www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Hockney contra Hirst: duelo de artistas

sábado 28 de enero de 2012, 20:50h
Hoy voy hablarles de dos artistas británicos, David Hockney y Damien Hirst. El primero, de setenta y cuatro años, destacada figura del pop art, inauguró hace unos días una exposición de sus obras en Londres. La cosa no tendría nada de particular si no fuera porque el cartel que anuncia el evento contiene una declaración del autor garantizando que los trabajos exhibidos son, sin excepción, obra personal suya. No hay que ser un águila para colegir que la maliciosa frase va dirigida contra alguien, aunque hay que estar en el ajo para saber que el destinatario se llama Damien Hirst, quizás el miembro más famoso del grupo conocido como Young British Artist.

Hirst es el artista vivo más cotizado del mundo y probablemente el más rico. Amasar una fortuna encabezando una corriente fundada en la transgresión es una de esas cosas raras que tiene la sociedad contemporánea. Por supuesto, nada de esto hubiera sido posible sin un magistral sentido de la provocación. El éxito exige hoy a partes iguales llamar la atención del público y saber promocionarse. Ambas cosas resultan más meritorias de lo que la mayoría de la gente supone. Piensen que al grupo de jóvenes artistas británicos –ya no tan jóvenes, pues casi todos rondan los cincuenta- pertenecen figuras tan avispadas como Tracey Emin, creadora que se consagró en el mundo de la vanguardia gracias a una carpa en la que anotó el nombre de todas las personas con las que se había acostado durante los últimos treinta y dos años –la lista de Leporello protagonizada por él mismo- y que su obra más famosa es una cama llena de porquerías y restos de fluidos corporales. Competir con estas genialidades abracadabrantes es difícil, máxime cuando van dirigidas a un público sofisticado –marchantes, galeristas, nuevos ricos, concejales de cultura- espíritus libres que conocen a Husserl, padre de la fenomenología, y han comprendido perfectamente que aquello con lo que nos conformamos es la medida de lo que hemos perdido.

Hirst no ha respondido a la embestida de Hockney. Un sujeto como él, que profesó el punk y atracó almacenes cuando era muchacho, sabe mejor que nadie que la única manera de responder a una provocación es no responder a ella. De algo ha tenido que servirle también su experiencia como empleado de una morgue en la lejana época en que tenía que trabajar para pagarse los estudios de arte. Aunque su afición juvenil a las drogas y sus conductas subversivas –una vez se puso un cigarrillo en la punta del pene delante de los periodistas, no me pregunten para qué- son agua pasada, los animales disecados o diseccionados conservados en formol que lo han hecho multimillonario no se comprenden sin esa profunda familiaridad con la muerte. E igual podría decirse de su reciente afición por las calaveras: calaveras policromadas, calaveras decoradas con diamantes, calaveras de niños, todas tétricamente caras, cotizadísimas. Claro que la calavera, en nuestra denostada tradición, es el símbolo del arrepentimiento y, según sus biógrafos, Hirst ha cambiado mucho desde que esa misma muerte que tanto cultiva le sustrajo por las bravas a un antiguo amigo. Ahora, convertido en la Magdalena de la vanguardia, dedica parte de su formidable fortuna a labores filantrópicas y se interesa cada vez por el misterio del cristianismo.

Hockney, irritado por el místico silencio de su colega, no ha cejado, sin embargo, en su empeño. En una entrevista radiofónica admitió abiertamente que el cartel de su exposición era un insulto dirigido a los artesanos, es decir, a todos esos que pasan por artistas sin serlo, y por si había alguna duda, incluyó entre ellos a Hirst, quien reconoció en efecto hace cinco años que empleaba ayudantes para realizar el trabajo rutinario. ¿Acaso no hacían algo muy parecido los grandes maestros de la tradición?

Pero no es lo mismo. Hockney tiene claro que una cosa es contar con ayudantes que preparen el lienzo, coloreen una nube o enmarquen el cuadro y otra diferente que el maestro sólo se acerque a la obra para firmarla. Si todo se reduce a esto, si la firma resulta a la postre la quintaesencia del arte, entonces ya no queda más que hacer. “Allí donde no existen los dioses –escribió Novalis- reinan los fantasmas”. ¿Serán eso nuestros artistas, fantasmas? Un día, en un bar, Picasso dibujó algo en una servilleta y se lo regaló a la dama que lo acompañaba. Ella le pidió que lo firmara, más el pintor se negó alegando que si lo hacía el dibujo dejaría de ser un dibujo para convertirse en un montón de dinero. Orson Welles denunció todo esto en Fraude, un film que debería ser obligatorio en las facultades de bellas artes. Lamentablemente, tanto la gazmoñería vanguardista como los intereses que la alimentan siguen ejerciendo una honda influencia en nuestro mundo. Hockney, a pesar de que le ha ido bien, no lo ha soportado más. Quizá esté viejo o quizá haya llegado ya la hora de que sean los propios artistas quienes sufran la maldición de todos los que han desobedecido alegremente a la divinidad: aguantar que a la caída del Sol algo les picotee el hígado.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)


Normas de uso

Esta es la opinión de los internautas, no de El Imparcial

No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.

La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.

Tu dirección de email no será publicada.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.