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tribuna

Cameron que se duerme…

miércoles 14 de diciembre de 2011, 08:35h
Con su veto al nuevo tratado sobre el euro Cameron puede haber cometido el peor error de su mandato, que no dejará de pasarle factura, si no acierta a rectificar en tiempo y forma. Los euroescèpticos británicos, tras un inicial estallido de euforia, empiezan a balbucear que hay que recomponer las relaciones con la UE y el listado de quienes critican la apuesta del primer ministro británico se incrementa allí sin parar. Desde sus propios socios de coalición, con el viceprimer ministro Clegg a la cabeza, hasta la oposición laborista expresan en voz alta que Cameron se ha equivocado y no aceptan el argumento de éste según el cual esa era la única manera de defender los intereses nacionales. Unos intereses nacionales que para Cameron se centraban, sobre todo, en la City, el gran centro financiero londinense, que, se afirmaba, podría sufrir la inconveniencia de excesivas regulaciones procedentes de Bruselas. Financial Times –que ya había publicado varios artículos y editoriales advirtiendo de las negativas consecuencias de un “no” británico- estima que ese voluntario aislamiento puede acabar siendo negativo precisamente para la City. Algunos grandes bancos y otras sociedades europeas que ahora están instalados en Londres se pensarán si vale la pena seguir en un país que prefiere “ir a su aire•”. Sin haberlo querido, es hasta posible que Cameron haya hecho un gran favor a Frankfurt y a París.

Aunque la Commonwealth sigue existiendo, ya quedan muy atrás los tiempos de la llamada “preferencia imperial” que abría a Gran Bretaña todos los puertos de sus colonias y dominios, porque la Union Jack se paseaba por todo el mundo y dominaba todos los mares (Britain rules the waves). Y como decían los militares británicos (que, por cierto se apropiaron de aquello de que en su imperio no se ponía el sol) no hay ningún lugar de la Tierra en el que no haya la tumba de un británico. Ahora, el principal mercado británico es la UE, de la que lo que más la interesa es el mercado único, sin querer entender que si se está a las maduras –el mercado único- no se puede volver la espalda a las duras –el euro-, dada la repulsión que, según parece, les produce a los británicos la moneda única. Además, la libra ya no es lo que fue, incluso en estos tiempos de un euro con sarampión. Nadie se rinde ante la esterlina, como ocurría hace cien años.

Tampoco vive un momento de plenitud la “relación especial” con Washington. Ya están lejos aquellos años de la II Guerra Mundial en los que Churchill se instalaba con toda confianza en la Casa Blanca y compadreaba con Roosevelt, que le tomaba el pelo por las siestas “a lo Camilo J. Cela” que practicaba a diario el gran premier inglés. Mientras, ya entonces, hacía todo lo posible por entenderse con Stalin, a espaldas de Churchill, porque ya se vislumbraba que Estados Unidos y la Unión Soviética serían las dos grandes potencias de la posguerra. Y Churchill, ya percibía que su país era un pequeño burrito frente a los dos gigantes. Desde Washington, Gran Bretaña se ve ahora como una pequeña isla adosada a un continente demasiado pequeño y complicado, aunque, dentro de él, siga siendo un socio importante y necesario. Y aun cuando sea cada vez más evidente que, como ya dejó escrito Thomas Jefferson, el futuro de los Estados Unidos está en el Pacífico.

Con su gesto, Cameron impone al Reino Unido un aislamiento nada beneficioso –ni para ellos ni para nadie- porque ya no será aquel “espléndido aislamiento” que fue uno de los signos distintivos de la política exterior británica tradicional, sobre todo en el siglo XIX. Un aislamiento aquel que, en realidad, nunca fue tal, pues desde Londres se seguían atentamente todos los asuntos europeos tratando de mantener el equilibrio del poder (balance of power) procurando que ninguna potencia aumentara su influencia y, si tal cosa sucedía, aliándose siempre con el o los más débiles para frenar al grande, se llamara Luis XIV, Napoleón, los zares rusos o Hitler. Si a Cameron le parecía que ahora, dentro de la UE, los poderosos son (otra vez) Alemania y Francia, además unidos, podía haber hecho muchas cosas para compensar el poder del eje Berlín-París, como en su momento lo intentó Blair. Pero estos son otros tiempos y difícilmente puede el Reino Unido desempeñar una función equilibradora sin estar en el euro y vetando el nuevo tratado. Como ayer escribió oportunamente el Financial Times, “nada se gana con una silla vacía”.

Para influir hay que estar …y mojarse. Y Cameron ha preferido quedarse en la orilla mientras los otros reman. Es muy conocida aquella anécdota que relata cómo durante un periodo de tormentas y mar revuelto en el Canal de la Mancha un periódico inglés (creo que el propio The Times, la oficiosa voz del Reino) tituló a toda página “El continente está aislado”. Así era aquel mundo donde solo valía la visión que se tenía en Londres y donde desde Londres se resolvía cualquier problema en cualquier lugar del planeta, por el expeditivo procedimiento de enviar una cañonera o simplemente con la oportuna visita del embajador de Su Graciosa Majestad. Pero la City, en este mundo globalizado en el que ya casi no quedan colonias (salvo Gibraltar, que además estrena primer ministro soberanista –todo se contagia) ya no es argumento suficiente para frenar las voluntades ajenas. Además, ¿a qué viene tanto aspaviento si lo que se aprobó el viernes en Bruselas ya estaba vigente en virtud del Pacto de Estabilidad? Lo nuevo es que ahora se ha decidido tomárselo en serio y aplicarlo con rigor… y con sanciones.

Además, Cameron hace una discutible interpretación de cuáles sean los intereses generales británicos y así se lo están recordando en el propio Reino Unido. Uno de los axiomas más categóricos de la política exterior británica fue acuñado por Palmerston, a mediados del siglo XIX, cuando afirmó que “Gran Bretaña no tiene amigos ni enemigos permanentes; solo son permanentes sus intereses”. Y si hubo un tiempo en que tenía lógica que los británicos jugasen la carta de sus intereses imperiales, hoy parece evidente que es la hora de que jueguen sus intereses europeos. Que son muchos y mutuos Porque negar la europeidad de los británicos –y hay habitantes de la isla que lo hacen- sería tan absurdo como, por ejemplo, negar la españolidad de los catalanes o de los vascos.

Pero ya sabemos que hay gente para todo y siempre hay algunos que parecen encantados de seguir la vía equivocada aunque, al final, irremediablemente, se vean obligados a pagar la factura. Thatcher logró casi lo imposible al conseguir lo que se llamó “el cheque británico”, una manera de decir “aquí estoy yo, pero no pienso pagar nada”. Una excentricidad tan increíble, por no salir de casa, como ese pacto fiscal que quieren los nacionalistas catalanes, tan suyos como los euroescépticos británicos. Los tiempos del “gratis total” pasaron hace ya un buen rato y la crisis los ha convertido en una broma de mal gusto. Mal haría Cameron si se dejase llevar por esa vía o se atrincherase en una superada idea de la identidad nacional. Puede estar haciéndole un mal servicio a esos proclamados intereses nacionales que ya no son los de la época de Palmerston y que pueden llevar al Reino Unido a una marginalidad europea que no les interesa ni a ellos ni a todos nosotros. Porque, si me permiten la broma hispana, “Cameron que se duerme…se lo lleva la corriente”.
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