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Gran amigo de Lorca y Dalí

Muere a los 103 años Pepín Bello, satélite de la Generación del 27

viernes 11 de enero de 2008, 12:40h
Eduardo Laporte
Siempre fue consciente de que su billete a la eternidad se lo había ganado no por ser quién era, sino por el nombre de sus amigos. A José Bello, Pepín (Huesca, 1904) le cuadra a la perfección aquello de “dime con quién andas y te diré quién eres”. Se rodeó desde niño de las personalidades más fértiles del campo artístico e intelectual español, en una afortunada época que hoy se añora como la Edad de Plata. Su padre, a pesar de vivir en la periférica Huesca, ya era amigo de hombres de la talla de Joaquín Costa o Francisco Ramón y Cajal. También de Francisco Giner de los Ríos, fundador de la Institución Libre de Enseñanza, de la que luego derivó la Residencia de Estudiantes y que reuniría a jóvenes promesas que no tardarían en demostrar su valía. Dalí, Buñuel, Lorca, Moreno Villa, Alberti, Juan Ramón Jiménez o Emilio Prados serían los compañeros de Bello en la “colina de los chopos”, como bautizó Juan Ramón a ese oasis cultural del norte de Madrid. Un laboratorio de genialidades entre las que se movería con soltura Pepín, uno más entre los talentos, que lo aceptaban como miembro de derecho, aunque sus ambiciones artísticas fueran tibias por no decir inexistentes.

Su labor era de apoyo, cual muletilla surrealista de las obras de su amigo Dalí, que nació el mismo año que él. De testigo, de compañero de juergas, de delirios, de ensoñaciones, pero sin llegar nunca a tenido por comparsa. En todo ese magma de creatividad, en los años de la Residencia de Estudiantes, con aquellas escapadas etílicas a Toledo, Bello no rivalizaba en ser más artista, más brillante ni más dandy que el resto. Él no jugaba en esa competición y se contentaba con no ser un putrefacto, como llamaban a quienes consideraban en las antípodas de su actitud estética y vital: el monarca Alfonso XIII o el poeta Emilio Carrere.


Los años de la Residencia fueron los que marcarían su vida. El resto de su biografía es un recorrido discreto, de soltería pertinaz (“no me canso de estar solo”) y en un silencio voluntario del que apenas escapó. Intentó diversas empresas que se torcieron, como una peletería nacional en Burgos, o un motocine, o autocine, que no funcionó en Madrid. En Burgos pasó quince años solo, como el mismo confesaba sin dobleces, y en la capital se retiró a un discreto piso del barrio de Prosperidad, donde pasaba los días entre lecturas y nostalgias, cobijado entre los libros dedicados, los retratos firmados y los muchos recuerdos de sus ilustres y queridos amigos. Pero en la Residencia de Estudiantes, a la que llegó como estudiante de Medicina, vivió sus mejores años, quizá los únicos. Allí asistió a la forja creativa de Federico García Lorca, con quien compartió habitación y a quien contemplaba en su proceso creativo, sentado en la cama, con un mazo de folios y una manta sobre las rodillas.

Testigo del éxito ajeno
También fue espectador desde la barrera de la eclosión del surrealismo, de la que fue, en pequeña medida, copartícipe. Suya es la imagen del burro muerto sobre el piano de cola, uno de los fotogramas más representativos del movimiento que entonces nacía, convertida incluso en icono de la Historia del Cine. Estuvo en el lugar y en el momento adecuado, como cuando realizó la famosa fotografía de grupo de los que luego conformarían la Generación del 27 en el homenaje a Góngora, pero nunca fue uno de ellos, un artista. Se mantuvo al otro lado de la foto, y fue fiel a esa condición toda su vida, sin rencores, sin envidias. “Me alegrado mucho del éxito de mis amigos. He celebrado sus triunfos como los míos, pero no he sentido esa necesidad de escribir o pintar”, contó en una de sus últimas entrevistas. Dijeron de él que era un bartleby, un artista sin obra o incluso, en palabras de Enrique Vila-Matas, “el arquetipo genial de artista hispano sin obra”. Pero él no tenía las medidas de artista, ni la vanidad, ni la insensatez necesaria. Simplemente no quería serlo, no tenía el motor necesario para la empresa creativa. Prefirió consumir el arte, quizá con más delectación que los propios creadores, sus amigos, a menudo atenazados por el desasosiego del artista.

Recientemente, puso por escrito sus recuerdos en Conversaciones con Pepín Bello, de la editorial Anagrama.
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