La vida privada de los políticos estadounidenses
lunes 05 de diciembre de 2011, 07:50h
Este pasado fin de semana el republicano Herman Cain ponía fin a su carrera por la candidatura presidencial norteamericana, tras conocerse detalles de su tormentosa vida extramatrimonial. Parece que no se trata de un hecho aislado, sino de una conducta más o menos continuada, algo que ha acabado por contaminar de manera definitiva la imagen del populista Cain. Este tipo de cuestiones suelen tener una importancia capital en Estados Unidos, y un solo comportamiento irregular -no digamos varios- basta para arruinar las aspiraciones públicas de cualquiera que opte a un puesto representativo.
Se ha hablado en más de una ocasión de la doble moral estadounidense en según qué cosas; sobre todo, cuando se trata de la vida privada de sus políticos. Hay parte de verdad en ello. No obstante, más que el escándalo en sí mismo -que también-, se penaliza el que su protagonista lo niegue públicamente; es decir, que mienta al electorado al que se debe. Y es aquí donde el argumento adquiere su razón de ser. Con más frecuencia de la debida, vemos a cargos públicos incurrir en mentiras flagrantes, sin que haya consecuencia alguna al respecto. En eso, la sociedad norteamericana es mucho más exigente, y hace bien en serlo.
Por otro lado, en Europa hay un claro ejemplo de cómo una vida privada desordenada puede repercutir negativamente en el desempeño de una tarea oficial: Silvio Berlusconi. Bien es cierto que su caso es excesivo se mire por donde se mire, pero sirve para llamar la atención sobre la ejemplaridad que debe caracterizar a todo servidor público. Y esa ejemplaridad vale -o debería valer- para todos, norteamericanos o de cualquier parte del mundo democrático.