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Muerte de Gadafi, el fin de un tirano

viernes 21 de octubre de 2011, 02:32h
El Consejo Nacional de Transición (CNT) anunció ayer que Muamar el Gadafi, en paradero desconocido desde el pasado mes de agosto, ha muerto. El dictador libio murió durante la toma por las tropas rebeldes de Sirte, localidad natal de Gadafi. Las revueltas contra el dictador comenzaron de forma pacífica en febrero de este año en Bengasi, bastión de la oposición, aunque pronto se extendieron por todo el territorio. El coronel Gadafi, a diferencia de otros líderes que abandonaron el poder impelidos por las revueltas de la “primavera árabe”, no solo se negó desde el principio a dejar el mando, sino que instó a sus fieles a una reconquista, lo que provocó una sangrienta guerra civil que ha causado miles de víctimas y más de un millón de refugiados.

La obcecación de Gadafi por mantener una resistencia bélica concordaba con la fiereza y crueldad de un régimen –implantado tras un golpe de Estado en 1969- y con la falta de sentido de la realidad del tirano libio, aislado en el lujo de sus palacios y sin importarle lo más mínimo la situación de pobreza y opresión en la que vivían sus súbditos. Muamar el Gadafi ha muerto matando, pues las miles de víctimas que ha ocasionado la guerra provocada por mantenerse en el poder a toda costa podrían haberse evitado. Miles de muertos que se suman a las víctimas que durante más de dos décadas causó un régimen tiránico y cruel. Porque no hay que olvidar lo esencial: que Gadafi, más allá de sus extravagancias, era un dictador implacable, culpable de crímenes de Estado contra sus propios compatriotas y responsable de actos terroristas en el exterior.

La muerte de Gadafi supone el definitivo punto y final de una etapa especialmente siniestra en la historia de Libia, por lo que el fin de su régimen solo puede ser motivo de satisfacción. Sin duda, se abre una nueva etapa en el país que hay que contemplar con esperanza. Pero también con cautela. Durante toda la contienda no ha dejado de haber signos preocupantes: el ejército rebelde entró a sangre y fuego en áreas civiles, regando las calles de cadáveres, tras rápidas y frías ejecuciones, con el argumento de que en todos los casos se trataba de mercenarios de Gadafi. Hay que tener también en cuenta que las milicias islámicas han desempeñado un papel esencial en la acción bélica de los rebeldes, comandados por yihadistas, y en su definitivo triunfo. Asimismo en un momento de la guerra, el presidente del Consejo Nacional de Transición avanzó la intención de crear un régimen sustentado en la Sharía, ley musulmana emanada del Corán. Si bien es cierto que la Sharía permite considerables márgenes de interpretación, y algunas de ellas la hacen compatible con la democracia, también puede dar pie a concepciones integristas, ajenas, e incluso enfrentadas, a un Estado democrático de Derecho.

El final del dictador no debe suponer que se abra un escenario de represalias, como bien ha señalado el secretario general de la OTAN, quien ha hecho un llamamiento a los libios para que aparten sus diferencias y ha reclamado al Consejo Nacional de Transición que prevenga represalias contra los ciudadanos.

Son muchos, pues, los retos a los que se enfrenta la nueva Libia. El principal reside en que los diferentes grupos tribales y religiosos heterogéneos reunidos bajo la denominación de Consejo Nacional de Transición logren llegar a un acuerdo que se proponga con firmeza la modernización democrática del país. El pensador Pascal Bruckner nos ha recordado en un reciente ensayo que “las víctimas que se convierten en verdugos”, es un clásico de la Historia. En la voluntad de los propios libios y en que la comunidad internacional no se desentienda de la nueva Libia está el que ese axioma no se cumpla.

Ante la caída definitiva del cruel régimen de Gadafi hay que mostrar satisfacción y esperanza. Pero sin olvidar la cautela ante los grandes desafíos que le aguardan a la nueva Libia.
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