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URBANISMO Y ECOLOGÍA

¿Cómo han de ser las ciudades del siglo XXI?

viernes 11 de noviembre de 2011, 20:37h
Ahorrar energía, reducir el consumo de agua, cambiar el sistema de transporte, mejorar la gestión de los residuos o recuperar el espacio público son algunos de los retos que se plantean los urbanistas para mejorar la calidad de vida en las ciudades del siglo XXI y garantizar su sostenibilidad en el largo plazo. EL IMPARCIAL ha hablado con Fernando Prats, Jerónimo Junquera y María Jesús González Díaz para conocer sus propuestas en torno a las metrópolis del siglo XXI. Por C.C.
En la actualidad, los núcleos urbanos utilizan el 70 por ciento de la energía consumida por la Humanidad y contribuyen a la contaminación global en una proporción superior al 75 por ciento. Además, lejos de ahuyentar a sus pobladores, atraen cada año a millones de nuevos habitantes hasta el punto de que en 2050 las tres cuartas partes de la población vivirán en ciudades.

Según sostienen expertos en gestión urbana, si se quiere evitar el colapso de las metrópolis, es necesaria una profunda reconversión del desarrollo urbanístico. La falta de suelo para crecer, el aumento de los precios del petróleo, los problemas de contaminación y la prolongada crisis económica obligan a los arquitectos a ajustar el diseño de las ciudades a parámetros de desarrollo sostenible para poder evolucionar. Los arquitectos Fernando Prats, Jerónimo Junquera y María Jesús González han aportado a EL IMPARCIAL su visión sobre el aspecto que deberían tener las ciudades del siglo XXI.

El primero de ellos, Prats, es urbanista, director de estrategias emblemáticas para la sostenibilidad en España como la Agenda Local 21 de Calviá y la estrategia para la Reserva de la Biosfera de Lanzarote. Según opina, más allá de la crisis económica abordamos un “cambio de paradigma” en el que las cuestiones medioambientales pasan a ser determinantes.

Para este arquitecto, el primer problema que abordar de cara al desarrollo urbano del siglo XXI es la reducción de la huella ecológica, para lo que es prioritario frenar el uso energético en las ciudades y las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI).

En España, la huella ecológica muestra que para que el sistema de vida fuese sostenible se debería contar con cuatro veces más superficie de la que se cuenta en realidad y una de las razones por las que aumenta es el consumo energético que, a pesar de la crisis, no ha dejado de crecer. Según se recoge en el informe Cambio Global España 2020/50, en el sector doméstico el incremento de los usos eléctricos en los hogares españoles ha sido del 54,3 por ciento y el de los usos térmicos del 22,8 por ciento en los últimos quince años. También el parque nacional de vehículos casi se ha duplicado en poco más de diez años y las emisiones de la edificación en su conjunto se multiplicaron un 215 por ciento entre 1990 y 2005.

“Esto, al igual que sucede en España, sucede en otras ciudades del mundo que se suman al modelo de desarrollo occidental”, reflexiona Prats, quien menciona metrópolis como Shangái, Manila, Lima, Sao Paulo o El Cairo. “Es urgente reducir la huella ecológica urbana mediante un cambio de actitudes –como el consumo de electricidad a título individual- y de sectores –como el de la construcción- dice este arquitecto.

Para ello, según ha explicado a EL IMPARCIAL, “se requiere una acción radical de todas las administraciones y agentes sociales y un cambio sustancial de los hábitos de consumo. Es más que urgente erradicar el gasto indiscriminado, incorporar medidas de ecoeficiencia en los sectores energéticos clave de la ciudad y adoptar sistemas de movilidad pública más eficientes.

Además, este arquitecto urbanista asegura que los cambios no equivalen a un empeoramiento de la calidad de vida: “Sabemos que una vivienda media consume 115 kW por cada metro cuadrado y año, y puede conseguirse el mismo confort con 29. ¿Por qué no vamos a hacerlo? Tenemos la técnica, sólo falta la voluntad política y social para conseguirlo".

En cuanto al arquitecto Jerónimo Junquera, reconocido por obras urbanas como la integración del río Tajo en la ciudad de Toledo, el desarrollo del Puerto en la isla de Lanzarote o el proyecto Isla de Chamartín, el principal problema de las ciudades actuales es su modelo de desarrollo “insostenible e inhumano”. Según critica, “la tendencia a la baja densidad que presentan los proyectos urbanos convierte a las ciudades en elementos dispersos en el horizonte cuyos ciudadanos dependen del automóvil para realizar sus quehaceres diarios”.

Según Junquera, este modelo no sólo incrementa el uso energético y las emisiones de las que hablaba Prats, sino que también aleja a los ciudadanos. “El espacio público, que se utilizaba como espacio de confrontación, de manifestación, de tránsito y de socialización se utiliza de manera diferente y es preciso recuperarlo”.

Para este arquitecto, el camino para iniciar el reequilibrio es “priorizar el espacio público; el vacío. La ciudad densa es la opción que garantiza el contacto entre sus habitantes, la principal virtud de vivir en la ciudad y al mismo tiempo garantizar la viabilidad económica y de gestión de los servicios, mientras que la ciudad de baja densidad es insostenible. Una ciudad, antes que nada debe garantizar y fomentar el encuentro en libertad de los ciudadanos”.

El arquitecto es optimista respecto al futuro y cree que las jóvenes generaciones “están comprometidas con un tipo de arquitectura sostenible”. Además, según añade, la ciudad es el mejor espacio generador de oportunidades: “Son centros de información, innovación, convivencia y difusión de valores sociales, y a la vez disponen de competencias y recursos de gestión, lo que les da una gran capacidad de incidencia y transformación sobre la realidad de nuestra sociedad. Lo veremos, no sin esfuerzo, pero sin duda”, termina.

En cuanto a María Jesús González Díaz, presidenta de la Fundación Sostenibilidad y Arquitectura, la palabra clave para las ciudades del siglo XXI es la de “adaptación”. Según sostiene, “urbanismo y arquitectura se han adaptado tradicional y popularmente a las necesidades de la sociedad, al hombre y al clima. Ahora que la sociedad tiene sus propias necesidades, el urbanismo y la arquitectura han de adaptarse a ellas”.

González coincide en que las necesidades actuales más relevantes son la protección del medio ambiente y la presencia de espacio públicos de convivencia. Según sostiene,” la crisis económica afirma que debemos aprender de los errores cometidos y relanzar un orden diferente, en el que la asignatura ambiental ha de estar presente de forma absolutamente imbricada con el bienestar social”.

Para esta arquitecta, la nueva orientación de la arquitectura ha de dirigirse a la adaptación del patrimonio existente. Según relata a EL IMPARCIAL, “se repite habitualmente el dato de que la construcción es depositaria del 40 por ciento del gasto en recursos; que la vivienda es un problema prioritario; que a su vez en España hay más viviendas vacías que alquiladas (un 14 por ciento frente a un 11 por ciento o que el patrimonio de edificios es mayoritariamente anterior a las exigencias energéticas actuales. Es fácil atar cabos”, sentencia.

Además, esta arquitecta pone el énfasis en que se debería hacer una reinterpretación de la arquitectura en la que la arquitectura bioclimática sea la base para seguir investigando. “Esto se debe hacer y se puede hacer. Hay miles de ejemplos positivos que funcionan con una adecuada regulación institucional, la participación de la sociedad civil y la investigación”, asegura a la vez que pone el ejemplo de la eliminación de halones (CFC) en 1994. Causantes del agujero de la capa de ozono, casi se ha logrado su total desaparición sustituyéndose por otros productos. “Nuevamente estamos hablando de una acción cotidiana cuyos efectos superan fronteras y generaciones y que pueden ser abordadas sin merma de calidad de la calidad de vida. Sin duda es un desafío, pero consiste en escribir en la primera página del nuevo ciclo histórico que se abre y no sobre la última del que se cierra. ¿Quién renunciaría a ello?”.
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