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La paz armada y nosotros (y2)

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 23 de diciembre de 2011, 21:31h
Se recordaba en el artículo precedente cómo las pautas que informaron los comportamientos de los hombres y mujeres que traspasaron ya el ecuador de su andadura comienzan en nuestros días a ser objeto de la rememoración nostálgica del lado de dichas generaciones. Impactadas por el grosor de las mudanzas contempladas en su biografía individual y colectiva –el paso en gran parte de ellas de la menesterosidad al bienestar-, el temor cada vez más presentido de una devaluación sustantiva de su actual status les impele a refugiarse en la nostalgia.

Ya, en efecto, nunca volverán los servicios hoteleros asistidos con toda suerte de adminículos y prestaciones, a menudo, suntuosos y múltiples. Como tampoco retornarán los días de la segunda y hasta de la tercera vivienda, en playa y campo, respectivamente; los viajes a “gogó”; las conferencias sin sentido ni finalidad cultural alguna; los actos y espectáculos “todo gratis” –es decir, a cargo de las inexhaustas arcas públicas en sus variadas manifestaciones; y, en fin, el consumismo como dios mayor y principio básico de la sociedad.

Todo eso para los españoles del 2012 es ya historia. La marcha de ésta quizá no sea tan lógica como quieren los providencialistas y deterministas. Su alfa y omega no aparecen normalmente bien fijados. Pero aún así es seguro que, de la misma manera que la primera contienda mundial dio vado en buena parte de Occidente a los primeros pasos de una socialdemocracia gobernante, con una mayor y más justa redistribución de bienes y servicios a escala general, en el tiempo presente, y a nivel mundial, se reproducirá el mismo hecho, con ostensibles logros para el conjunto de una población que acaba de superar los 7.000.000 millones de seres. La emergencia poderosa de nuevos países al liderato internacional; la irrefrenable carestía de las materias primas; el afianzamiento de formas desconocidas de intercambios comerciales y transferencias de conocimientos y saberes desembocarán en un orbe con menos injusticia y mayores oportunidades y opciones, singularmente, para los pueblos y gentes más desprovistas hasta la fecha de elección y acceso a riquezas y comodidades restringidas hasta el comienzo del III milenio a muy pocos estratos y territorios del ancho planeta azul.

Bien se entiende, sin embargo, que la arribada a tal estadio histórico no sobrevendrá a corto tiempo, ni aún tan siquiera probablemente a medio plazo. Muchos son, sin duda, los procesos que han de terminar su ciclo antes de abocar al nuevo horizonte de la historia. Analistas y críticos de variada laya discurren en toda clase de tribunas y foros en punto a su naturaleza y graduación. En el extremo cronológico en que nos encontramos, la conclusión que semeja dibujarse con mayor firmeza es la que reviste la crisis de un carácter totalizador o, cuando menos, muy superior a una caracterización primordialmente económica. El naufragio del Estado del bienestar a cuyo primer acto asistimos fue posible por el fallo de unos mínimos resortes de solidaridad y de una convivencia regida por fundamentos inquebrantables en la conducta personal y colectiva. Razonamiento elemental que puede suscitar una adhesión masiva, pero necesitado claramente de un desarrollo y penetración doctrinal de un radio y espectro de una amplitud muy superior.

Entretanto, mientras que filósofos y pensadores hacen su trabajo para darnos un día –cuanto antes, mejor…- las claves de la gigantesca crisis en que nos hallamos, los españoles de estas semanas y meses presentes mostramos signos de una parálisis social alarmante, atrofiados en nuestra siempre desbordada vitalidad y, con frecuencia, notoria creatividad, propia, por lo demás, de un pueblo de su tradición e historia. ¿Podrá, acaso, indagarse en ellas a fin de encontrar un hilo conductor para el presente? Intentarlo no supondría malgastar energías ni desconfianza en su capacidad inventiva. Solo, por el contrario, verdadero compromiso con su identidad.
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