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RESEÑA

Lorenzo Silva: Niños feroces

domingo 11 de diciembre de 2011, 13:53h
Lorenzo Silva: Niños feroces. Destino. Barcelona, 2011. 400 páginas. 19 €
Lorenzo Silva es un novelista que recibe con justicia el favor del público por su célebre saga de intriga protagonizada por los guardia civiles Bevilacqua y Chamorro. Además, en su haber cuenta con novelas engañosamente muy distintas, como el áspero texto de El nombre de los nuestros o la novela Noviembre sin violetas. Allí practica procedimientos narrativos de diverso calado y con distinto éxito, pero son todas novelas de su tiempo. El mestizaje de géneros a caballo entre el documento, el ensayo -muy personal- la novelización o la literatura de viajes Del Rif al Yebala es buen ejemplo de la habilidad compositiva del autor. Es por ello escritor valiente, sin miedo a tantear formulas nuevas o tradicionales, y resulta difícil en extremo de encasillar.

Su última novela trata sobre las peripecias de un joven escritor, Lázaro, que se tiene por “cuentista ralo”. El adjetivo condensa aquí sapiencialmente sus dos acepciones, pues el protagonista se tiene por raro entre sus coetáneos al ser un lector habitual, siendo también escritor, y por incapaz de unir los elementos narrativos para superar la escritura de unas pocas páginas, trasunto de la impericia lectora y escritora actual que arrasa en el mundo real. Este personaje cuenta su tentativa de novela con la que intenta “reconocer el pasado”, la historia del soldado Jorge García Vallejo, expedicionario de la División Azul por tierras rusas, relato que le entrega su profesor para incitarlo a escribir una novela. Para ello, Lázaro se nutre de distintas fuentes y variopintos testimonios, que recorren desde la experiencia de soldados en la guerra de Irak hasta los videojuegos bélicos, pasando por Youtube, películas, etc. No extraña por tanto el pórtico de la novela, que podría interpretarse como concepción de la Literatura en general, “Soy un hombre que habla a través de otro hombre que habla a través de otro hombre que habla a través de otro hombre”, pues el relato es la historia que un viejo contó a un hombre y éste a su vez a un joven sobre su vida cuando era apenas un adolescente.

Lázaro aborrece la imprecisión aunque, como muestra de su generación, caiga a veces en el lenguaje políticamente correcto (llamar “de color” a un personaje negro, entre otros ejemplos), perdido en la redacción. La tentativa ficcional subterránea que recorre el texto y el tamizado de las distintas voces que realiza el joven escritor resultan de lo más atractivo del libro.

La novela presenta hallazgos nobles como la imagen del cambio de gobierno representado en la dirección contraria de la mirada de las efigies de las pesetas o los consejos del profesor al joven escritor: “No tienes que gustar al lector. Tienes que perturbarlo. Sacudirlo. Zarandearle las ideas asumidas, meterlo en contradicciones”, aunque en la opinión de este crítico carecer de la vivencia de una peripecia humana no es impedimento para narrarla con eficacia así como el vivir una situación no garantiza una narración “poderosa, auténtica y original”. Sin embargo, en buena parte de sus páginas Lorenzo Silva tiene la certeza, como uno de sus personajes, del alivio de “llamar a las cosas por su verdadero nombre”.


Por Francisco Estévez
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