www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Bélgica, entre el acuerdo y el espejismo

domingo 09 de octubre de 2011, 09:07h
El acuerdo alcanzado ayer entre ocho partidos belgas ha logrado finalmente cerrar la grave crisis política en que ha estado sumido el país durante el casi año y medio sin formar gobierno. En medio de la tormenta financiera que golpea a Europa, esa radical confrontación política estaba constituyendo un suicidio en toda regla que amenazaba con arrastrar a Bélgica a un colapso irreversible. El pacto se logró al acordar la sexta y más profunda reestructuración del Estado belga.

La reforma ha sido recibida con un enorme alivio, cuando la crisis en torno al banco franco-belga Dexia ha dado una nueva señal de alarma sobre la desestabilización económica que amenazaba a la nación. Ese alivio inmediato no puede tomarse, sin embargo, como una solución auténtica y definitiva, que solo los próximos años confirmará o desestimará. La reestructuración se fundamenta en una mayor división entre los territorios y la población flamenca, de identidad neerlandesa, y la comunidad valona, de identidad francófona.

El enfrentamiento entre ambas comunidades pareció resolverse con la reforma estatal de 1970, que ponía fin al Estado unitario histórico. Pero aquella solución no fue más que un espejismo que dio rienda suelta a nuevas demandas rupturistas y exigencias para volar los puentes entre ambas comunidades, hasta el punto de que las reformas de 1993 crearon dos clases políticas nítidamente diferenciadas –flamenca contra valona- que solo son votadas por su respectiva comunidad y que únicamente atienden a los intereses de sus votantes radicalmente segregados. Solo es bilingüe Bruselas, y el acuerdo afecta fundamentalmente a un nuevo reparto de los votantes entre una clase política y otra que no comparten ni sus respectivos idiomas.

Quizá las nuevas distribuciones y adjudicaciones sirvan para algo más que formar gobierno, apaciguando la exacerbación de la identidad de una comunidad frente a la otra. Al menos un grado mayor de tolerancia y una rebaja del radicalismo asentado en el victimismo serían bienvenidos.

Sin embargo esta buena fe que siempre ha acompañado a los primeros momentos de las reformas belgas puede tener los días contados a medio y largo plazo, ya que el nacionalismo identitario que aqueja a la comunidad flamenca y a la comunidad valona es un viaje retrógrado en un túnel del tiempo que las transporta al radicalismo del siglo XIX, en la misma medida que las aleja del europeísmo del siglo XXI. El nuevo pacto recién alcanzado podría no ser más que un nuevo espejismo. Una mentalidad que identifica a la nación según mitos y costumbres heredados, ya sean lengua, tradiciones o folclore, supone un retorno a posiciones trasnochadas que crean laberintos tan irracionales como el belga. La enfermedad crónica de Bélgica solo tendría un medicamento eficaz: construir un Estado que no se base en mitos étnicos, sino en la libertad e igualdad de todos los ciudadanos independientemente de la herencia étnica, las costumbres heredadas o las creencias particulares de cada uno de ellos. Justo lo contrario del acuerdo recién alcanzado en Bélgica.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios