Hacia una redefinición global del Mediterráneo
viernes 04 de noviembre de 2011, 21:21h
No nos cansaremos de recordar que desde un principio nos pareció excesiva la euforia -casi desbordante- que apostó a principios de año por un mundo árabe que marcharía enfilado, con paso ligero, hacia la meta de la democracia. Todo el recorrido de algunos de los países de esa área, hasta el momento, nos ha demostrado, sin embargo, que el aplauso y el apoyo que se haya podido prestar a Túnez, por ejemplo, y a Marruecos -si pasa la Reválida de las elecciones a celebrar el 25 de noviembre próximo- ha sido merecido. Yo añadiría incluso que aquéllos han pecado de cortos.
Las elecciones celebradas en Túnez para elegir una Asamblea Constituyente han sido un triunfo del civismo proverbial de un alto porcentaje de la población oriunda. Sólo algunas nubes -pasajeras- ensombrecieron momentáneamente la primera consagración legal de la “primavera árabe”, dando a la opción política de “Ennahda” algo más de un 40% de los votos válidos.
Habrá que estar atentos, además, al escenario político y social egipcio -siempre turbulento- con respecto a los comicios del 27 del mes próximo. O sea, cuando predomine en la atmósfera el mes de las nieblas (Brumario de las calendas revolucionarias de Francia a partir de 1793). Como ha sucedido en las elecciones tunecinas, el partido-cofradía reconocido como “Hermanos Musulmanes”, de perfil islamista (moderado), tiene todos los visos de obtener el mayor número de votos entre todos los contendientes de turno; aunque la vecindad del país del Nilo al epicentro volcánico que constituyen Siria, Líbano e Israel (con Gaza y Cisjordania dentro de un perímetro territorial inmediato) implique una prima de riesgo añadida para conseguir un desenlace satisfactorio del conflicto árabe-israelí.
Túnez, Egipto y Marruecos (repetimos: si el país del trono alauí sale airoso en la próxima cita electoral) están a punto de darle la vuelta a la cristalizada, opaca, percepción occidental que cree en el más recóndito arcano de su fuero interior que Democracia e Islam son palmariamente incompatibles.
Por el contrario, la evolución de los acontecimientos norteafricanos -a excepción de Libia- ha corroborado la observación meticulosa de varios analistas imparciales. Sus comentarios sopesados, nos invitan a pensar en lo saludable que han sido los levantamientos populares en Túnez y Egipto durante 2011, acompañados de la irrupción de movimientos liberadores de la coraza represiva que Túnez y Egipto venían sufriendo durante decenios.
Obvio es que esta fase de adecuación norteafricana a las situaciones pre-democráticas que están empezando a experimentarse, llevará algún tiempo y exigirá bastante tino a líderes y ciudadanos.
Sin embargo, repitámoslo aquí -de nuevo-, es muy probable que se cumpla una advertencia premonitoria. A saber, ya nada volverá a ser igual en el ámbito árabe-islámico, a como era antes de los levantamientos populares “versus” los regímenes autoritarios anteriores.
Se podrá frustrar alguna que otra expectativa; la evolución implicará más tacto que nunca, así como el concurso favorable de las circunstancias internacionales. El despeje de los obstáculos que surjan en la ruta árabe hacia el progreso político y social se presenta con visos alentadores. Sobresale, en este panorama, el hecho de que en Occidente resulta, ahora, imperativo acomodarse al cambio de signo que se está manifestando en los países árabes menos vulnerables y tortuosos. Sin echar por esta apuesta las campanas al vuelo; es sencillamente mi opinión al respecto, mal que le pese a los panegiristas de “l´Union pour la Méditerranée”.
Cierto parece que Iraq es capaz de alimentar todavía nuestras incertidumbres sobre su futuro político, ahora que Barack Obama y Nur el-Maliki han decidido llevar a término la evacuación militar de Mesopotamia, luego de una guerra, y una ocupación “post-bellum”, nada edificantes y de resultado final dudoso. Atrás queda el inventario de las víctimas y de la destrucción material del tejido productivo y del Estado iraquíes.
No menos inquietante resulta a la vista, el futuro del clan Assad y sus correspondientes clientelas cívicas y militares en Siria. Ni deja de inquietar el inminente acceso al trono saudí en Arabia del príncipe Nayef -un heredero con inclinaciones conservadoras muy manifiestas-; tan manifiestas que abundan los que las tildan, a secas, de reaccionarias.
Por una vez, varios países del mundo árabe han dado pasos decididos, todos ellos encaminados tanto a practicar su autoestima como a repeler compactamente las tiranías de cosecha doméstica -con frecuencia nutridas desde el exterior con una impunidad que ahora intentan maquillar, no pocos mandatarios del equívoco Occidente.
No se tilde de “fantasía oriental” sospechar que las manifestaciones de descontento social que se han desencadenado últimamente en Israel, contribuyan a replanteamientos menos defensivo-ofensivos por parte del Estado hebreo y de ciertos gobiernos en Tel Aviv repletos de unas convicciones de seguridad hiperbólicas; aunque, todavía, no pocas aseveraciones vindicativas que proclaman partidos como “Hamás” en Gaza y “Hezbollah” en Siria y Líbano no contribuyan sino al encallecimiento de los halcones en Israel.
En breve, consultaré a mi “oráculo de Delfos” para que me ilumine sobre el porvenir a medio plazo de la ribera sur del Mediterráneo, en plena redefinición geoestratégica. En lo atinente a la otra ribera del Mar de marras, el curso de los acontecimientos políticos y sociales, evoluciona con tal turbiedad en Atenas, Roma y Madrid que temo tener que impetrarle al “Oráculo” una consulta por partida doble.
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Historiador. Profesor emérito (UNED)
VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes
Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías
sobre España y el Magreb
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