Crítica de cine
[i]Un método peligroso[/i]: Viggo Mortensen es Freud
sábado 26 de noviembre de 2011, 12:27h
A pesar de que todos conocemos las rencillas personales y profesionales que enfrentaron a los dos pioneros del psicoanálisis, Freud y Jung, resulta bastante menos conocido el personaje femenino que “ayudó” en buena parte a que los dos grandes genios mantuvieran diversos encuentros y una fluida correspondencia hasta que acabaron enemistándose años más tarde, incapaces de aceptar las divergencias profesionales que cada uno mantenía a la hora de investigar y tratar la mente humana. Christopher Hampton empezó a mediados de los años 80 la tarea de recopilar el material necesario para escribir un guión acerca de los primeros pasos del psicoanálisis, aunque más tarde el proyecto acabó por materializarse en una obra de teatro titulada The talking Cure, que fue estrenada en Londres a finales de 2002. A raíz de esa obra, se despertó el interés de Cronenberg por llevar al cine una interesante historia que tiene como lazo de unión entre Freud y Jung y como protagonista principal, a la joven rusa de origen judío Sabine Spielrein, encargando al propio Hampton la realización del correspondiente guión.
En la cinta estrenada este viernes en nuestro país, como no podía ser de otra forma a la hora de abordar el nacimiento de una terapia que consistía básicamente en hablar, son los diálogos los que más brillan. Estos constituyen, sin duda, su punto fuerte junto con una parte técnica brillante y una impecable ambientación, aunque todo ello no resulte suficiente, sin embargo, para potenciar hasta el máximo deseable la intensidad emocional que, en principio, cabría esperar en el relato del estudio profundo de las miserias mentales que obsesionan al individuo en general, incluidos sus propios investigadores.
Es cierto que los intérpretes parecen poner todo de su parte y que, desde luego, Keira Knightley, toda una experta ya en los dramas de época, consigue con su papel de joven aquejada de un grave trastorno mental de carácter sexual ofrecer intensos momentos de sufrimiento y de pérdida. Sin embargo, su transformación de paciente a amante de Jung y, más tarde, a la eminente doctora que presentó en 1912 ante la Sociedad Psicoanalítica el concepto de impulso sexual unido a un instinto de destructivo, pierde por el camino mucho de la credibilidad que podría esperarse. Aún así, en solitario se muestra siempre mejor que en las escenas de sexo sadomasoquista que interpreta junto a Jung, a quien da vida Michael Fassbender, como si la irrefrenable chispa que nos cuentan que existió entre ambos no acabase de quedar fielmente reflejada en la pantalla. Así, ambos actores resultan mucho más creíbles cuando padecen solos que cuando se enfrentan para echarse en cara uno al otro el sufrimiento que les consume.
Por su parte, Viggo Mortensen construye un estudiado personaje de Sigmund Freud y es capaz de utilizar todos sus recursos interpretativos, que son muchos y valiosos, para ofrecernos una imagen creíble del padre del psicoanálisis, envuelto en sus propias contradicciones, mucho más realista o, quizás simplemente más práctico que su colega suizo, y en él vuelca también las consecuencias de la convulsa situación del continente europeo años antes de que estallara la Primera Guerra Mundial, así como de la sociedad burguesa llena de prejuicios que dominaba aquel momento histórico en el que el científico se atrevió a alumbrar un método consistente en hablar de los sentimientos más profundos y perturbadores de un ser humano, precisamente en una época en la que a nadie se le ocurría expresarse abiertamente sobre cuestiones tan comprometidas como el sexo y ni siquiera de sus secretos sueños nocturnos.
Pero, además del acierto indudable del filme que consiste en rescatar la figura de Sabine, muy poco conocida y sólo valorada en los últimos tiempos, Cronenberg utiliza el personaje de Emma (Sarah Gadon), la millonaria y sumisa esposa de Jung, para situar a través de ella la cara de aquella sociedad llena de tabúes y cargada de un odio que acabaría estallando en un terrible conflicto bélico, a la vez que nos presenta a otro psicoanalista, Otto Gross, magníficamente interpretado por Vincent Cassel, que representa la cruz, un descontrol adictivo como contrapunto de aquello que socialmente se consideraba correcto y que no hacía más que apartar del mundo a quienes no se adaptaban a él. Es Gross, malogrado discípulo de Freud, quien introduce en el conservador y religioso doctor Jung el veneno de la tentación y quien le pone, gracias a su vida disoluta, en situación de ser elegido en su lugar como el heredero del padre del psicoanálisis, hasta que llega la inevitable ruptura entre dos personas unidas por la profesión y separadas por la forma de enfrentar sus propias vidas.
En todo caso, la última película de Cronenberg se perfila como candidata a ser considerada una de las mejores de 2011 y su acogida ha sido muy favorable por parte de la comunidad científica en general, a pesar de que continúa sin ser fácil que los seguidores de Jung y de Freud consigan ponerse de acuerdo en algo.