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RESEÑA

Carlos Abella: Las cartas del miedo

domingo 29 de enero de 2012, 16:17h
Carlos Abella: Las cartas del miedo. Eutelequia. Madrid, 2011. 360 páginas. 20 €

Es un hecho que junto a la Historia se va tejiendo la “intrahistoria”, cuyo conocimiento resulta tan imprescindible como el histórico en sentido estricto. En ello, sin duda, los novelistas desempeñan un papel determinante. Sobre todo cuando logran sumergirnos en esa “intrahistoria” a través de una trama sólidamente construida, surcada por personajes atractivos y creíbles. Y más aun todavía si entrelazan Historia e “intrahistoria” en la recreación de un momento clave del discurrir de un país. Todo ello lo consigue el economista y escritor Carlos Abella, que, tras haber dado a la imprenta varios ensayos –entre otros, Murieron tan jóvenes-, y trabajos biográficos, debuta de manera brillante en el género narrativo con Las cartas del miedo, novela ambientada en la Transición, una época que Abella ha estudiado especialmente y domina, pues no en vano es autor de una rigurosa biografía sobre Adolfo Suárez, y profesionalmente ha estado próximo a ámbitos de poder como el Palacio de la Moncloa, el Ministerio de Economía o el Banco de España.

No pocas son las virtudes de Las cartas del miedo –recientemente presentada en Madrid por Carmen Posadas-, y quizá la mayor de ellas es la de haber sabido otorgar a la obra varios niveles que satisfacen a diferentes tipos de lectores. Así, en un primer nivel, la novela puede leerse como un absorbente thriller, que comienza, como mandan los cánones, con un asesinato, en este caso, en las escaleras que desde la madrileña plaza de toros de Las Ventas conducen a la Avenida de los Toreros (guiño de Abella a su pasión por el mundo de la tauromaquia, al que ha dedicado algunos libros, y biografías de Paco Camino, Luis Miguel Dominguín y José Tomás). Testigo del crimen es el periodista Fernando del Corral, quien, a partir de ese instante, no cejará en su empeño de descubrir tanto las razones de esa muerte, que se presentan muy sinuosas, como a los culpables. Del Corral comienza así una concienzuda tarea a medio camino entre el periodismo de investigación y la labor detectivesca, en la que cabe vez se irá implicando de manera más personal.

La novela, sin embargo, no se queda ahí. Junto a Fernando del Corral, vamos acercándonos a la personalidad y trayectoria del asesinado a través de quienes le trataron y, sobre todo, mediante varias cartas que escribió y que han llegado a las manos del periodista. Sabemos así que era un exiliado republicano, el doctor Eduardo Romero, personaje que, según ha declarado el propio Carlos Abella, existió realmente. Y, también con Del Corral, nos introducimos en la Transición, en su complejo universo, con sus figuras y lugares emblemáticos, con sus Redacciones de los periódicos en plena ebullición en la larga agonía del general Franco, con su miedo y su esperanza. Un episodio esencial de la reciente Historia española: “Caminé por unas calles recién regadas, que eran la idónea metáfora del momento histórico que vivíamos. Madrid iba en busca de un nuevo día, lavando el suelo de sus calles como si limpiara su memoria.”, señala Fernando Del Corral tras salir a las tres de la madrugada del Whisky Jazz, donde, en medio de la actuación de Pedro Iturralde y Tete Montoliu, las conversaciones eran un hervidero de rumores y pronósticos.

España entera iba “en busca de un nuevo día”. Pero algunos parecían dispuestos a no cerrar definitivamente viejas heridas -como quienes al matar a Eduardo Romero le dicen: “Hemos esperado más de treinta años. Ya hemos saldado nuestra cuenta.” -, a activar oscuras y corruptas confabulaciones, y a azuzar sin tregua para que fanatismos y extremismos se hicieran fuertes sin haber aprendido que eso únicamente conduce a guerras “inciviles” como la de 1936.

Eduardo Romero se comprometió con la República, pero, al ver los desmanes en que fue cayendo –“no es eso, no es eso” que diría Ortega-, y los crímenes que se cometieron en su nombre, se pasó a la zona nacional. Sin embargo, después de la contienda fratricida se exilió, pues los vencedores parecían no olvidar su primera adscripción ideológica. Fernando del Corral descubre cómo Romero murió finalmente perseguido por las dos Españas. Esas dos Españas, de los “hunos” y los “hotros”, radicalizadas e intolerantes que solo provocaron sangrienta desolación. Las cartas del miedo nos sumerge en una etapa que merece tenerse siempre muy en cuenta, pues en ella, pese a sus sombras, esas dos Españas fueron capaces de encontrarse sin ruido y sin furia.

Adrián Sanmartín
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