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RESEÑA

Amos Oz: La Colina del Mal Consejo

domingo 25 de diciembre de 2011, 14:12h
Amos Oz: La Colina del Mal Consejo. Traducción de Raquel García Lozano. Siruela. Madrid, 2011. 292 páginas. 21,95 €
Autor de una abundante obra internacionalmente reconocida, Amos Oz (Jerusalén, 1939) está considerado el mejor prosista en lengua hebrea moderna, y junto a David Grossman y A. B. Yehoshúa conforma la principal terna de intelectuales israelíes de referencia. Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2007, en nuestro país se dio a conocer mediante novelas –casi todas traducidas y publicadas por Siruela– como La tercera condición (1993) y, sobre todo, Una historia de amor y oscuridad (2005), especie de autobiografía novelada, memoria personal y de todo un país valorada como su obra maestra. Fundador del movimiento Shalom Ajshav ("Paz Ahora"), Oz, “caja de resonancia de la nación israelí" como le definió Grossman, no ha cejado de abogar por el entendimiento pacífico entre israelíes y palestinos ni de expresar sus ideas democráticas y pacifistas allí donde se le ha requerido.

Con el mismo sedimento narrativo que más tarde desarrollaría en las citadas memorias, compuso Oz entre 1974 y 1975 los tres magníficos relatos que, ambientados en los últimos meses del mandato británico en Jerusalén –periodo que el autor vivió de niño–, componen el presente volumen, La Colina del Mal Consejo. Escritos con una prosa exquisita, de estilo apasionado y, por momentos, profundamente poética y llena de imágenes –que no puede, quizá, llegarnos en toda su dimensión original a través de una traducción entre dos idiomas, el español y el hebreo, de musicalidad tan distinta–, tienen los relatos incluidos un denominador común: el espacio y el tiempo. Concretamente, Jerusalén (“ciudad de inmigrantes en el desierto con sábanas ondeando en todas las azoteas”), población heterogénea, intelectualmente muy preparada, apresada en 1948 entre el horror del inmediato pasado anterior a la creación del Estado y el presente e interminable conflicto bélico con sus vecinos árabes.

Sin embargo –aquí y en toda la obra del autor–, el gran tema es el de la relación con el otro: qué poco sabemos del otro. El matrimonio que protagoniza “La Colina del Mal Consejo” oculta unas tensiones insospechadas; el niño de “El señor Levi” va perdiendo la inocencia mientras escruta a los adultos… Un niño prodigio, Uri, de desorbitada imaginación y tozudez en sus sueños sionistas, que Oz elige como hilo conductor de todo el libro –muy parecido al pequeño Amos Klausner que, en su obra autobiográfica, crecía como hijo único de una joven pareja. La forma narrativa deja paso a la más íntimamente personal de la epistolar, en uncrescendo emocional, en el último relato, titulado significativamente “Nostalgia”, de un hombre que va a morir justo en vísperas de un momento histórico; y se despide de la vida reclamando una especie de perdón.

Ante todo, son sensaciones y emociones las que trasmite la obra; de ahí su uniformidad. No hay trama, ni casi argumento. Sí un mosaico, un fresco de tantas vidas dispares en la tesitura de intentar construir un Estado, y aun antes una sociedad. Una capa envolvente de humor e ironía encubre la mirada compasiva del autor por todas esas familias infelices, procedentes de todas las partes del mundo, que esperaban una mejoría que sin duda llegaría pronto y que tal vez se dejaría sentir también en Jerusalén. “Quién viene a Jerusalén, de dónde viene, qué esperaba encontrar cada cual aquí y qué ha encontrado realmente”, reflexiona el amable y filosófico doctor protagonista del relato postrero. “Todo me conduce al punto esencial, a la única pregunta: qué pasará. Qué nos pasará”.


Por José Miguel G. Soriano

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