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escrito al raso

Un vigía que se convirtió en cineasta llamado Berlanga

miércoles 30 de noviembre de 2011, 08:53h
En el invierno de 1941, un soldado de la División Azul con apenas veinte años en el macuto, destinado a un regimiento de artillería y a 52º bajo cero observaba al enemigo a través de unos prismáticos y desde una torre de Kritivischchi, cerca de Stalingrado, mientras fumaba cigarrillos rusos y alemanes: el ejército soviético, al otro lado del río Wolchov, intentaba alcanzar la orilla.

La última vez que lo vimos fue hace un año, en televisión, cuando empujado tan sólo por la energía de su espíritu, en un cuerpo que ya prácticamente no le pertenecía, nos pedía que tomáramos las dulces pastillas que, contra el dolor ajeno, había distribuido Médicos sin fronteras por las farmacias de toda España para ayudar a enfermos olvidados. Sentado sobre una silla de ruedas, nos iba contando que tomaba varias píldoras multicolores cuya ingesta procuraba escamotear a la enfermera, aunque había una que nunca se le olvidaba tragar porque sabía que estaba ayudando a un enfermo al otro lado del mundo. Poco después, el 13 de noviembre de 2010, decidió subirse de una voltereta, como Fred Astaire, al mismo ascensor que antes había elevado antes hasta las nubes a José Isbert, Rafael Alonso, José Luis López Vázquez y Manuel Alexandre. Lo esperaban al otro lado, siguiendo el camino soñado de las estrellas del celuloide, con los focos iluminando el cielo raso, a la espera tal vez de la aparición de San Dimas, que los todos jueves toca milagro.

Hoy celebramos la publicación en gran parte facsimilar del hasta ahora secreto e inédito alfabeto de un artista total que filmaba en verso y escribía en fotogramas. El editor Basilio Rodríguez Cañada con la ayuda del escritor Miguel Losada han sacado a la luz sus Cuadernos inéditos (ed. Pigmalión Edypro / Colección Lumière), en realidad unos prontuarios rusos, palimpsestos salidos de una nevera siberiana, en los que el inquieto artista, tras acabar sexto de Bachillerato, anotó durante años sus vivencias, poemas, cuentos, dibujos y pensamientos sobre el cine y la política, en especial los concebidos en el transcurso de la campaña de la División Azul, en la que se alistó porque habían condenado a muerte a su padre y creyó que con su actitud colaboradora indultarían a su progenitor.

Existe una muerte producida por los amigos.
Existe un cadáver con pretexto de confidencia.
Vienen sonrientes y te asesinan el verso
te asesinan el corazón y los ojos.
Porque ha sido hoy, cuando yo estaba a punto
de ser un árbol sencillo, de ser lo que queráis si es azul.

Fascina descubrir el primer amor cuyo testimonio garabateó sobre estos cuadernos el futuro genio del cine, que amaba a Chaplin y a los Hermanos Marx –“la despreocupación enorme llevada a lo eterno”–: el nombre de Rosario, su amor platónico se somete al juego de palabras: Rosa = belleza. Río = limpieza. Osario = tristeza. Ario = pureza. Osar = valentía. Osa = fortaleza. Io = independencia. Rosario = devoción.

También escribió el joven literato convertido en guerrillero ocasional sobre el séptimo arte –“El cine ha perdido su mejor cualidad: la violencia”–, esa techné total con la que en su etapa adulta capturaría a 24 fotogramas por segundo a España entera, sus pueblos, sus calles y sus plazas, habitadas por toda una representación novelesca de las clases populares: folclóricas, apoderados y alcaldes de pueblo –¡Bienvenido, Mister Marshall!–; electricistas de estudios de cine –Esa pareja feliz–; novios persiguiendo a muchachas casaderas en la playa de San Sebastián –Novio a la vista–; sabios distraídos –Calabuch–; maestros, barberos, dueños de hoteles y propietarios de balnearios –Los jueves, milagro–, conductores de motocarros –Plácido–; titubeantes sayones que vacilan ante el garrote vil –El verdugo–, marqueses venidos a menos en la Transición –como el de Leguineche en la trilogía de Nacional–, etc.

Este valenciano universal –tanto como lo fueron Joanot Martorell, Juan Luis Vives, Juan de Timoneda, Blasco Ibáñez o Joaquín Sorolla–, que escribió que “el cine es la más formidable fuerza de nuestra época”, retrató a través de deliciosos cuadros de costumbres en fotogramas el arranque de la rebelión de las masas hispánicas, la caída accidental del hombre sobre el mundo, repetida una y mil veces, conjurada a través del humor y la ironía, intercambiando la ignorancia y el atraso del Régimen por las sales del ingenio. Lo que no sabíamos es que cuando las suelas de sus botas militares pisaban con firmeza la nieve arracimada a orillas de las frías aguas del Wolchow... ya pensaba en todo aquello.

Regresemos junto a ese soldado de la División Azul, destinado a un regimiento de artillería que observa a las tropas soviéticas con unos binoculares y desde la altura de un depósito de agua de Kritivischchi, cerca de Stalingrado y bajo un frío extremo, al otro lado del río. Un día, su atenta y agotadora labor dio resultado porque –¡¡alarma!!–descubrió de pronto a un soldado ruso, a un oficial que apareció surgido del níveo paisaje, que miró cauto a derecha e izquierda, se bajó los pantalones… y se alivió el vientre. El nombre del vigía era Luis García Berlanga, el soldado que años más tarde recibió prestigiosos galardones internacionales en los festivales internacionales de Cannes, Venecia, Montreal, Berlín o el checo de Karlovy Vary, donde fue elegido como uno de los diez cineastas más relevantes del mundo. Ese voluntario español que había viajado hasta el frente Oriental de la Wehrmacht se convirtió en el cineasta español más grande junto a Luis Buñuel y su querido compañero Juan Antonio Bardem. De los tres, Berlanga fue el que mejor supo cambiar el aire avinagrado y con olor a pan viejo de una España quebrada por el legado de una maravillosa cinta de sueños que nos permitió imaginarnos mejores de lo que éramos.

Gracias, maestro, por estos cuadernos; gracias por esta guinda agridulce que corona tu legado.
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