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Un debate encorsetado

sábado 05 de noviembre de 2011, 01:04h
El próximo lunes día 7 Mariano Rajoy, candidato del Partido Popular a la presidencia del Gobierno, y Alfredo Pérez Rubalcaba, candidato del PSOE, mantendrán un debate televisivo en horario de máxima audiencia, entre las 10 y las 12 de la noche, y con una duración en torno a 90 minutos. Lo ha organizado la Academia de Televisión, cuyo presidente, Manuel Campo Vidal, moderará el debate. Para el evento se ha construido ex profeso un plató en el Palacio Municipal de Congresos de Madrid, y para su retransmisión se contará con más de cien personas y con dieciocho cámaras, diez en el interior y ocho en los exteriores del Palacio Municipal, además de dos unidades móviles. Hoy está previsto que se realice un ensayo general con dobles de los dos aspirantes a La Moncloa para asegurarse de que no habrá ningún fallo y de que todo funciona a la perfección, aunque todos los medios, según ha declarado el responsable de la realización, Fernando Navarrete, “están duplicados, triplicados y hasta cuadriplicados” El coste se prevé en torno a los 550.000 euros.

Una confrontación de ideas y propuestas entre los dos candidatos no deja de ser oportuna. Pero, tal y como está planteada, ¿lo es realmente? En esta trabajada y milimétrica puesta en escena, todo está planificado hasta el extremo y hasta el más mínimo detalle. Todo está controlado, desde el orden de las intervenciones hasta el lugar al que accederán al plató antes de comenzar el debate. Los asuntos a tratar también están previstos de antemano y las intervenciones de cada candidato serán rigurosamente cronometradas por árbitros de baloncesto.

Con toda esta parafernalia está claro que resulta muy difícil que los espectadores se hagan una idea precisa y cabal de cada candidato, en contraposición con su adversario político, y más allá del cómodo espacio de los mítines. De esta forma, un debate tan envarado parece más que verdaderamente un “cara a cara” un “cronómetro a cronómetro”, donde todo lo encorchetado prevalece por encima del libre discurrir de las ideas, sometido a la tiranía de lo políticamente correcto. Toda esta parafernalia no parece corresponderse con el interés que, a la postre, encierra un debate de estas características.
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