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Amplio triunfo, gran derrota

lunes 21 de noviembre de 2011, 01:53h
Los resultados de las elecciones generales celebradas este domingo han confirmado a grandes rasgos las predicciones realizadas por las encuestas conocidas durante la campaña electoral, y por tanto no han deparado grandes sorpresas, al menos en lo que se refiere a los rendimientos electorales de los dos principales partidos del sistema político. El Partido Popular se ha alzado con la victoria y con una holgada mayoría absoluta, en el mejor resultado obtenido por esta formación en unas elecciones generales; por su parte, el Partido Socialista, en manos de la bicefalia Rubalcaba-Zapatero, pasa a la oposición con un resultado aún menor que el obtenido por Almunia frente a Aznar en las elecciones del año 2000. Estas elecciones son por tanto el cierre de un ciclo de ocho años de oposición popular y el inicio de lo que se presume una larga travesía por el desierto de los dirigentes socialistas.

El hecho de que los resultados no se hayan desviado mucho de las predicciones de las encuestas se debe, como ya se manifestó en el estudio difundido el 14 de noviembre (www.cemopmurcia.es), a que en esta elección, como en ninguna otra, ha predominado un clima de opinión de larga data, ya visible en las elecciones autonómicas y locales de mayo, basado en la mala percepción por el conjunto de la ciudadanía de la situación económica y política por la que atravesaba el país. La percepción sobre el clima político, y especialmente sobre el económico, ha estado en los meses previos a las elecciones en los niveles más bajos de su historia, y esa percepción ha permeado toda la competición política. Así, el triunfo del Partido Popular es deudor no de una concentración masiva de las preferencias de los electores hacia esta formación, que apenas incrementa su porcentaje de voto de 2008 en cinco puntos y no más de 600 mil electores, sino en el castigo que los ciudadanos han sometido al Partido Socialista, que pierde más de 15 puntos desde 2008 y más de cuatro millones de electores. Por tanto, hay en estas elecciones más un deseo de castigo a una formación (seguramente a un presidente) que apoyo incondicional a la otra formación (y a su presidente).

Además de la intensa necesidad de castigo que parte del electorado socialista de 2008 ha hecho patente en esta elección, es necesario destacar la pésima estrategia de campaña desarrollada y ejecutada por el líder de los socialistas. Estrategia aplaudida en sus inicios por una corte de consultores afines, aunque llamados independientes, pero advertida como nefasta el domingo previo a la elecciones por el propio líder, cuando produce un giro de mensaje que ya en todo caso no le serviría para nada: de la personificación de la campaña y la racionalidad de los argumentos, se gira el domingo pasado hacia una campaña identitaria y con pautas emotivas. Un tipo de campaña que seguramente ha amortiguado algo el triunfo Popular, o al menos ha evitado un mayor desastre del socialismo. También ha sido erróneo que el mensaje socialista se haya orientado a movilizar a su electorado de 2008, cuando el verdadero problema de su escasa votación no era tanto los descontentos internos que se manifiestan en la abstención, sino el “cabreo” de miles de ciudadanos que se transforma en una intensa transferencia hacia el Partido Popular e Izquierda Unida, pero también hacia el resto de fuerzas del espectro político.

Y si el triunfo del PP, y la debacle del PSOE, eran parte del guión escrito por las encuestadoras pulsando el clima político y económico que se percibía en el país desde mayo de 2010 y con datos más empíricos desde mayo de 2011, la sorpresa de la elección ha sido la desconcentración del sistema partidista. En marzo de 2008, los dos principales partidos acumulaban el 84 por ciento del voto y 323 de los 350 escaños (92%); ahora, entre ambos, se quedan en el 74 por ciento (10 puntos menos que en 2008) y suman 296 escaños (84%). El incremento de los dos otros partidos de ámbito nacional, IU/ICV y UPyD en más de siete puntos en su conjunto, y la gran votación del nacionalismo vasco y catalán, modifica el escenario de fuerzas parlamentarias como no se conocía en España desde los tiempos de la Transición. Ya advertíamos en la encuesta hecha pública el 14 de noviembre y publicada en este medio, que la reducción del número de indecisos que se estaba produciendo según se acercaba la fecha electoral no se relacionaba en esta ocasión con un mejor balance para el Partido Socialista, sino que se producía entre los “indecisos” y “desmovilizados” una dispersión de su voto hacia las otras fuerzas del sistema partidista, en especial hacia UPYD e IU/ICV. Parecía como que hubiera una sensación generalizada entre los menos predispuestos y entre los más descontentos que el Partido Socialista no era el destinatario de un voto útil de “oposición”, que el cambio les parecía necesario, pero que su voto se orientaría hacia otras voces distintas en la Cámara. Así, la preferencia por partido ganador en la encuesta de noviembre ya avanzaba que en torno a ésta se aglutinaban un 26% de las respuestas, destacando entre éstas las opciones de IU/ICV y UPyD.

Al finalizar la noche, los resultados sólo han servido para confirmar el estado de ánimo que ha predominado durante una contienda larga y agónica que ha durado más de dieciocho meses, desde aquel mayo de 2010 en el que por fin, en sede parlamentaria, el Presidente del Gobierno admitió, tras dos años de negativas, la existencia, e importancia, de la crisis económica. Y esta crisis inexistente es la que parece ser la causa final de la mayor derrota del Partido Socialista en su historia electoral reciente.

Ismael Crespo

Doctor en Ciencias Políticas y Sociología

ISMAEL CRESPO es doctor en Ciencias Políticas y Sociología (UCM), profesor Titular de Ciencia Política en la Universidad de Murcia y director del Departamento de Comunicación Política e Institucional del IUIOG

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