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La Majestad del símbolo y el símbolo de la Majestad

José Eugenio Soriano García
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josesorianoelimparciales/11/11/23
miércoles 14 de diciembre de 2011, 22:01h
Me ha gustado, y convencido, el artículo que con la primera frase del rótulo de este artículo publica Javier Gomá Lanzón, cuyos trabajos sobre “Imitación y Experiencia” merecen ser leídos en cuanto son exponentes de una magnífica investigación filosófica sobre estos conceptos.

Investigación basada en parámetros clásicos, sin duda conservadores en el mejor sentido de la palabra “conservar”, que ya va siendo hora de rescatar frente al permanente “progresar” que a tantas perversiones ha conducido a nuestra sociedad por su falta de realismo y su exceso de ideología.

El artículo excelente de Gomá Lanzón, concluye terminantemente de la siguiente forma: “Lo que hemos llamado fidelidad del símbolo a su significado tiene, en teoría política, un nombre: ejemplaridad. Lo contrario a la ejemplaridad no es, en el símbolo, la corrupción o la perversión, sino banalidad”.
Creo que con esta frase final, parece invitársenos a concluir el argumento, que si no quedaría reducido a un “argumento incompleto”, fórmula hoy postmoderna de razonar que permite a cualquiera concluir la historia y colocarle un final como le complazca individual y subjetivamente, pero que, en mi opinión, queda muy lejos de ser lo que de manera determinante pretende realizar un autor cuando expone un juicio.

Por mi parte, me atrevo pues a concluir lo que parece que se desprende de un razonamiento que pone las bases y siembra las raíces de un buen pensar y repensar sobre la Monarquía pero que está falto de conclusión.

Porque no basta moverse, creo, en una visión puramente especulativa y finalmente construir dogmáticamente lo que “debe ser” una Institución. Hay que bajar a tierra, sostengo, y comparar ese deber ser con el ser que hoy tenemos de la Institución, máxime cuando se encarna, como bien indica el artículo de Gomá Lanzón, cálidamente en una Persona y una Familia.

Y aquí es donde llegamos a la aplicación del concepto de “ejemplaridad” frente a “banalidad”, aunque me temo que también los otros dos conceptos que pueden adjetivar el sujeto y que según Gomá no son antónimos de ejemplaridad, podría ocurrir que asimismo acabaran teniendo un espacio que ocupar. Veremos con el tiempo.

La ejemplaridad, para que sea base de una imitación, tiene que ser permanente y aún rígida. Da ejemplo quien efectivamente es el modelo a imitar. Y no solamente sobre el papel, sino muy principalmente, también, sobre la conducta, la acción, su aplicación cotidiana. La ejemplaridad, como el prestigio, se gana día a día, hay que mantenerlo y tiene el inconveniente, terrible, que si se pierde en una ocasión, se puede perder para siempre. Es decir, hay que ser ejemplar, constantemente.

Exactamente eso es lo que pasa con todas las instituciones y muy singularmente con la Institución con Mayúscula, en que la Corona consiste.
Pocas dudas, creo, existen sobre la ejemplaridad de la actual Persona que ocupa y determina la Institución de la Corona. Tanto es así que ser “Juan Carlista” es ya frase acuñada… incluso por los republicanos, me atrevo a decir. Hay tanto y tanto que agradecer a Su Majestad, desde todos los puntos de vista, que indudablemente, el curso de los acontecimientos políticos desde la transición política, allá por los finales de los años setenta del siglo XX, habría sido muy distinto de no encontrarnos felizmente con un Monarca que ha hecho del Estado de Derecho el genuino símbolo de su desempeño diario, cotidiano. Felices quienes hemos tenido la suerte de poder vivir en este reinado, ya que pocas veces en toda la historia española se ha dado la circunstancia de encontrarnos con un Rey tan excelente desde todos los puntos de vista.

La gran cuestión ahora es si esa ejemplaridad continúa viva y operante en la continuación de la obra del actual Monarca. Y ahí hay que hacer por todos el mayor esfuerzo por lograr y conseguir que la sucesión sea efectivamente ejemplar siempre. Y muy especialmente, en ese “todos” hay que incluir a quien en primer lugar está llamado a ser ejemplar.

Porque ser Sucesor supone siempre disponer de privilegios en más y privilegios en menos. Una suerte de cargas, pesos y contrapesos, deberes, que son los que justifican luego la Prerrogativa. En el caso de exigencia de ejemplaridad, creo poder afirmar, son primero los deberes, las obligaciones, las exigencias y a partir de ahí es donde surge la natural situación que coloca a la Persona en la Institución. Sin la minuciosa exigencia de tales deberes que conforman la ejemplaridad, no se logrará que ésta sea efectiva y por tanto la que constituya la Majestad del Símbolo. Por ello, en un juego de palabras inevitable, es la ejemplaridad la que constituye el Símbolo de la Majestad. Y en consecuencia habrá que estar muy atentos para que ese Símbolo sea efectivo, lograr que siempre se adecúe la Persona que logrará la continuación y la satisfacción de esa continuación en todos los españoles y que en todo caso se consiga que el altísimo grado de contento con la Institución continúe ejemplarmente rindiendo sus frutos para que los “Juan Carlistas” de hoy, sean los monárquicos de mañana.

José Eugenio Soriano García

Catedrático de Derecho Administrativo

JOSÉ EUGENIO SORIANO GARCÍA. Catedrático de Derecho Administrativo. Ex Vocal del Tribunal de Defensa de la Competencia. Autor de libros jurídicos.

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