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Adiós al gran humanista: Alberto Sánchez Álvarez-Insúa

David Felipe Arranz
sábado 05 de noviembre de 2011, 17:20h
“Ya ves, David… y qué le vas a hacer: estas cosas pasan y hay que asumirlas, no te queda más remedio”, me comentó Alberto sin temblarle el tono de voz cuando lo llamé por teléfono tras conocer a través de Julia Labrador, su apoyo y compañera desde hacía siete años, la reciente noticia de su inesperada enfermedad. “Pero voy a seguir haciendo mi vida normal, por supuesto, hasta donde se pueda, porque a esto no pienso hacerle más que el caso justo”. Después, la noche del viernes de la semana siguiente, lo vi fresco y audaz, como era él, batallando por los clásicos, desde el guante hasta el hombro, en Radio Inter.

Y el sobresalto llegó de súbito el domingo 23, en forma de ingreso en urgencias del madrileño Hospital Ramón y Cajal –sobre quien tanto había escrito–, tras el que fue intervenido como un rayo el pasado 25 de octubre, trance del que se recuperaba favorablemente... hasta que, en medio de su restablecimiento, nos lo arrebató una inicua y simple insuficiencia respiratoria que se presentó varios días después de la operación en apenas tres días; sabandija de aire y de cristal que con cuchillo vago, sin pedir permiso y triunfando sobre los neumólogos y facultativos, sobre la lógica, sobre las energías de un hombre extraordinario, ha querido escupirle en el rostro de la protectora de Alberto, Atenea, y llevarse de un cruel mordisco a uno de sus hijos dilectos.

Alberto era así, un intelectual como la copa de un pino, un amigo leal –jamás faltó un solo viernes a mis invitaciones para que participara en “El Marcapáginas” de Radio Inter–, un hombre templado y discreto para los temas personales y un torrente de pasión desatada para los asuntos de la cultura y el conocimiento. Sabía de todo y ese conocimiento lo volcaba, colándolo de rondón por la puerta conversacional cuando era el momento: igual te recitaba un romance olvidado que acababa de descubrir, como te aconsejaba leer un libro que, efectivamente, no podías dejar de leer. Hacía de cualquier lugar un ágora, de cualquier tertulia un locus amoenus para el intercambio de saberes.

“Mira, con respecto a los puritanos en los Estados Unidos que ahora tachan de racista a Mark Twain por utilizar en el ciclo de Tom Sawyer la palabra negro o nigger, me parecen todos unos gilipollas”, comentó en antena cuando el equipo de redacción leyó la noticia del encargo de una nueva edición censurada de Las aventuras de Tom Sawyer o Las aventuras de Huckleberry Finn sin ciertas expresiones que, en realidad, pertenecen a su contexto histórico, entre 1876 y 1884. Porque Alberto poseía el vivo y raro ingenio del pícaro noblote y del erasmista del Renacimiento, la vasta sapiencia de los hombres del Siglo de las luces y el salpicón bohemio de lo valleinclanesco, lo que hacían de su compañía un cóctel explosivo y sorprendente, una verdadera delicia.

De su faceta como científico titular del CSIC destaca por encima de todo su esfuerzo en restablecer a las humanidades el lugar que les corresponde en el escalafón científico y salvar a todo trance el divorcio existente entre letras y ciencias, algo que Alberto le pareció siempre absurdo y fruto del egoísta interés de los académicos por el cultivo de los compartimentos estancos. Fruto de ese trabajo son sus estudios sobre los más variados asuntos, como sus acercamientos a la literatura de la bohemia o a las colecciones literarias españolas; sus descubrimientos en torno a la obra de Emilio Carrère y su refuerzo de la autoría del célebre escritor de La torre de los siete jorobados, que defendió con un extraordinario ensayo publicado en Revista de literatura frente a la postura de Jesús Palacios, que apuesta por una mayor intervención creativa del negro literario Jesús Aragón.

Alberto siguió además el rastro de Felipe Trigo, Ángeles Villarta, Miguel Mihura, Ángel Rodríguez Chaves, Ángel Paniagua, Prieto Bernabé, Margarita Sánchez, Bernardo López García, Adolfo Sánchez Carrère, Luisa Alberca y un largo etcétera de “olvidados”. Rescató sucesos desconocidos, como el de la novela Los encartelados, que se convirtió en programa político en 1968. Impulsó la Obra crítica de Enrique Díez-Canedo o la de Ricardo Baroja. Profundizó en la relación entre Freud y Bergson a partir de la risa. Estudió la labor científica y la relación maestro-discípulo entre Santiago Ramón y Cajal y Pío del Río Ortega. Trasladó a artículos el legado arquitectónico y artístico de Miguel Fisac. Y afrontó en compañía de su inseparable Julia Labrador la edición del polémico Cancionero de amor y de risa, de Joaquín López Barbadillo, para la editorial Renacimiento, al que seguía el subtítulo de En que van juntas las más alegres, libres y curiosas poéticas eróticas del parnaso español, muchas jamás impresas hasta ahora y las restantes publicadas en rarísimos libros, divertido remache que en más de un sentido definía el gusto exquisito por la erudición inteligente de este gran sabio.

Menos conocida por el gran público es su faceta como guionista de cine, desarrollada entre 1973 y 1991, junto a su gran amigo el cineasta y creador del “anticine” Javier Aguirre. De aquella etapa dorada, bajo la firme dirección de Aguirre, cabe mencionar largometrajes más que estimables, como El jorobado de la Morgue (1973) –cumbre del cine de terror español–, Carne apaleada (1978) –valiente largometraje sobre la vida en las cárceles femeninas del Franquismo, basado en la trágica vida de Inés Palou– o La monja alférez (1987) –notable filme épico-histórico basado en los escritos de Thomas de Quincey sobre Catalina de Erauso–. Además escribió el interesante drama conceptual, lleno de guiños literarios, Herodías Salomé, una “construcción dramática en tres actos, sin interrupciones”, como él definió a esta singular obra, sobre textos originales de Mallarmé, Flaubert y Wilde, publicado en 2006 por la editorial Abada.

Detrás de aquellas historias y de otras muchas latía la pluma de Alberto, un hombre culturalmente inquieto, académicamente polifacético y humanamente espléndido. Su prodigioso esfuerzo investigador al frente de la mítica revista Arbor y de los numerosos proyectos que coordinó en el Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC y en el Instituto de Estudios Madrileños constituyen el mejor legado para las nuevas generaciones, en las que creía firmemente: “Estáis todos equivocados, los niños y los jóvenes leen y mucho, y nos dan y nos darán muchas sorpresas”.

Sé que esta repentina orfandad en que nos parece haber sumido no es tal, porque Alberto Sánchez Álvarez-Insúa nos vas a seguir animando a luchar por el lugar que merece la cultura en nuestro país, muy a pesar de la retrocedente casta política y de los catarriberas de las letras: ojalá de su semilla renazca el árbol robusto de las humanidades y que la alternativa generacional, en este tiempo de veloces cambios tecnológicos, eleve sus múltiples ramas –la física, la medicina, la literatura, la historia…– tan alto como él lo consiguió. En mi corazón y en el de todo el equipo de los que hacemos “El Marcapáginas” y que recibimos durante semanas el frecuente regalo de su persona, de su amistad y del norte que nos descubrió su inteligente aguja, Alberto siempre palpitará vivo.
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