¿Debemos tener paciencia con Rajoy?
José Antonio Sentís
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directorgeneralelimparciales/15/15/27
miércoles 04 de enero de 2012, 21:18h
En una ya larga época de liderazgos mediáticos, de dirigentes construidos alrededor de su imagen pública, Rajoy es un bicho raro. Eso era bastante sabido, pero ahora parece claramente confirmado. No se diferencia demasiado en esto, siendo personalidades distintas, de su antecesor Aznar, que tampoco vivió obsesionado por la opinión pública, ni por los medios de comunicación que la canalizan.
Rajoy parece concentrarse en su misión profesional, antes como político de la oposición o candidato, y ahora como presidente del Gobierno, y dedica el mínimo de minutos posibles, tendiendo a cero, a ponerse en el atril para explicar o explicarse. Es cierto que Rajoy tiene intérpretes sobre la acción del Gobierno, principalmente la vicepresidenta Sáenz de Santamaría. Pero también ésta, de cuya solvencia profesional pocos dudan, también es un significado epígono de Rajoy. Dice lo que tiene que decir, de forma documentada y contundente, pero tampoco se dedica a poner vaselina en el terreno de los medios. Ambos han arrancado su ejecutoria gubernamental con el síndrome de “tenemos una misión”, que aunque ahora no se entienda, ya se agradecerá.
Por parte de este articulista, mi confianza en el nuevo equipo de Gobierno es mucho mayor que mi desconfianza. Pero también he de reconocer que eso es un simple acto de fe, basado en trayectorias anteriores y no en el Boletín Oficial del Estado de esta actual fecha. Pues, por ejemplo, estoy convencido de que no se puede analizar la primera y dramática medida de la subida de impuestos directos a las clases medias y medias altas en solitario, sin contrapesarlas con las posteriores medidas que vendrán. Pero reconozco que es difícil hacerlo en tanto que estas medidas por venir no se conozcan.
A alguien dedicado a la comunicación le resulta chocante que a nadie del Gobierno se le hubiera ocurrido preparar a la opinión pública, aunque fuera de forma difusa, sobre la posibilidad de un hachazo en el IRPF. No hubiera costado demasiado dejar caer, desde la investidura hasta el pasado viernes, que ésa era una posibilidad en estudio, como también se mencionaron otras que no se han ejecutado, al menos aún, como la subida del IVA o el copago sanitario.
La consecuencia de no hacerlo ha sido la acusación universal a Rajoy de mentir sobre sus intenciones. Lo que puede ser injusto, puesto que tal vez se haya encontrado elementos sobrevenidos o urgencias insoslayables que le hayan obligado extraordinariamente a saltarse los principios programáticos e ideológicos sostenidos durante muchos años. Pero la realidad ha sido que a los principales sustendores ideológicos de la derecha española se han quedado con cara de tontos y han cargado inmisericordemente contra el líder del PP.
Esto está en el debate de hoy, aunque quizá se pueda olvidar mañana, si en algún tiempo, no menos de dos años según parece, Rajoy tiene éxito. Pero su apuesta ha sido muy fuerte, porque no ha arrancado sugiriendo empatía, sino sólo proponiendo eficacia.
Y ahí está la cuestión. La crisis española es de tal magnitud que requiere soluciones y no mimos. Pero también es cierto que una parte de la salida puede derivarse de un voto de confianza a la dirección política. Es, por tanto, hora de correctas medidas, duras o blandas, obligadas o voluntarias, pero también de liderazgo.
El nuevo Gobierno puede tener los mejores opositores, los mejores letrados y los mejores técnicos de la Administración. Pero también necesita buenos psicológos y buenos comunicadores. Necesita admiración en el exterior, pero también simpatía en el interior.
Es muy injusto que Rajoy no haya tenido margen de maniobra ni periodo de gracia, pero eso es lo que hay, porque la urgencia que se le pide es la que se siente. Y, además, no se trata de solicitar milagros, sino simplemente aclaraciones, o peticiones de disculpas si se han transgredido principios reiteradamente enunciados.
Algo bueno tiene esta situación gubernamental. Ha hecho tragar tanta cicuta al electorado del PP (y a sus simpatizantes mediáticos) que otros interlocutores sociales no pueden esperar tampoco demasiada piedad. Me refiero, por ejemplo, a los sindicatos, que poco podrán protestar por la reforma laboral que les llegue, porque no será peor que lo que ha sufrido el votante medio del PP. O el sector financiero, que lo quiera o no tendrá que readaptarse internamente (fusiones, control de activos tóxicos) y externameente (liberación de crédito).
Y eso, sin contar con una gran esperanza. Que, a partir de ahora, las siguientes medidas de Rajoy se dirijan a incentivar la creación de empleo con medidas de apoyo a las pequeñas empresas y a los autónomos, porque ello es tan necesario como el taponamiento de la herida del déficit y el control de la deuda, que es por donde Rajoy ha empezado de forma especialmente abrupta.
Rajoy no lo iba a tener fácil, porque el Gobierno socialista ha dejado a España como un erial. Pero tal vez él o alguien de su entorno termine por percibir que la sociedad española necesita una referencia política que no sea un titular sobre Urdangarín.
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Director general de EL IMPARCIAL.
JOSÉ A. SENTÍS es director Adjunto de EL IMPARCIAL
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