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Los españoles y los extranjeros

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 03 de febrero de 2012, 20:59h
Un narrador muy introducido en los circuitos culturales anglosajones y admirado por la crítica europea resaltaba no ha mucho el retrato au noir con el que se describe hoy por la literatura de Occidente al español medio. Rasgos casi teratológicos y, desde luego, desagradables pintan la figura arquetípica del celtíbero en novelas, ensayos y artículos periodísticos del gran complejo mediático que en nuestros días conforma la comunicación y la escritura. Un mal sujeto y un individuo de poco fiar y trato reluctante, tal es la semblanza que impera en buena parte del mundo, de seguir –y no sería desaconsejable- la opinión ya expresada de los españoles que protagonizamos, a la fecha, las últimas décadas de la historia- efímera y eterna, al mismo tiempo…- Cuando nos ufanamos –no sin razón en más de un extremo- de haber construido, con creatividad y esfuerzo, uno de los momentos “dulces” de un ayer a menudo arriscado y la dirigencia gobernante presume de unas generaciones juveniles sin par en el pasado por su formación y responsabilidad, nos encontramos, ¡ay!, con tan pesarosa realidad. La imagen proyectada en el espejo del extranjero en modo alguno se corresponde con la difundida y, a las veces, trompeteada, por las instancias de poder y aun por la misma colectividad.

En otra época, se hubiese atribuido a una conjuración de fuerzas oscuras y malévolas la propagación del juicio flagelador de los descendientes hodiernos de Carlos I y Felipe II; y, en otra más remota, a la enconada persistencia de la Leyenda Negra en las esferas conformadoras de la opinión internacional. Por ventura, en las horas que corren nadie resucita tales ideas en el instante de intentar explicarse tan hosco estereotipo foráneo de los españoles, aunque tampoco, claro, se siente cómodo encarnado en él.

Las sociedades cambian y, con ellas, símbolos y representaciones; pero aquí la mudanza ha sido quizá demasiado brusca. En las letras románticas y en las realistas y naturalistas que les siguieron, nuestros antepasados –en este punto, el machismo semeja prolongarse, al hablarse entonces y ahora casi exclusivamente de varones- se ofrecían con más atractivos trazos: vitales, expansivos, acogedores, con profunda noción del “otro”; altivos y orgullosos, sí, pero a la vez igualitarios y antinarcisistas; cercanos al África, por supuesto, mas alquitara y almáciga de lo europeo… La grande y pequeña literatura generada en cifra elevada por la contienda civil de 1936 no rectificó, en líneas generales, tal cuadro; y héroes y heroínas hispanos aparecerán aquí y allá en algunas de las páginas más conocidas del periodo –Hemingway, Malraux, Claudel… Asimismo, en la postguerra mundial, en la contraposición habitual entre el régimen franquista y su pueblo, éste se dibujó con caracteres sugestivos, incluso por plumas tan sobrias como las de G. Brenan. Al retornar la democracia era, por descontado, impensable que la imagen se avinagrase con la “vuelta” a Europa y el elán cosmopolita que recorriera de nuevo la existencia del viejo país.

No obstante, fenómenos como el indicado no tienen de ordinario una etiología caprichosa. Sin duda, los éxitos alcanzados en el hiperinfluyente teatro deportivo por los equipos y atletas nacionales han reactivado parte de los atavismos de otros pueblos occidentales, según ilustra a diario la prensa más divulgada; y también probablemente otras conductas envidiables en ámbitos distintos –sin excluir, en ciertas ocasiones, el político- avivaron en etapas recientes prejuicios y recelos. Con todo, y al margen de ello, el dato es el que es, y debe de centrar parte de la atención del Estado y la sociedad españoles. No sólo ni acaso primordialmente por inversiones –la turística, en primer término- y exportaciones, sino de modo muy prioritario por imperativo de la misma condición y naturaleza de españoles. Justamente, el padre del novelista provocador de estos renglones consagró una muy extensa porción de su descollante trabajo intelectual a estudiar las causas de la vigencia y ascendencia de lo español en las civilizaciones moderna y contemporánea, con perfiles harto más positivos e irradiantes que los referidos por su hijo.

Desechemos el patriotismo de latón y guardarropía; pero sepamos valorar –sin desmesura- los aspectos positivos de nuestro pasado y quehacer presente. La crítica, incluso la más tosca, ayudará al buen fin de una labor que como la autocrítica –sin masoquismo-ha de merecer siempre en las sociedades maduras el aplauso más caluroso
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