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CRÍTICA DE CINE

Silencio en la nieve: la venganza se sirve fría

sábado 21 de enero de 2012, 20:26h


Basada en la novela del escritor Ignacio del Valle titulada “El tiempo de los emperadores extraños”, ganadora en Toulouse del Premio Violeta Negra, la cinta recién estrenada narra la intriga surgida a raíz de la aparición de varios soldados asesinados en el seno de la División Azul, desplegada en 1944 para combatir junto a las tropas nazis en el duro frente ruso, a las puertas de Stalingrado. Uno de esos 18.000 hombres enviados por el régimen franquista a Rusia es un asesino y sus víctimas también forman parte de las filas. Lo mismo, por otra parte, que los investigadores: Arturo Andrade, un soldado raso y antiguo inspector de policía, a quien da vida un hierático Juan Diego Botto, y a quien acompaña Carmelo Gómez con su personaje, el Sargento Estrada, mucho menos serio y solemne que el primero, pero igual de convincente. Ambos consiguen crear esa camaradería que une a unos personajes muy distintos entre sí, pero a la vez con un código de principios que les acerca mucho en su proceder. Son ellos quienes, al inicio de la acción y en una de las imágenes más impactantes de todo el escenario helado en el que se desarrolla la cinta, - la aparición del primer cadáver entre decenas de caballos sepultados casi por completo por el hielo - se dan cuenta de que aquello no es una muerte causada por el enemigo ruso ni por el implacable frío.

El cuello rajado, la ausencia de sangre en el lugar en el que ha aparecido y la frase “Mira que te mira Dios” tallada a cuchillo en el pecho del cadáver son los irrefutables indicios de que entre ellos mora un asesino. El pasado de inspector de policía de Andrade sirve para colocarle al mando de una investigación que desde el principio no parece sencilla y que enseguida se complica aún más, cuando aparece un segundo hombre asesinado con otra estrofa de una canción infantil escrita en el pecho, igual que en la primera ocasión. Y si la investigación de unos asesinatos en serie nunca es fácil, mucho menos si la misma tiene lugar en una situación tan complicada y caótica como es el frente en cualquier guerra. Andrade y Estrada tienen que enfrentarse a todo tipo de obstáculos para obtener información y, a pesar de que el guión de Nicolás Saad no es tan redondo y constante como se podría desear, la cinta consigue mantener la intriga, más o menos, durante todo el metraje. Otra de las escenas rodada con acierto por la cámara de Herrero es, sin duda, aquella en la que los investigadores logran introducirse en una timba de ruleta rusa para seguir una de las escasas pistas que han podido reunir hasta el momento. La escena resulta impecable y todas las interpretaciones, absolutamente creíbles y medidas en su intensidad, creando una atmósfera muy cercana a la que inundaría nuestra imaginación a la hora de pensar en un juego tan dramático y desapegado a la propia vida.

La guerra, tantas veces utilizada como protagonista o como telón de fondo en nuestro cine, juega aquí un papel diferente tanto por su ubicación temporal y espacial, como por su perfil. Por una parte, hablamos de españoles en una guerra distinta de la civil y, por otra, se recupera la historia de uno de los capítulos más desconocidos de nuestra intervención militar en conflictos exteriores, el de la División Azul en el durísimo frente ruso. En todo caso, la guerra no es el motor de la historia y el propio director madrileño ha asegurado que una de sus principales preocupaciones era que el público pudiera percibir que se trata de una película bélica, porque no lo es. Silencio en la nieve es un thriller, además, de corte clásico y su apuesta por una imagen estilizada, rodada en las nevadas tierras de Lituania, servirá para que la cinta funcione visualmente bien tanto dentro como fuera de nuestras fronteras con independencia del indudable interés que demuestra la historia.
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