Grandes artistas del Renacimiento como Miguel Ángel y Rafael encontraron en la Roma del Cinquecento una segunda casa en la que poner en práctica las técnicas aprendidas y desarrollar su talento artístico. También lo hicieron pintores, escultores y arquitectos que se vieron influidos no sólo por sus obras, sino también por su presencia. Una exposición en Roma rememora aquel ambiente intelectual en la ciudad italiana hace cinco siglos.
Aunque el joven
Miguel Ángel había desarrollado parte de su carrera en Florencia, sus estancias en
Roma le reportaron el contacto con el Papa Julio II, quien le encargó algunas de sus más emblemáticas obras, así como con otros artistas destacados del momento, algunos consagrados, como
Rafael, y otros aprendices, como Perin del Vaga o Sebastiano del Piombo.
Ese ambiente artístico del que fue partícipe Miguel Ángel, enmarcado en el periodo conocido como
Cinquecento, es objeto de análisis de la exposición
El Renacimiento en Roma. En el nombre de Miguel Ángel y Rafael, inaugurada esta semana en el
Museo Fondazione Roma, situado en el Palazzo Sciarra de la capital italiana.
Con objeto de indagar en aquella
época dorada, en la que primó un creciente interés por el arte y el desarrollo cultural de la ciudad, esta muestra permite contemplar 180 obras, entre las que figuran esculturas, pinturas o dibujos de artistas como Rafael, Miguel Ángel, Lucas Cranach o Baldassarre Peruzzi.
A través de los trabajos de estos maestros, esta exposición plantea un análisis de este periodo de esplendor en Roma mediante las figuras de Miguel Ángel y Rafael, que son tomadas como referente de la gran riqueza creativa que vivió la ciudad aquellos años, desde el papado de
Julio II (1503-1513) hasta la muerte de Miguel Ángel, en 1564; sólo un año después del Concilio de Trento.
Al ubicar sus talleres en esta ciudad, ambos creadores hicieron posible el aprendizaje de otros artistas y la continuidad del estilo que impregnó sus obras. Así lo cree Emmanuele Francesco Maria Emanuele, presidente de la fundación organizadora de la muestra, cuando dice en una nota de prensa de esta institución que “la ciudad de los pontífices en el
Cinquecento fue un lugar de encuentro, de inspiración y de intercambio de conocimientos”, a lo que añade que esta exposición "no se limita a reflexionar sobre los aspectos artísticos de aquella extraordinaria época, ya que propone ofrecer al visitante la comprensión de un clima cultural en sentido propio”.

Sin embargo, no siempre reinó la calma y el buen entendimiento entre estos genios del arte. Se sabe, por ejemplo, que Rafael receló del modo en el que Miguel Ángel pintó el cuerpo humano, dado que su técnica partía de una premisa, si se quiere, más elegante. Pese a sus desavenencias, no hay duda de que la brillantez del modo en el que desarrollaron su estilo les reportó los mejores encargos de aquellos años, la mayoría encomendados por el
papado.
Fueron, precisamente, los papas quienes encabezaron los proyectos más ambiciosos. Julio II fue el encargado de encomendar a Miguel Ángel la decoración del techo de la
Capilla Sixtina, así como de que esculpiera su tumba, que el artista florentino dejó inacabada. A Rafael le encomendó que lo retratara y que decorara sus dependencias privadas en el Vaticano, lo que hoy se conoce como
Las estancias de Rafael.
Tras el
Saqueo de Roma, acaecido en 1527, cuando las tropas imperiales de Carlos V la arrasaron, el nivel artístico alcanzado en la ciudad comenzó a flaquear. No fue hasta la llegada del Papa
Pablo III, en 1530, cuando comenzó a recuperar su esplendor. Por entonces, Rafael había fallecido 10 años antes y Miguel Ángel recibía de este Pontífice el encargo de pintar
El Juicio Final en la Capilla Sixtina.
“Los papas Julio II, León X y Pablo III fueron protagonistas esenciales de esta etapa del Renacimiento”, comenta a este periódico Maria Grazia Bernardini, comisaria de la exposición, y directora del Museo Nacional de Castel Sant'Angelo. “Sin su voluntad de dar a Roma un
prestigio extraordinario y sin sus encargos, no habríamos tenido tantas obras de arte”, añade esta experta, para quien la cultura de la que gozaron estos pontífices, “de fondo humanística”, ayuda a “comprender mejor lo extraordinario de esta etapa de oro de la Historia del Arte, en la que hay que destacar, sobre todo, la genialidad, la disposición y el interés de los artistas".

En las siete salas habilitadas para la
exposición, figuran obras de Rafael, como
Proyecto para la capilla Chigi (1511),
Autorretrato (1509) o
Retrato del cardenal Alessandro Farnese (1509-1512); y de Miguel Ángel, como
Estudio para una figura masculina desnuda sentada (1511) o
Apolo-David (1530). Pero también de quienes fueron sus alumnos: Perin del Vaga, Daniele da Volterra,
Sebastiano del Piombo, Giulio Romano, Baldassarre Peruzzi,
Lucas Caranach o Marcello Venusti, así como piezas de la antigüedad, como
Grupo de Dioniso y Eros, del siglo II a.C.
“Miguel Ángel y Rafael dejaron una
huella indeleble en los jóvenes artistas que trabajaron en Roma”, afirma Bernardini. “De Rafael, aprendieron el estudio de lo antiguo -uno de los aspectos más importantes del estilo del taller del pintor de Urbino-, así como sus composiciones armoniosas, calibradas y esenciales, su gusto por la dulzura y la gracia o el encanto del motivo decorativo conocido como
grottesche”, detalla esta experta, al tiempo que apunta que Miguel Ángel les dejó como enseñanza “la búsqueda de la plasticidad y de los volúmenes, el movimiento de la figura que se gira sobre sí misma y la dramaturgia de ciertos episodios históricos y religiosos”.
Marco Bussagli, también comisario de la muestra, habla a este periódico de ambos artistas: "La herencia que Miguel Ángel y Rafael dejaron a los 'alumnos' de su tiempo y a los venideros, dado que su influencia llega hasta el siglo XX, es una reflexión sobre la belleza". Este experto define a Rafael como el maestro de la "armonía" y a Miguel Ángel, como el de la "fuerza", y sostiene que lo logrado por ambos se debió a "su larga estancia en Roma, la ciudad que representaba la antigüedad y en la cual era posible contemplar obras de arte del pasado como la Venus de Doidalsas, el Torso del Belvedere o el grupo de Laocoonte, estudiadas tanto por el artista florentino como por el de Urbino".
Con motivo de la muestra, esta fundación ha llevado a cabo la
restauración de obras como la
Pietà de Buffalo, que ha sido atribuida al entorno de Miguel Ángel, incluso a él mismo, según algunos expertos, además de
La resurrección de Lázaro, de Francesco Salviati, o
Tríptico, de Girolamo de Siciolante. Este tipo de trabajos de adecuación del patrimonio artístico italiano pone de manifiesto el interés de los expertos en esta materia por llevar a cabo la puesta en valor de estas obras tan apreciadas. "Los italianos nos sentimos muy
orgullosos de aquella etapa artística porque consideramos que se trata del
periodo más importante de la historia italiana después del Imperio Romano", dice Bussagli, quien sostiene que el
Cinquecento es una época "muy estudiada", aunque cree que "nunca se conoce lo suficiente", por lo que prevé que estos años "fascinantes" den todavía "más sorpresas".