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María Estuardo como ejemplo

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 13 de enero de 2012, 21:24h
Aunque la reina María Estuardo, esté enterrada en Westminster, todos los ingleses y escoceses saben que la Reina de Escocia fue puta y asesina. Si Arthur Miller hubiera sido contemporáneo de la hija de María de Guisa hubiera compuesto otro Panorama desde el Puente en que enseñase cómo una hembra sabe traer con sus encantos a su víctima ( Darnley, convaleciente de una viruela que había desfigurado su rostro ) desde su refugio seguro ( el castillo de su padre en Glasgow ) a su matadero ( la casa solitaria de Kirk o´Field, a pocas leguas de Holyrood ). Como María tenía que matar a su atolondrado y joven marido, Rey morganático, para subir al altar a su amante Bothwell, un militarote despiadado, prefiguración de un dictador militar, tenía que atraerlo a “su reino”, sacando al que ante todos los súbditos había despreciado y ofendido como una vulgar “putana” de la tutela amorosa del padre, tutelado a su vez por la Reina Tudor, Isabel de Inglaterra, para poder matarlo con mayor tranquilidad en sus dominios más seguros. Nos llama la atención que tan interesante episodio histórico no subiesen al escenario ni Christopher Marlowe ni William Shakespeare, los dos dramaturgos más grandes de la época isabelina. Si bien Stefan Zweig considera que Shakespeare utilizó el crimen despiadado de María Estuardo para construir el personaje de Lady Macbeth. Porque lo curioso del caso, lo que le hace teatral, no es la tragedia doméstica, la tragedia de la Casa Real de los Estuardo, sino el hecho de que como todos los escoceses conocían a su reina, todos los escoceses sabían que había traído al Rey y padre del futuro rey de Inglaterra para matarlo. Y, sin embargo, ¿por qué el atolondrado rey, la víctima, fue el único que parecía no saberlo? ¿Por qué fue el único en no percatarse de la trampa mortal que le tenían preparada en el corazón de Escocia? ¿Por qué no oyó a su padre, el Earl of Lennox, que olía a mil leguas el hedor de inmoralidad que salía de la corte escocesa y que tenía bien calada a la Reina? En contra de la voluntad del padre este rey guapo, alto y de hermosos ojos azules, se deja sacar de su seguro castillo en un carro de adrales, con el rostro cubierto con un fino paño a fin de que nadie advirtiera lo desfigurado que está. Acaso sólo haya en toda Escocia una única persona que crea sinceramente en la transformación angelical del ánimo diabólico de la Reina: Darnley, el desdichado esposo. Al asesinato del rey, estrangulado primero y luego reventado por una bomba de pólvora esparcida por todas las habitaciones del castillo, una vez sacada la imponente cama matrimonial para poder holgar ahora la reina con Bothwell, un torpor paralizante se extendió por toda Escocia. Como todos sabían quién era la asesina ningún juez inició una instrucción. Todos los escoceses, silenciosos y marrajos esperaban, en las sombras, el posterior desarrollo de los acontecimientos. Se enterró al rey sin cortejo fúnebre, más como un condenado que como una víctima.

María Estuardo, Bothwell y los lores quieren que todo el tenebroso affaire quede encerrado bajo la tapa del féretro. Mas para que Isabel Tudor no se ponga importuna sobre si no se ha hecho nada para el descubrimiento del asesinato de su querido primor Darnley, Bothwell ordena una investigación aparente y promete dos mil libras escocesas a quien pueda dar el nombre del culpable. Dos mil libras escocesas son desde luego una suma muy respetable para cualquier ciudadano de Edimburgo, por rico que sea, pero todo el mundo sabe que si alguien comienza a hablar, en vez de las dos mil libras en su bolsillo, se encontraría al instante con un puñal entre las costillas.

Ahora bien, si toda Escocia guarda silencio, y los magistrados se han vuelto ciegos y sordos, en las Cortes de Londres, de París y de Madrid no se acepta, en modo alguno, con tal indiferencia tan espantable suceso. Por toda Europa está aceptado que Bothwell es el asesino y María Estuardo su cómplice y compañera de lecho: hasta el mismo Papa y su legado se expresan en irritados términos acerca de la desvergonzada reina.

Lennox, el padre de Darnley, acusa abiertamente a Bothwell como el asesino del monarca, y bajo la protección de la Reina Isabel, abre un juicio contra Bothwell. También Catalina de Médicis, la Reina de Francia y ex-suegra de María Estuardo, considera a la Reina de Escocia como una “putana”. Pero Bothwell sabe que quien tiene el poder tiene también el derecho; toma con diez mil hombres Edimburgo, lugar del juicio iniciado por Lennox contra él, y la pertrecha como para una batalla, y establece un legal señorío de terror en Edimburgo. Viendo la Reina de Inglaterra que pueden matar al viejo Lennox durante el juicio, escribe una carta a María Estuardo: “El proceder así sería motivo suficiente para arrebataros vuestra dignidad de princesa y entregaros al desprecio del populacho. Antes de que tal cosa os sobreviniera, preferiría yo desearos una honrosa sepultura en vez de una vida sin honor”. Isabel desaconseja al viejo Lennox entrar en Edimburgo, y Bothwell, rodeado de cuatro mil escoltas armados hasta los dientes, entra en el Tribunal, y los pares declaran, por unanimidad, libre a Bothwell de “any art and part of the said slaughter of the King”. La farsa termina.

Pero la verdad se abre paso, y Bothwell y su amante, tras un matrimonio infame, son derrotados ante el pueblo de Escocia a causa de la deserción masiva de las tropas reales, asqueadas ante un comportamiento tan poco regio de sus reyes. Presa la reina por los lores, las mujeres de Edimburgo pretenden quemarla por “whore” and “killer”, y en su persona se plantea antes de tiempo un problema de nueva especie, directamente revolucionario y de incalculables perspectivas: ¿qué debe ocurrirle a un monarca que se coloca en violenta oposición contra su pueblo y demuestra ser indigno de la corona? Todavía no se concede a la voluntad popular ningún derecho de protesta o censura contra la soberana; toda jurisdicción terminaba antes las gradas del trono. Todavía el rey no se encuentra dentro del ámbito del derecho civil, sino fuera y por encima de él. Ungido por Dios, lo mismo que el sacerdote, no le es lícito renunciar a su cargo ni hacer donación de él. A nadie le es dado privar de su dignidad a un ungido de Dios y, en el sentido de la política europea del siglo XVI, antes se le puede quitar a un soberano la vida que la corona. Todas las cortes europeas de entonces defienden la inviolabilidad de los derechos de la reina adúltera y asesina y amenazan a los lores: ¿Dónde se halla en las Sagradas Escrituras un pasaje que permita a los súbditos deponer a sus príncipes? ¿En qué monarquía cristiana hay ninguna ley escrita a consecuencia de la cual puedan los súbditos atentar contra las personas de sus príncipes, reducirlos a prisión o citarlos ante un tribunal? Como, según la ley de Dios, ellos son los súbditos y ella la soberana, no les es lícito forzarla a responder a las acusaciones que ellos formulen, pues no es propio de la Naturaleza el que la cabeza esté sometida a los pies. Así hablaban entonces todas las cortes europeas en este caso.

¿Existe hoy algún español cuya situación sea muy parecida a la del guapo, alto, delicado, bien parecido y de ojos azules Darnley? ¿Y existe otro con cuerpo de príncipe semejante, pero de alma facinerosa y desaprensiva, como la de Bothwell? La Historia contemporánea nos lo dirá.

Siempre que los príncipes olvidan que en su caso los imperativos hipotéticos son también imperativos categóricos fracasan como príncipes haciendo daño a su pueblo y a ellos mismos. De todos modos nuestra monarquía tiene suerte: gracias a Zapatero vivimos en un país corrompido hasta el punto de no poseer ni gota de sensibilidad moral.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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