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CRÍTICA

Tariq Ali y Oliver Stone: La historia oculta de los Estados Unidos

domingo 22 de enero de 2012, 13:48h
Tariq Ali y Oliver Stone: La historia oculta de los Estados Unidos. Traducción de Efrén del Valle. Pasado y Presente. Barcelona, 2011. 160 páginas. 19 €
El escritor británico-pakistaní Tariq Ali y el cineasta americano Oliver Stone tienen al menos dos cosas en común: aborrecen a los Estados Unidos de América y profesan una tierna afección por sátrapas antiguos y modernos. Esa coincidencia de gustos y disgustos les ha llevado a colaborar en dos proyectos para el cine y para la televisión de los que el libro que nos ocupa es un producto lateral. En ambos el pakistaní es el guionista principal y Stone el director. Se titula uno The secret History of the United States y, sin fecha todavía para su terminación, debería convertirse en una serie de diez capítulos para la televisión y el otro, South of the border, una película en la que Stone, sobre el guión de Ali, entrevista a los presidente latinoamericanos que suelen situarse en el seguimiento del “bolivarismo” del venezolano Chávez. En los momentos en que estas líneas son escritas no ha sido todavía estrenado el documental aunque sea fácilmente presumible su contenido y mensaje: “yankee go home”, viva Chávez y compañía. No hace mucho tiempo Stone, por lo demás buen director de cine –no en vano tiene en su vitrina dos Oscar a la mejor película, concedidos por Platoon (1986) y por Born on the fourth of July (1989)- realizó un documental hagiográfico sobre Fidel Castro. Lo tituló Comandante y es una pieza de propaganda en loor del dictador cubano.

El título La historia oculta de los Estados Unidos –traducción ligeramente desviada del original Untold History, la historia no contada: siempre hay urgencias comerciales a las que atender- no corresponde al contenido del breve opúsculo de apenas 150 páginas, índice onomástico incluido, que recoge una larga conversación de Stone con Ali, en la que aquel hace simplemente de entrevistador para que el pakistaní se explaye a gusto, exponiendo sus teorías sobre la historia contemporánea de la humanidad. Tan portentoso intento tiene un permanente trasfondo que como leitmotiv inspira preguntas y respuestas: todo lo malo que le ha podido ocurrir al mundo mundial en los últimos cien años se debe a la maldad intrínseca del imperio americano, heredero a su vez del maligno imperio colonial británico y de otras manifestaciones similares, todos ellos dedicados en exclusiva –la lectura de Marx no puede ser mas ortodoxa- a la explotación sistemática y sangrienta de pueblos y clases sociales en beneficio exclusivo del capitalismo monopolista de origen occidental. En la narrativa no caben matices ni distingos, en una igualación universal de la maldad que pone a la misma altura a Leopoldo II de Bélgica –el monstruo que inspiró a Joseph Conrad El corazón de las tinieblas – con Wilson, Roosevelt, Johnson, Nixon o Bush, a los que por contagio se añade a Churchill. Solo se salva John F. Kennedy quien, según Ali, fue asesinado porque quería retirar las tropas de Vietnam. Lo cual es un nuevo giro de tuerca a las teorías conspiratorias sobre el asesinato del joven presidente, incluso yendo mucho mas allá de las que ya incluía Stone en su tan entretenido como inexacto JFK.

Tariq Ali y Oliver Stone pescan sin recato en el río revuelto y sobradamente conocido de las diversas alternativas aplicadas a la evolución de los acontecimientos históricos recientes de manera que no añaden nada nuevo a su pretenciosa conversación de café. Pero es tal su obsesión por cargar las tintas en el lado de las responsabilidades norteamericanas que los dedos se les hacen huéspedes en la búsqueda de los culpables de ese origen y nacionalidad: fue Wilson el que inventó a Hitler al imponer el Tratado de Versalles; fue Roosevelt el que propició la agresión japonesa a Pearl Harbor para justificar la entrada en la II Guerra Mundial; fueron las sanciones contra Irak patrocinadas por los americanos los que produjeron la muerte de medio millón de niños iraquíes; las aportaciones americanas a la reconstrucción post bélica estaban solo justificadas en el temor al comunismo –entendiéndose tal temor como algo negativo e indebido-; los americanos no se habrían atrevido a utilizar el arma atómica contra gente de raza blanca. A ratos es tal la desmesura de Ali en sus contestaciones que el propio Stone, dotado de menos labia pero seguramente de más realismo, se atreve a poner en duda sus afirmaciones. Así, cuando Ali insinúa que la construcción del muro de Berlín no fue culpa de los rusos -navegando en la bien conocida teoría soviética, en aquellos años amorosamente acogida por la socialdemocracia, que en ciertos estadios de la construcción del socialismo es necesario crear barreras para que la gente no se vaya-. O cuando el pakistaní, llevado de un entusiasmo redentor, propone una cooperación estrecha entre japoneses, chinos y coreanos, y el americano tímidamente le recuerda que los japoneses dejaron por las tierras de los vecinos una amarga historia de fechorías. En esa perspectiva, los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 contra los Estados Unidos son una represalia, que se insinúa justificada, ante los desmanes americanos en el mundo. Aunque nada pueda compararse a lo que piensa Ali sobre el Holocausto: “Fue la civilización capitalista europea la responsable última de la muerte de seis millones de judíos”. (pág. 111).

Se queja Ali, y asiente Stone, de las pocas posibilidades históricas que ha tenido el socialismo. Este librito sería prueba de que sobran incluso las que llegó a conocer. Una más y no lo contaríamos.


Por Javier Rupérez

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