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Cesión de soberanía

Javier Zamora Bonilla
martes 06 de diciembre de 2011, 19:11h
Se está hablando mucho estos meses en Europa de “cesión de soberanía”. Hace unos días, Angela Merkel decía en el Bundestag que los acuerdos que se alcancen en la próxima cumbre de jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea, que se celebra el próximo fin de semana, no supondrán en ningún caso una cesión de soberanía del Parlamento alemán. François Hollande, nuevamente a la cabeza del Partido Socialista Francés, ahora como candidato a la presidencia de la República tras su victoria en las primarias, a pesar de haber perdido hace unos años la secretaría general, afirma que no está dispuesto a fijar constitucionalmente la “regla de oro del déficit”, como propone Nicolas Sarkozy, porque sería una cesión de soberanía e insiste en la postura que llevó al rechazo francés del proyecto de Constitución europea en el referéndum de 2005. Aquel “no” francés ha provocado, en gran medida, las consecuencias de la mala gestión gubernamental de esta crisis, pues cerró puertas para avanzar en la profundización de la federación política europea y de la integración económica, monetaria y fiscal. Sarkozy, por su parte, ante la crítica socialista a su izquierda y el nacionalismo lepenista a su derecha, hace difíciles equilibrios sobre la cuerda floja de las malas perspectivas electorales para que no se entienda como cesión de soberanía sus acuerdos con Merkel.

Los gobiernos de los países intervenidos –Grecia, Irlanda y Portugal– y el gobierno técnico de Italia también son acusados de ceder soberanía a la Unión Europea en tanto que llevan a cabo más a menos a rajatabla las políticas económicas que imponen los mercados. Zapatero también fue duramente criticado, a izquierda y a derecha, por aplicar los ajustes económicos que le exigía la Unión, a la que se decía que había entregado la soberanía española. No hace falta recordar ni quiénes ni cómo lo afirmaron porque lamentablemente tendrán que tomar la misma medicina.

En todas estas expresiones hay un mal entendido que conviene aclarar porque se ha olvidado quién es el sujeto de la soberanía y se confunde el sujeto con el ejercicio de las funciones que éste habilita a sus representantes en una sociedad política. Así se habla de la soberanía del Parlamento alemán, del Gobierno francés o del pueblo griego –los calificativos son sustituibles por cualquiera de los otros veintiséis miembros de la Unión– sin ser conscientes de que por encima de las soberanías nacionales se ha constituido ya una soberanía supranacional europea, cuyo sujeto es el pueblo europeo. Esta soberanía se ha constituido en la realidad de los hechos, más allá de los Tratados, como ha sucedido siempre en la historia. O, ¿hay que recordar la retirada del Tiers état al Juego de Pelota en el Versailles de 1789? La única vía que asegura un camino de éxito a la Unión es constitucionalizar en los Tratados lo que ya es una realidad, este nuevo sujeto de soberanía, de forma que queden bien delimitadas las funciones que el sujeto soberano habilita a sus representantes, sean estos los dirigentes de la Unión o los de cada uno de los Estados miembros.



Merkel y Sarkozy llegaron ayer a un acuerdo de mínimos, absolutamente insuficiente. No entro en el contenido del mismo, que sustancialmente es insistir en las claves económicas fijadas hace ya muchos años en Mastrique –y que son las que han saltado por los aires al llegar la crisis económica–, aderezadas ahora con el formulismo de ciertas garantías como la constitucionalización de la “regla de oro del déficit”, que ya han aplicado algunos países como Alemania o España; la fijación de sanciones a los países que incumplan los límites de déficit y deuda, que no hará sino dificultar más aún el equilibrio de sus cuentas; y el control de los presupuestos estatales por el Tribunal de Luxemburgo, sin que se otorguen a este verdaderos poderes. Digo que no entro en el contenido porque me basta ver la foto de Merkel y Sarkozy ayer en París mientras exponían su acuerdo. Ellos, delante, apoyados sobre el púlpito –quería decir atril, pero he tenido un lapsus que queda reflejado– y detrás, dos banderas en primer plano, las de Alemania y Francia, que dejaban entrever medio oculta la bandera europea. Hay que cambiar el orden de esas banderas. Ha llegado la hora de constituir los Estados Unidos de Europa, como tantos nombres egregios propusieron después de la Gran Guerra. Por no hacerlo entonces, entre otros muchos problemas que no olvidamos, como el auge del fascismo y del bolchevismo, la Gran Guerra se renominó como Primera Guerra Mundial, es decir, hubo una Segunda. La Unión Europa, cuyo embrión se gestó con la CECA (Comunicad Europea del Carbón y del Acero) en 1951 y con el Tratado de Roma que funda la Comunicad Económica Europea en 1957, tiene ya más de medio siglo de experiencia, en el fondo muy exitosa, que no conviene echar por la borda, sino, por el contrario, aprovechar para cumplir la promesa que desde hace siglos, como decía Ortega, Europa anuncia ser.

No se me escapa que no sólo los políticos nacionales y nacionalistas de los distintos Estados sino también muchos ciudadanos del pueblo europeo no son conscientes de esta nueva realidad o no quieren aceptarla, como muchos gobernantes y ciudadanos no quisieron aceptar durante el siglo XIX que el nuevo sujeto de la soberanía ya no era el rey sino la nación. Ese siglo supuso una constante lucha entre los que todavía creían en la vieja soberanía regia y los que pensaban que el sujeto de la soberanía había cambiado. Esta disputa costó muchas revoluciones y guerras en todos los países europeos, excepto Inglaterra que ya había hecho las suyas en el siglo XVII y que prefirió desde entonces el camino de la reforma. Los liberales doctrinarios buscaron en el Continente un acomodo de la vieja soberanía regia en la nueva soberanía nacional con aquella fórmula que en la canovista Constitución española de 1876 se expresaba en su artículo 18: “La potestad de hacer las leyes reside en las Cortes con el Rey”, es decir, que no había un sujeto de soberanía sino dos, cosoberanía.

Como todo lo que se niega a aceptar la realidad histórica, las ideas doctrinarias se vieron barridas por el empuje de los tiempos. Se estaba produciendo –con distintos son y tempo en cada país europeo– un nuevo cambio en la concepción del sujeto de la soberanía nacional. La nación política, que se consideró hasta entonces compuesta por los que tenían una cierta capacidad económica y/o formación, es decir, la burguesía y la nobleza, pasó a pensarse como el conjunto del pueblo, que hasta entonces –excluidos sus integrantes de los derechos de la ciudadanía política, aunque tuvieran reconocidos formalmente los derechos y libertades civiles– había hecho de comparsa de las “clases” sociales superiores. Todavía faltaba que a ese pueblo se sumase el elemento femenino para que realmente alcanzase la plenitud de su significado la idea de nación política. Conviene recordar que esto no se consiguió hasta el siglo XX y que en países como Francia o Gran Bretaña las mujeres no votaron hasta después de la Segunda Guerra Mundial.

La globalización ha llevado a un nuevo cambio en el sujeto de la soberanía que ya no es nacional sino transnacional, supranacional. Estemos a la altura de los tiempos y cambiemos el orden de las prioridades, para lo que hay que empezar por cambiar el orden de las banderas.

Javier Zamora Bonilla

Profesor de Historia del Pensamiento Político

JAVIER ZAMORA es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Derecho por la Universidad de León, ha completado su formación con estancias de investigación en el Massachusetts Institute of Technology, el Max-Planck Institut für Geschichte y el Colegio de México.

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