Neurociencia: el link entre el 15-M y el 20-N
Mariana Urquijo Reguera
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lacajadelostruenosyahooes/18/18/24
sábado 15 de octubre de 2011, 19:42h
Mientras la política vive para cumplir sus propios intereses sectoriales y olvida su misión constitucional y ética, la ciencia y la sociedad avanzan de forma inconsciente hacia una postura que comparte más de lo que a priori podría pensarse. Las posturas, sentimientos, necesidades e ideas que expresan los indignados desde el 15-M, nada tienen que ver ni con la política ni con la campaña del 20-N, y sin embargo, los últimos avances en neurociencia dan la razón a los indignados y proponen un proyecto político en consonancia y de largo alcance.
Hoy, la ciencia encuentra nuevos argumentos en el trabajo sobre las neuronas espejo para pensar como deben ser las relaciones sociales y la relación del individuo con el grupo. Los datos de los experimentos apuntan a la necesidad de reconsiderar de forma radical el papel crucial de la imitación en la generación de mundo humano, de cultura y de identidad (entre otras instancias).
Lo que este descubrimiento nos muestra es a un ser humano que necesita de los demás, de su interacción, de su memoria colectiva, de sus estímulos y de su constante interacción (llámese intersubjetividad) para ser un 'yo' y un 'él'. Tras siglos de racionalismo, individualismo, sueños de autonomía, de superación autosuficiente, de antropocentrismo y de egoísmo militante, los descubrimientos de las neuronas espejos y de su relación con la construcción del lenguaje, de las relaciones sociales, nos presentan a un ser humano que tiene unas neuronas que se dedican a simular “en su interior” las acciones que hacen los demás. Así, el cogito queda nuevamente descentrado de los aspectos que usualmente consideramos como más humanos.
De este modo 'comprendemos' las motivaciones, diferenciamos intenciones, sentimientos etc. Simulamos la intención de beber, el sentimiento de dolor cuando vemos algo punzante penetrar la piel del otro, simulamos las caras, los gestos y en general las acciones de las personas que nos rodean constantemente. De alguna manera, es la correlación biológica de lo que en la calle llamamos “ponerse en el lugar del otro” o empatía. Pero también simulamos la violencia, generando la propagación y el incentivo de la violencia.
Y qué tiene que ver todo esto con la política. Nada o casi nada, ya que los consultores políticos han tomado buena nota de los experimentos y estudios sobre el nivel inconsciente de estos procesos de imitación y de como nuestra conducta es un gran grado imitativa, por tanto, es este proceso y no la deliberación racional lo más importantes a la hora de tomar decisiones (votar).
Científicos como Giacomo Rizzolatti, Marco Iacoboni o el Nobel Eric Kandel, hoy se plantean las preguntas fundamentales de la vieja filosofía conectando de forma insospechada la biología, la psicología, la fisiología del cerebro y la ética y la política bajo la cuestión de como estos descubrimientos nos permiten entendernos a nosotros mismos y “demuestran que estamos conectados por la empatía, lo que debería inspirarnos para modelar la sociedad y transformarla en un mejor sitio donde vivir”, en palabras de Iacoboni.
Son ellos los primeros en clamar por la necesidad de una regeneración de las grandes preguntas, de la reformulación de los problemas humanos a la luz de lo que hoy sabemos sobre cómo funciona la biología y nuestra propia fisiología. La necesidad de una nueva ciencia, de nuevas preguntas, es también la de nuevas categorías, marcadores e indicadores que nos ayuden a seguir las nuevas sendas de la sabiduría en una ciencia y en una filosofía que se re encuentran tras casi 25 siglos de transitar caminos diferentes y no siempre paralelos, tal como denunciaron tanto filósofos, y de manera directa y muy lúcida Adorno y Horkheimer en su “Dialéctica de la Ilustración”.
Un proyecto político que solo use el recurso al terror y a la violencia verbal para crear identificación (véase la propaganda negativa, la generación de miedo, de incertidumbre, los mensajes apocalípticos y la difamación gratuita) está eludiendo la vieja tarea de crear un 'mejor nosotros', proyecto que hoy se presenta con fuerzas renovadas como un 'deber' biológico y hacia nosotros mismos como sujetos éticos y políticos.
Mientras, la sociedad, ignorante de estos avances, sin embargo, exige desde las calles que el esfuerzo colectivo de la política y de la gestión de lo común tiene que tomar nuevos cauces y proponerse otros objetivos. El open government, la participación directa, la alfabetización digital universal, la transparencia administrativa y la introducción de la política en la vida cotidiana, no como información sino como acción, son algunas de las alternativas a este gobierno de pocos partidos e intereses económicos que es lo que ha resultado la democracia en estos últimos decenios.
Si la ciencia estuviera más cerca de la sociedad, los políticos también tendrían que acercarse a la sociedad y a la ciencia. La falta de comunicación y de intercambio de saberes en esta sociedad pluritecnológica es una de las grandes paradojas, que si se tratase (como si fuera una enfermedad que tiene cura), produciría un verdadero avance cualitativo en la calidad de la vida occidental.
Quién iba a pensar que cuando Platón y Aristóteles clamaban por coordinar los intereses colectivos con los individuales a la vez que intentaban construir modos de convivencia y de sociedad mejores, éticamente hablando, le estarían dando la razón a los recientes descubrimientos en neurociencia que por primera vez en siglos parecen reunir las viejas inquietudes filosóficas en experimentos y en objetivos sociales.
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Filósofa, profesora e investigadora.
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