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Los pensadores del Apocalipsis

Juan José Solozábal
martes 03 de enero de 2012, 21:31h
Leo con gran interés el comentario de Mark Lilla en la última entrega de la New York Review of Books sobre el pensamiento reaccionario americano (The reactionary Mind: conservatism from Eduard Burke to Sarah Palin de Corey Robin). Creo que el propósito de Lilla es arrojar algo de luz sobre el momento ideológico en que la derecha americana debe de nominar a un candidato republicano para las próximas elecciones presidenciales. Pero, más allá de esta circunstancia, hay algunos aspectos del análisis de Lilla que resultan sugerentes. La tesis de Lilla es, primeramente, que la política sin partidos o diferencias ideológicas no es buena o razonable. Puede ser conveniente en circunstancias de emergencia, pero sus ventajas, al menos en circunstancias normales, no superan a sus riesgos, entre ellos el fomento de la apatía o el desinterés que abre de seguro las puertas al descontrol de los gobernantes y su corrupción.

La implicación ciudadana en el debate ideológico requiere, sin duda, de una clarificación terminológica. Es lo que puede llamarse una taxonomía “que hace comprensible el presente político”. Así Lilla admite con Corey Robin que, en América como en Europa, existe una derecha política, esto es, un espectro de gentes cuya ideología consiste en la justificación de la obediencia de los que están debajo respecto de los que mandan. “Lo fundamental para la derecha es que siempre ha querido la misma cosa: mantener abajo a los que ya están abajo”. Pero fuera de la coincidencia en su objetivo, perpetuar la sumisión, la derecha tiene una sorprendente capacidad para cambiar, asumiendo por ejemplo apariencias de izquierda o progresistas. “En los setenta si usted pensaba que las escuelas públicas eran sitios donde se adoctrinaba socialmente, o que se debía descentralizar la enseñanza o que los chicos aprenderían mejor en casa, se le situaría en la extrema izquierda. Hoy estas tesis son las que mantiene la derecha.” Además la derecha es variada, si se piensa en las posiciones en su seno respecto de la inmigración, los gastos de defensa, el rescate de Wall Street, la fiscalidad, la supervisión del Estado de la vida económica, etc.

La clarificación que Lilla propone del pensamiento de la derecha descansa en la selección de lo que puede ser su veta o elemento característico. Se trata entonces de situar el pensamiento analizado o bien en el eje liberalismo conservadurismo o en el eje reaccionario revolucionario. La contraposición entre el liberalismo y el conservadurismo, aunque erróneamente se puedan utilizar estos términos como categorías sinónimas, apunta a una distinción crucial sobre la naturaleza de los seres humanos y su relación con la sociedad. Como explicó Burke, sin duda el conservador paradigmático, la sociedad es anterior y más importante que el individuo, nos precede necesariamente y con ella tenemos obligaciones superiores a nuestros derechos. En cambio John Stuart Mill, por citar a un liberal emblemático, dio a los individuos prioridad sobre la sociedad en términos tanto antropológicos como morales. Los liberales asumen que las sociedades son genuinamente producto de la libertad humana y que “sea lo que sea lo que heredemos de ellas siempre puede deshacerse o rehacerse a través de la intervención de los hombres”.

La contraposición en el seno del otro eje entre revolucionarios y reaccionarios se sitúa en relación con la historia y en concreto con el significado a acordar a la liquidación del antiguo régimen, que los revolucionarios consideran el comienzo de un proceso imparable de autodeterminación de la humanidad, y los reaccionarios identifican con el retroceso y la depravación social y moral. Entre los que niegan el orden postrevolucionario están los reaccionarios restauradores que sueñan con la recuperación de las instituciones religiosas, sociales y políticas del antiguo régimen y los reaccionarios redentores que creen que la revolución es como si dijésemos un hecho consumado y que no hay vuelta atrás. No son por tanto pesimistas o no lo son enteramente. Piensan, es el caso de Joseph de Maistre o los fascistas, que la única respuesta sensata a un Apocalipsis es provocar otro con la esperanza de comenzar de nuevo.

En el pensamiento de derechas americano, como cobertura ideológica de los republicanos, Lilla cree que predomina el liberalismo sobre el conservadurismo. Entre sus autores de cabecera muchos republicanos preferirán a Tocqueville antes que a Burke, T.S.Eliot o Michael Oakeshott. Incluso en aquellos, como el congresista Ron Paul, que defienden un Estado mínimo y una economía desregulada su “libertarismo es realmente una mutación del primer liberalismo, no del conservadurismo”.

Hay algo de reaccionarismo restaurador en algunas actitudes de la derecha en relación, especialmente, con la política exterior. Pero lo que es preocupante para Lilla en el actual pensamiento republicano son los cada vez más numerosos creyentes del reaccionarismo redentor o apocalíptico, que se posicionan frente a la revolución de los sesenta, “que desestabilizó la familia, popularizó el uso de la droga, difundió la pornografía y estimuló el incivismo”.

Se trata de ideólogos que denuncian el activismo judicial que supuestamente han establecido unos tribunales independientes de toda moralidad asumiendo el gobierno de la comunidad que ya no descansa en el consentimiento de los gobernados, de manera que queda justificada la desobediencia civil y aun la revolución. Estaríamos, según el análisis de Lilla, ante un pensamiento destructivo y apocalíptico que no puede reclamarse de pensadores liberales o conservadores. Los mentores ideológicos de este republicanismo creciente, hablan como el personaje Naphta de Thomas Mann de la Montaña Mágica, de la necesidad de un periodo de crueldad y limpieza después del cual sobrevendrá la ignorancia original y se establecerán nuevas formas de autoridad.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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