que tiene mucha influencia en los países de Asia central. Igual que la secta de los Hermanos Musulmanes, los seguidores del partido de la Liberación persiguen la constitución de un califato islámico.

Pero pese a todo, el único país del orbe musulmán que lo practica en concreto es el reino de Marruecos, donde el rey, tal como estipula la última Constitución adoptada en junio pasado, goza del título de emir de los creyentes.

La excepcionalidad marroquí no esprecisamente una ventaja en su favor. Las prerrogativas políticas que confiere al soberano alauita el cargo de príncipe de los creyentes, se oponen radicalmente a las normas democráticas y al avance del Estado de derecho. En una reciente entrevista hecha por el periodista francés Stephen Smith al príncipe marroquí Mulay Hicham el Alaui, el primo carnal del rey de Marruecos recuerda que “en el momento de la muerte de mi tío, Hassan II, en 1999, sostuve públicamente que el Majzén – es decir el poder patrimonial en Marruecos – debía desaparecer para que la Monarquía pudiese sobrevivir. Del mismo modo – insiste el príncipe Hicham – me pronuncié en contra del califato, es decir de una Monarquía que bajo la autoridad del comendador de los creyentes, mezclase las prerrogativas políticas y religiosas”.

La persistencia de este tipo de estructura religioso-estatal en Marruecos, es un freno al desarrollo intelectual, ético y moral del país, y una traba para la democratización del país, estiman unánimemente los analistas políticos. No es casualidad que el Movimiento 20 de febrero, surgido al calor del despertar de la primavera árabe, lo tenga como reivindicación fundamental: “Queremos una Monarquía parlamentaria”, repiten semana tras semana los jóvenes del 20-F. Creen que el rey aún está a tiempo de escucharles.
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