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Un libro destruido

viernes 14 de octubre de 2011, 21:34h
Perdón por la confidencia, pero el tema del artículo quizá pueda ser útil a alguien. En ocasión reciente, su autor tuvo una sensación que no había experimentado hasta entonces. En su, ¡ay!, ya larga carrera de lletraferit, el favor del público solo se mostró en forma algo relativamente clara en las varias ediciones –nunca más de cinco, convendrá no exagerar- que seis o siete de sus libros conocieron, en la estela y a rebufo más de un vez de las reputadas obras colectivas o prestigiosas colecciones en que gozaron del privilegio de incluirse. Destino, por otra parte, normal de una pluma provinciana, alejada de los grandes circuitos editoriales y el vasto engranaje mediático que los acompaña.

Pero lo que no le había acontecido nunca hasta el presente, tras medio siglo de galeote de la pluma, es el anuncio de que uno de sus libros más queridos será en fechas próximas pasto del fuego, a manos casi idénticas –el gabinete de dirección- de las que un día dieron ancho y cálido vado a su publicación… En el mundo de la edición –igual pasará en todos, y así sucede, desde luego, en los que el articulista por ciencia propia conoce-abundan los misterios y reconditeces, sin que tampoco dejen por desgracia de aparecer de vez en cuando tejemanejes y juegos -¿eufemismo de enjuagues?; hable la experiencia del lector- de fácil clasificación moral ¿Cuántas vocaciones fundadas, qué cantidad de firmes y razonadas ilusiones de una trayectoria literaria fecunda y plenificante no se habrán abortado a consecuencia de intrigas y luchas de poder en los gabinetes de lectura y en los centros de decisión de los gigantes de la información y el libro?

Nada, por supuesto, más distante de ello que la pequeña peripecia ocurrida a la modesta obra del articulista, botada, eso sí, al océano hoy de la bibliografía por una, legítimamente, encumbrada mansión editorial. A falta de lectores y con los voluminosos stocks que esta clase de corporaciones dispone de obras en curso y circulantes, es de todo punto normal –y más en tiempos de angustiosa crisis económica- que sus agentes de marketing aprovechen la menor oportunidad para aliviar sus rebosantes depósitos de material sin valor ya comercial alguno. El darwinismo que anida en las raíces de toda nuestra organización social es lógico que imponga aquí también sus férreas leyes.

Sino que, claro, estas, a las veces, agreden o acibaran sentimientos merecedores de mínima consideración. En el caso de marras, la obra semejó secuestrada a pocas semanas de su aparición, a consecuencia de su sideral lejanía del lenguaje de lo políticamente correcto. Circunstancia que determinó que los poncios autonómicos no tuvieran mejor cosa que hacer que bloquear –la sombra del presupuesto oficial es alargada…- la libre navegación de una pequeña y por entero desartillada embarcación. Desprotegida tan elocuentemente a los ojos de una editorial subvencionada con generosidad por las esferas públicas, el libro en cuestión quedó reducido a sus precarias fuerzas, y anduvo durante algún tiempo como sombra errante por las estanterías marginales de las grandes superficies de las diferentes capitales de la comunidad sureña a la espera de que consumiese su fácilmente imaginado sino.

La hora de este llegó, y sólo cabe acatar sin réplica su veredicto. En modo alguno injusto, por lo demás, pues de haber poseído calidades intrínsicas en proporción estimable, habría superado envites y antuviones. En el diluvio incesable de letra impresa que nos inunda, resulta patente que el acuerdo adoptado por los responsables de la bien acreditada editorial ha sido el acertado. Empero, los modos quizá no tanto. Aunque, bien se entiende, edulcorado por una prosa oficinesca ribeteada groseramente de obsecuencia, la sentencia emitida sin previa declaración del, en definitiva, único –insistamos- culpable, podría haberse trasmitido por cauces más cálidos y apropiados a un lletraferit de la tercera edad. Quien, un vez atravesado, el duro trance, se cree con la suficiente autoridad para aconsejar a los jóvenes que un día también lo experimenten, que en manera alguna renuncie por ello a continuar a la esperanza de hacer compañía a los dioses del Olimpo literario. Por encima del mercado, están los sueños…
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