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Tribuna

La independencia de Rajoy y la de Theo Roosevelt

miércoles 23 de noviembre de 2011, 08:32h
El Presidente electo del Gobierno, Mariano Rajoy, ha insistido mucho –desde hace mucho tiempo y sobre todo a lo largo de la campaña electoral que acabamos de pasar- en que se siente independiente y que solo se considera responsable y obligado ante los españoles. Quizás otros políticos dicen cosas parecidas, pero la reiteración con que Rajoy ha expuesto esa idea quiere decir que la considera una de las claves de su mandato. Se le ha podido oír que nadie le va a dictar lo que tiene que hacer y que su único criterio de actuación será el interés general de España y de los españoles. No es un propósito baladí ni una frase para quedar bien ante el electorado. Tanto por la contundencia con que la manifiesta como por la insistencia con que ha subrayado esta idea se trata –en mi opinión- de la expresión de una firme convicción: El deliberado y reflexivo propósito de que en el ejercicio de las graves responsabilidades que va a asumir no va a aceptar las presiones de ningún sector, ni de ninguna organización, lobby o grupo mediático ni de ningún tipo de interés particular.

Y esto es muy importante en un país como el nuestro donde está muy arraigada la costumbre de decirle al que va a asumir el poder lo que tiene que hacer. Quien más quien menos trata de imponer a quien asume la responsabilidad del gobierno su propio recetario de medidas. Como si quien llega a esos puestos estuviera ayuno de ideas (aunque casos hay, ya lo sabemos). No se puede confundir la crítica o el control, normales y exigibles en una sociedad democrática, con una función prescriptiva o directora, que en una democracia tiene sus cauces institucionales establecidos. En algunos casos, incluso, estos prescriptores se muestran dispuestos casi a “declararle la guerra” si quien asume el poder no sigue al pie de la letra sus “sabias razones”. Me parece que con el nuevo Presidente lo van a tener difícil. Este propósito de independencia de Rajoy, que ha aparecido en declaraciones, mítines, entrevistas y otras comparecencias, me ha recordado la actitud similar que el primero de los Roosevelt, Theodore, asumió, hace ahora más de cien años, cuando inició su vida política y, sobre todo, cuando, inopinadamente, llegó a la Casa Blanca tras el asesinato en 1900 de William McKinley, de quien era vicepresidente.

Theo Roosevelt, ya en sus primeros puestos públicos, se había distinguido por su lucha contra la corrupción. Eran los tiempos de los “baron robbers”, los grandes empresarios (los “big business” en la terminología americana) poco escrupulosos con las leyes y que ponían a su servicio a políticos de todos los colores. Se había empezado a luchar contra estos abusos y ya se habían aprobado algunas de las leyes anti-trust, que buscaban someter al derecho a aquel primer capitalismo desenfrenado, pero “la ley de la jungla” todavía no había desaparecido. Años atrás, el joven Roosevelt se había enfrentado a lo que llamó “los clubs de la pretensión social” y eso le había costado la enemiga de algunos poderosos empresarios de Nueva York, su estado natal, dominado, además, tradicionalmente por sus adversarios del Partido Demócrata. Una revista humorística, Puck, había publicado su obituario político diciendo que aquel joven no pertenecía a la clase de los jóvenes políticos renombrados (citaba desde Pitt el joven al entonces prometedor padre de Churchill) y que, desde luego, “no tenía la madera con la que se hacen los Presidentes”. En contra del amiguismo y del nepotismo, aprovechó su cargo en la Comisión del Servicio Civil para promover la meritocracia, en virtud de la cual los cargos debían atribuirse por los méritos demostrados y no por la fidelidad al partido gobernante, como era habitual en aquellos tiempos. Quería, en suma acabar con lo que allí se llamaba el spoils system, en virtud del cual todos los puestos se repartían entre los fieles del partido ganador.

Apenas llegado a la Casa Blanca, en septiembre de 1901, Roosevelt se encontró con una patata caliente con la que su predecesor no se había atrevido. La Norhern Securities Company, propiedad de J.P. Morgan, considerado entonces como el hombre más poderoso de los Estados Unidos, estaba incursa en una posible violación de la ley Sherman que prohibía concentraciones abusivas de empresas. J. P. Morgan quería fusionar las tres principales compañías ferroviarias del país y se había puesto a la obra sin que nadie se atreviese a frenarle, a pesar de que era obvio su carácter ilegal. Roosevelt parece ser que se hizo una reflexión: “J. P. Morgan se dice que es el hombre más poderoso de los Estados Unidos, pero yo, como Presidente, tengo que demostrar que tengo más poder que él, porque represento al país en su conjunto”. Y sin consultar con nadie, para evitar presiones intempestivas, el 19 de febrero de 1902, dio orden a su fiscal general, Philander Knox, equivalente a nuestro ministro de justicia, de que, en cuanto cerrara Wall Street, porque no quería crear ningún tipo de pánico bursátil, anunciase su decisión de perseguir judicialmente a J. P. Morgan. Como escribe un especialista en la presidencia americana, Stephen Graubard, “la decisión cayó como una bomba”, y demostró a los que hasta entonces no se habían atrevido a creerlo que “el Presidente de los Estados Unidos era una figura más poderosa que el banquero más importante del mundo”.

Roosevelt, como americano, se sentía satisfecho del papel mundial que desempeñaba un banquero como J. P. Morgan, pero trataba de recordarle que la ley también le obligaba a él. Sus servicios al país no le excluían del imperio de la ley. No estaba dispuesto a soportar lo que consideraba como arrogancia de los “big business”, ni a aceptar un poder económico descontrolado. Morgan visitó al Presidente en la Casa Blanca, acompañado de dos senadores de “su confianza” y se quejó a Roosevelt de que no le hubiese avisado previamente porque se habría podido llegar a “un arreglo”. La contestación de Roosevelt fue categórica: “Eso no se puede hacer”. Y el fiscal general apostilló: “Nosotros no queremos llegar a un arreglo, we want stop it”. Morgan no se conformó y llevó el asunto hasta el Tribunal Supremo, que dio la razón al Presidente… aunque por ajustado cinco a cuatro. Parece que la mano de Morgan seguía siendo muy alargada. Pero aquel alarde de independencia consolidó su personalidad política y estuvo en la base de que el Partido Republicano recurriera de nuevo a él como candidato presidencial en 1904. Había demostrado que era un hombre fiable y valiente.

Rajoy ha demostrado que tiene las ideas muy claras y un capital de prudencia y sentido común que son indispensables en quien asume la alta dirección de un país. Durante la campaña no ha hecho promesas vanas. Churchillianamente ha reiterado que nos espera una etapa de esfuerzo y trabajo. Y que no habrá privilegiados que se escaqueen de este trabajo común. Y todo hace pensar que lo va a hacer desde esa independencia que es su más destacada seña de identidad.
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