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CRÍTICA

John Updike: Higher Gossip. Essays and Criticism

domingo 29 de enero de 2012, 20:26h
John Updike: Higher Gossip. Essays and Criticism. Edited by Christopher Carduff. Alfred A. Knopf. New York, 2011. 501 pages. 30, 90 €

Christopher Carduff ya se había ganado una merecida fama como editor de escritos póstumos cuando Martha Updike le confió la tarea de editar una amplia miscelánea de textos que John Updike tenía la esperanza de recopilar en un volumen hasta que un cáncer de pulmón frustró sus proyectos, falleciendo el 27 de enero de 2009. Carduff encontró el material ya muy elaborado –reflejo de la proverbial diligencia y meticulosidad de Updike-, corregido en hojas impresas de ordenador, que contenían trabajos dispersos publicados en numerosos periódicos y revistas, donde cada pieza había sido concienzudamente revisada para su recopilación en forma de libro, ampliadas con nuevas frases y párrafos o notas a pie de página. Christopher Carduff nos da el detalle de los gustos de Updike: estaban escritas a doble espacio, con el tipo de letra Georgia y cuerpo 14, para ser vistos por ojos envejecidos como los de Updike o el propio Carduff.

Como era de esperar en un autor tan prolífico, los textos abordaban los asuntos más diversos y en apariencia distantes, y el reto, plenamente superado por el editor, era conferirle una estructura y un orden que hiciese comprender la organicidad interna de un material en apariencia –solo en apariencia- tan disperso. El resultado es este Higher Gossip. Essays and Criticism recién aparecido en Nueva York, pero con una evidente resonancia internacional.

La supuesta dispersión de Updike siempre originó desconcierto. Un narrador con más de veinte novelas, que junto a Norman Mailer y Philip Roth, constituía la elite literaria estadounidense a comienzos del siglo XXI, atesorando, entre otros, dos Premios Pulitzer, el National Book Award y dos National Book Critics Circle Award, provocó una permanente extrañeza con su apasionado interés, por ejemplo, hacia temas deportivos –tales como el baloncesto o el golf-, o su abundante crítica de arte, en principio tan alejados de su tarea como novelista y poeta. Higher Gossip tiene la virtud de ofrecernos una perspectiva unificadora de esa supuesta disgregación de intereses. Su fascinación por la pintura y los problemas del arte en general representa la cuestión más inteligible. En realidad, el gran novelista norteamericano se inició como dibujante en Harvard y estudió arte en la Ruskin School of Drawing and Fine Arts, de Oxford, tras haber planeado convertirse en artista gráfico a la vez que escritor, aunque finalmente tuviera que abandonar el dibujo a favor de la escritura de ficción. Por ello, John Updike experimentaba una extraordinaria paz mental en museos y galerías de arte que causaban en él un efecto similar a la asistencia a un templo, sintiéndose especialmente atraído por artistas con mentes concentradas y desinteresadas, análogas al intelecto desprendido de los santos. Museos y galerías ejercían sobre él un efecto sacro. Sus críticas sobre pintura y estética, reunidas aquí en el extenso capítulo titulado “Gallery Tours”, poseen también el afán pedagógico de su padre profesor. Su propio estilo literario no estaba lejos, por último, de esta experiencia de la pintura, tal como señala Carduff, pues Updike coincidía con la definición que Joseph Conrad diese del impulso artístico, entendido como el propósito de hacer la más alta justicia al mundo visible. Al igual que Conrad, hizo suya esta misión en su escritura, al definir su tarea como el ejercicio del poder de la palabra escrita con el fin de hacernos sentir, hacernos oír y sobre todo hacernos ver con la máxima claridad.

Su pasión por escribir sobre el deporte, el baloncesto callejero, y muy particularmente, sobre el golf, fue considerada en más de una ocasión como una extravagancia e incluso como una aberración. El editor ha clasificado estos textos bajo el apartado de “Pet Topics”, donde la experiencia de una revelación no se produce en un lugar cerrado como es una galería de arte, sino al aire libre, en espacios tan despejados como las marismas y playas de la costa de Massachussets y sus adorados campos de golf. En realidad, el golf tenía una significación profunda para este gran retratista de la vida estadounidense. El golf era para Updike lo que el ajedrez para Nabokov. Un descanso y a la vez una disciplina, una especie de droga y de musa que estimulaba su búsqueda de la sencillez en lo complejo, el dominio de sí mismo, la perfección y la gracia. Virtudes y destrezas que se trasladan por igual a todos los ideales estilísticos de su prosa narrativa.

Estas formas indirectas de aproximarse al arte literario del creador de Harry Rabbit Angstrom están perfectamente complementadas, en Higher Gossip, con reflexiones sobre la vejez de los escritores, prefacios a sus propias obras y comentarios ensayísticos sobre autores que poseían un particular atractivo para él. Dentro de este último apartado creo que tienen un carácter revelador los ensayos recopilados bajo el significativo epígrafe de “Lives and Laurels”, donde analiza, entre otras, a figuras como Soren Kierkegaard, Francis Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway , Kurt Vonnegut o Raymond Carver. El ensayo inicial sobre el pensador danés marca la pauta de su línea de interés. Le atrae de Kierkegaard el haber nacido con la misión de ser el anti Hegel, propósito que incluye romper con el pensamiento sistemático y puramente abstracto, para descender a la meditación de la contradictoria existencia humana, lo que estimula la elaboración de paradojas –entendidas como la “crucifixión del intelecto”- y la expresión de ideas a través de breves fábulas kafkianas que aproximan con tanta frecuencia a Kierkegaard al ámbito de la pura ficción. Cualidades, por cierto, que Updike podría haber disfrutado por igual en un pensador como Montaigne, donde hallamos la misma fragmentación, igual apego a la existencia concreta e idéntica propensión a comunicar paradojas del pensamiento mediante fábulas. Pero si Updike se interesa por Kierkegaard en vez –por ejemplo- Montaigne, es porque mucho más que esas fórmulas de pensar, le atrae esa personalidad del autor que queda impresa como una huella imborrable en el estilo de su escritura.

A John Updike no le conmueve la imagen de mártir teológico que el filósofo danés construyó de sí mismo –quizá por considerarla artificiosa-, sino su voz de amante que reclama una devoción amorosa. Muy sagazmente Updike apunta cómo la producción de Kierkegaard se desborda tras la ruptura con su novia, después de haber rechazado el matrimonio, y cómo esa escritura contiene el tono y las estratagemas de los amantes. Updike se desvía así del pensamiento existencialista de Kierkegaard y elude comentar sus conceptos porque, para él, el filósofo ante todo es “un hombre encarnado en sus libros, un nudo humano que se niega a ser descifrado, una voz pidiendo ser amado.” Estamos, pues, ante un ejemplo perfecto de práctica concreta de un humanismo existencialista eminentemente interesado por el perfil de una vida humana concreta, singular e irrepetible, intuida a través de su escritura.

No debe extrañar por ello que su aproximación a Francis Scott Fitzgerald se realice a través de un cuento concreto: “Babylon Revisited”, ya que este relato procedía de un episodio sumamente doloroso en la vida personal de Fitzgerald y tocaba algunos de los puntos más tortuosos de su carácter. “Babylon Revisited”, publicado por primera vez en 1931 en el Saturday Evening Post – y que daría lugar al filme The Last Time I Saw Paris (La última vez que vi París), de Richard Brooks-, recrea el episodio en que el novelista de la “Era del jazz”, tras el crash del mercado de valores en 1929, alcoholizado y con su esposa recluida en un sanatorio psiquiátrico, intenta hacerse cargo de la custodia de su hija Scottie. En el relato, Charlie Gales vuelve a Europa en la década de los años treinta para retomar la tutela de su hija. Gales ha adquirido conciencia de su responsabilidad en el despilfarro, falta de autocontrol y brutal alcoholismo al que se abandonó durante la época de riqueza en la década anterior, como si la fiesta no tuviera fecha de caducidad. En el bar del Hotel Ritz de París encuentra el sosiego para recapacitar con tranquilidad sobre esa furia pasada y trazar un plan de futuro lógico y viable. Durante sus gestiones, Charlie Gales retorna, sin embargo, a las peores facetas de su personalidad torturada y al laberinto salvaje de una conducta marcada por la bebida compulsiva, que ahora se ve agravada por un entorno de pobreza. Los proyectos trazados se derrumban estruendosamente. John Updike señala cómo Fitzgerald corrige aquí las observaciones de Henry James sobre la ingenuidad y vulnerable inocencia norteamericana en el extranjero, añadiendo su capacidad de corrupción y desesperación, experimentadas en términos personales.

Updike podría haber agregado que “Babylon Revisited” era también una réplica anticipada en más de treinta años a A Moveable Feast (París era una fiesta) y una impugnación por adelantado de la caricatura burlesca que Hemingway trazó en esas memorias sobre la figura de Fitzgerald. También, el relato era una prefiguración del derrumbe irreversible del autor de This Side of Paradise (A este lado del paraíso) o Tender Is the Night (Suave es la noche). Pero John Updike se aleja aquí del chisme biográfico para explorar el proceso estético del novelista de la “Generación perdida”, que absorbe los ejemplos narrativos europeos de Conrad y Turgenev, de Tolstoi y Proust, para expresar con mayor nitidez la vida norteamericana, la suya y la de su entorno. La prueba de su éxito estaría en que Fizgerald realiza una experimentación sin rasgos extravagantes, dotada de una naturalidad que a diferencia -pongamos por caso- de William Faulkner, es muy difícil de imitar o de parodiar.

Esto nos aproxima al ideal estilístico admirado por John Updike, donde el esfuerzo creativo no tiene resultados estridentes sino una refinada y reflexiva naturalidad que tiende a la economía de medios. Ese laconismo, sin ser exactamente el suyo -pues él se muestra mucho más incisivo y satírico-, es el que elogia en su ensayo sobre Ernest Hemingway considerándolo, en una brillante apreciación, como el producto de un “hedonismo estoico”. Esta operación que trasmuta el barro de la existencia en estilos concisos y limpios de una exquisita llaneza, creo que es lo que subyace en su valoración no solo de Hemingway, sino también de Kurt Vonnegut y Raymond Carver. En todos ellos estima lo que denomina “el sentido trágico de la brevedad”. Del universo atroz, repleto de crueldad e indiferencia, propio de los relatos apocalípticos de Vonnegut, Updike resalta la belleza surrealista de sus imágenes y -de nuevo- el laconismo de sus párrafos y frases cortas. Kurt Vonnegut, que había sido capturado en la Segunda Guerra Mundial por el ejército alemán tras la derrota de la batalla de las Ardenas y recluido junto a otros prisioneros en el Matadero de Dresde, uno de los pocos lugares que quedaron a salvo tras el bombardeo aliado de febrero de 1945, lo que le obligó a colaborar en recoger los restos de los cadáveres de la población convertidos en pequeños y ridículos despojos, ennegrecidos como trozos de leña carbonizada, representa un caso eminente de salto de la atrocidad de la vida a esa siniestra belleza civilizadora que Updike tanto admira y exalta.

El paso del barro de la vida a los laureles estaría así, en Vonnegut, plenamente justificado, de forma análoga a lo ocurrido con Raymond Carver, aunque en circunstancias diferentes. Ahora no estamos ante la barbarie de la guerra. La arcilla con que trabaja Carver proviene de la existencia más modesta de la vida norteamericana, en el umbral de la pobreza y lejos de cualquier aspiración más allá de la supervivencia diaria, lo que genera la tristeza característica de Carver en esos personajes que repentinamente se encuentran de rodillas ante la vida, tan incapaces de despertarse por completo como incapaces de dormir. Updike admira, de nuevo, el estoicismo del escritor frente a sus heridas, capaz de reelaborarlas con un estilo veraz y sucinto, tras el cual la brutalidad de las llagas puede contemplarse con la nitidez y la calma que pudieran producir en nuestra mente piezas de porcelana perfectas. No porque la escritura de Carver, de Vonnegut, de Hemingway o de Fitzgerald sea primorosa, sino porque supera estoicamente el dolor gracias a una belleza estética compleja pero de apariencia sencilla y humilde.

Con todas las grandes diferencias que obviamente se pueden señalar, John Updike se está buscando a sí mismo en los rostros de esos otros escritores, indagando en por qué un autor o una galería de arte, tan profanos, provocan una impresión sagrada similar a la visita a un templo, proyectando un baño de luz y orden en un mundo humano originariamente turbio. Desde las perspectivas más inesperadas, el deporte, el golf, la pintura, la estética, la poesía, la ciencia-ficción, la filosofía o los comentarios sobre la actualidad, John Updike nos ilumina sorprendentemente, en Higher Gossip, sobre el sentido de su creación literaria y la de los narradores que más admiró.


Por Rafael Fuentes



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