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De dictaduras, levantamientos y transiciones en el norte de África (y III)

Víctor Morales Lezcano
domingo 05 de febrero de 2012, 21:12h
IV

UN PULSO ENTRE CIVILIZACIONES


En el intervalo de 2001-2008, la imperial policy de los Estados Unidos de América y sus aliados, abrirá en Iraq y Afganistán dos frentes de guerra que, junto con algún conflicto localizado en la Región -como el permanente entre Israel, de una parte, e Irán y Siria, de otra- han terminado por convertir la Región que nos concierne, en un teatro de pirotecnia mortífero. La administración del presidente Bush Jr. no calculó que el dictado securitario que Estados Unidos hizo suyo iba a multiplicar insólitamente los presupuestos de la nación y su consiguiente déficit crónico. Washington encontró en Iraq y Afganistán la confirmación de un debilitamiento imperial que no tienen empacho en señalar muchos “patriotas” americanos. La era del partido demócrata no empezó bajo buenos augurios en el coloso de Occidente.

Proyectemos por el momento una retrospectiva sobre el creciente clima de antagonismo entre el tándem euro-americano y los sectores “violentos” del Islam político, clima que culminó en los atentados del 11-S de 2001, y que de inmediato nos permitirá aterrizar en los primeros meses de la administración Obama.

En rigor, el panorama del Egipto surgido de los levantamientos populares de enero-febrero de 2011 ha planteado a Barack Obama un dilema agónico -entre otros varios-. Recordemos que el presidente americano proclamó en el discurso pronunciado en la Universidad de El Cairo (4 de junio de 2009) las directrices conciliadoras de una nueva orientación americana hacia el Islam, en principio, y el mundo árabe, en segundo lugar. Véanse a título comprobatorio los epígrafes del documento, y se comprobará el tenor de la propuesta de distensión entre civilizaciones que lanzó Obama en aquella solemne ocasión: “he venido hasta aquí para buscar una nueva relación entre EEUU y los musulmanes del mundo, que está basada en el interés mutuo y en el mutuo respeto; que está basada en la evidencia de que América y el Islam no se excluyen y no necesitan estar en competición. Por el contrario, coinciden y comparten principios comunes de justicia, progreso, tolerancia y dignidad de las personas”.

La tenacidad de los obstáculos, empero, suele ser de tal contumacia, que el mensaje de un presidente de los Estados Unidos que viene buscando imprimir un viraje de, al menos, 90º a su actuación exterior en el orbe árabe-islámico -luego de cumplirse el décimo aniversario del 11-S- ha sido desautorizado en buena medida por el fracaso de la propuesta que elevara hace sólo tres meses la cabeza visible de la Autoridad Palestina en la Asamblea General de las Naciones Unidas. En la ocasión, Mahmud Abbas solicitó la admisión de Palestina en calidad de estado-miembro, con pleno derecho, en el alto organismo internacional. La presión (¿u opresión?) del lobby judeo-sionista sobre la Casa Blanca fue de tal calibre, que Obama en persona hubo de recurrir a un argumentario harto trasnochado para explicar la abstención americana, e incluso el veto tentativo a la propuesta de Abbas en el seno del Consejo de Seguridad.

Si hubo contradicción flagrante entre la retórica del paternalismo republicano y el pragmatismo autoritario, cuando no militarista, de Bush Jr. en el caso de la invasión “liberadora” de Iraq en 2003 y en la cruzada anti-talibán en Afganistán, no menos flagrante ha resultado la rendición de Obama ante el muro de hierro de Netanyahu, autor -a propósito- del manifiesto que lleva por título A Place among the Nations: Israel and the World (1993). Manifiesto descarnado de la supremacía israelí en la sociedad internacional. Para millones de ciudadanos árabes lo sucedido en las Naciones Unidas ha sido un adiós a la esperanza de resolver, de acuerdo con la jurisprudencia onusina, el empedernido contencioso palestino-israelí. O sea, tal y como éste se configuró entre 1948-1967, permaneciendo congelado desde entonces hasta ahora mismo.

Sin duda alguna, la administración Obama está advertida del empuje popular que respalda en todo Egipto la Cofradía de los Hermanos Musulmanes. Así se ha comprobado en las elecciones generales que han colocado al Partido Libertad y Justicia -seguido de cerca por la opción de corte salafí-radical, La Luz-, en la cúpula del poder político cairota. El acontecimiento, en sí, no tiene por qué causar un estremecimiento internacional, como ha ocurrido en algunos sectores opináticos: siempre y cuando, eso sí, lleguen a una concordia el mariscal Tantawi (figura estelar de la Junta militar egipcia) y el cheikh Yussef al-Qardaoui (maestro de la oratoria musulmana a través de las emisiones de la cadena Al-Jazira desde Doha, Qatar)-. Complejos factores concurrentes pueden conducir, o no, al país a una guerra civil. En ambas personalidades se encarnan actualmente las dos opciones políticas relevantes en el país del Nilo. Una sabia conjunción de intereses, incluidos los del bloque liberal y laico (Wafd), coadyuvaría a que Egipto encontrase una salida esperanzadora para su sufrida población, para Israel mismo, y para Barack Obama, que persigue con denuedo su reelección a fin de año. De no ser así, el panorama que se perfilaría en el horizonte de la Región tendría de todo, salvo de ser alentador para el “sueño” árabe-islámico de tónica conciliadora con el inquilino actual de la Casa Blanca.

La pesadilla de Obama, naturalmente, es el púgil duro y telonero llamado Likud y asociados, como sabe muy bien nuestro apreciado Shlomo ben Ami. Hace unas semanas, Shlomo no ha podido sino ser implacable en su veredicto sobre el medio siglo de aprendizaje (fallido) de Estados Unidos y de su imperial policy en el Oriente musulmán: “Estados Unidos aprendió del peor modo posible que puede convivir con islamistas; al fin y al cabo deja en Bagdad un gobierno chií con sólidos lazos con Irán, y en Afganistán tuvo que involucrar a los talibanes como último recurso estratégico para salir de una guerra que no puede ganar. Ahora, los interlocutores de Occidente son la Hermandad Musulmana y los salafíes en Egipto, el partido del Renacimiento (Ennahda) en Túnez y el PJD en Marruecos” (El País, 9 de enero de 2012).

Un panorama plagado de incertidumbre en el Oriente musulmán se extiende a la vista de la Casa Blanca americana. Poco más cabe añadir sobre ello en estos momentos.

***


En lo que respecta a la Unión Europea, hoy embarcada en un viacrucis muy arduo de remontar felizmente, su posicionamiento y sensibilidad ante la supuesta “primavera árabe” podría sintetizarse con no demasiadas palabras.

El club de Bruselas y sus alones poderosos situados en Berlín-París, han causado una involución histórica al espíritu de cooperación euro-mediterráneo que dejó incubado Jacques Delors, y del que nacería un Mediterráneo solidario (en teoría). Actualmente, se ha emprendido una ruta orientada hacia un bilateralismo sistemático por parte de los actores de la Unión Europea, y de sus interlocutores magrebíes y mashriquíes, O sea, cada uno por su lado, y el santo padre en todos ellos.

Obsérvese que la transformación que ha experimentado el enfoque europeo del diálogo euro-americano evidencia su dimanación del período de crisis intensa que viene aquejando, no sólo a la eurozona, sino a la Unión Europea misma y a la filosofía originaria que sirvió de inspiración a la ruta emprendida en el Tratado de Maastricht (1992).

En puridad, todo el entramado euro-americano, en su proyección exterior hacia el norte de África y Oriente Medio, parece haber seguido un proceso homologable en ambas orillas del Atlántico.

Si en el Viejo Mundo se aplaudió en su momento la “primavera” de marras, los resultados de las elecciones que se han celebrado en Túnez, Marruecos y Egipto entre octubre-diciembre de 2011, vienen reflejando un desconcierto al tiempo que un desencanto en varios e influyentes círculos del ámbito conservador-liberal y social-demócrata europeo, así como en sus contrapartidas estadounidenses.

En efecto, haciendo virtud de necesidad, un contingente de publicaciones occidentales saludaron con salvas y vítores la caída de los dictadores en Túnez, Egipto y finalmente en Libia durante 2011. No hay sino que adentrarse en Internet para naufragar de inmediato en el piélago de la publicística que ha generado la sedicente “Primavera”. Sin embargo, había sido un secreto a voces, durante un año, que el apoyo diplomático y financiero del tándem euro-americano a los, hoy nefandos, regímenes norteafricanos formaba parte del mapa geopolítico del gran Oriente Medio concebido y acotado por los estrategas anglosajones como si de palabra de evangelio se tratara.

Con sentido de la oportunidad manifiesto, las salvas y vítores por los cambios de régimen operados en el norte de África tuvieron resonancia en Europa -más en unos países que en otros-, y en Estados Unidos, naturalmente. Ahora bien, desde el 20 de octubre hasta los últimos días de diciembre de 2011, se han celebrado tres elecciones en la región norteafricana (dos “y media”, en rigor, por la complicada urdimbre del proceso electoral egipcio). ¿Cuál ha sido el resultado? ¿Cómo han hablado las urnas? En Túnez, Ennahda, partido de esencias islámicas moderadas, fue la opción más votada en los comicios; con la adjudicación de 90 escaños, sin que obtuviera, empero, la mayoría absoluta. Una Troika eventual gobernará la nación hacia su futuro democrático-constitucional.

En Marruecos, casi un mes después de las elecciones en Túnez, el Partido de la Justicia y del Desarrollo (PJD) -también brote de raigambre islamo-moderada- ha pasado de 45 escaños a 80 en la sede del Parlamento de Marruecos (que ha fijado, a propósito, su total de escaños en 359). Abdellah Benkiran, jefe de estas filas políticas, fue convocado por Mohamed VI para que procediera a formar el próximo gobierno del Reino; como así ha ocurrido efectivamente en el arranque de 2012. Cuestión nada secundaria es la de subrayar cuáles han sido los socios predilectos del PJD marroquí. Éstos son el partido del Istiqlal (con 45 escaños), la Asociación de Independientes (con una alforja nada desdeñable de 38 escaños), o la menguada Unión Socialista con 29, que a la postre optó por descolgarse de la coalición gubernamental. Y es que el PJD necesita obtener una mayoría que, si no holgada, le resulte mínimamente cómoda y promisoria, para gobernar. En cualquier caso, valga subrayar de modo sumario que en Marruecos también ha descollado la línea del Islam moderado desde hace diez años a esta parte, como viene gobernando en formación en la Turquía de Erdogan, precisamente. A Marruecos y a Turquía nos referiremos en otro ensayo, razón por la cual estos países sólo han sido mencionados de soslayo en estas páginas.

Desde el 27 de noviembre de 2011 -oficialmente, en todo Egipto- se abrieron los colegios electorales con vistas a celebrar la primera ceremonia de la democracia en el país del Nilo. No obstante estar incompleto todavía el cómputo final, los recuentos efectuados hasta el momento no sólo apuntan a una ventaja holgada del partido Libertad y Justicia (retoño orgánico, en lo político, de los Hermanos Musulmanes más desenfadados), sino también al éxito imprevisible de la formación salafí (ortodoxa y rigorista) que lleva por encabezamiento un sustantivo elocuente: La Luz (Al Nur).

O sea, que los Bloques y Ligas de inspiración liberal -Etakatul en Túnez; Wafd, en Egipto, por ejemplo- han quedado fragmentados, y parecen llamados a interpretar el papel de la oposición parlamentaria durante el recorrido que hagan las sociedades norteafricanas por la senda de la Transición que no han hecho sino empezar a transitar. La Libia descoyuntada que está emergiendo del estado de posguerra inmediato, nos deja ver también el “plumero” islamófilo que asoma por detrás de la junta militar que capitanea Mustafá Abdel Yalil. El panorama guerrillero que prevalece en este país augura un futuro inquietante para los administradores del período post-Gaddafi, quienes quiera que sean los herederos de los despojos en que consiste actualmente Libia.

Ante el panorama político que se dibuja en el norte de África entre Tánger y El Cairo, el tándem euro-americano está atravesando un itinerario que le lleva de la mano, a su vez, del “factor sorpresa” a una instalación mental en estado de alerta cautelosa ante los cambios que ha introducido 2011 en el mapa político de la Región. La causa de tal sobresalto emocional salta a la vista. Los bloques liberales reconocibles en la parte del mundo árabe a que aluden estas páginas, han quedado relegados a un segundo o tercer plano en el reparto de poder que están obteniendo los concursantes norteafricanos en los comicios celebrados hasta la fecha. O sea, que la percepción elaborada por nuestro hemisferio occidental el día después de la “Primavera”, no está coincidiendo, a un año vista, con el veredicto político que han arrojado las urnas en el Magreb y Egipto. Nuestra civilización ha vuelto a resbalar: “ni contigo ni sin ti tienen mis penas remedio”. Y ello porque el continente de las Luces jamás puede no aplaudir el triunfo de las libertades, aunque albergue la sospecha de que los islamistas de orden puedan mostrar otro rostro (¿extremista?) en el período post-electoral que se irá abriendo camino en la segunda mitad de 2012. En puridad, los pueblos árabes están abonando una prima de recompensa al Islam político moderado por haber sido la principal víctima de unos regímenes autoritarios que casi todas las cancillerías de la Unión Europea sostuvieron, sin hacerles asco, durante algo más de un “long weekend”. Además de por haber ejecutado un ejercicio de demostración organizativo, reconocido, del que vienen haciendo gala los líderes, eslabones intermedios y grueso de los fieles militantes, con anterioridad a los levantamientos y durante el período de transición constituyente en el que están inmersos.

Por ahora, sólo cabe esperar que ese proceso de Transición siga su curso sin alteraciones considerables. Y “que gane el mejor”, por saludar deportivamente el balbuceo de nuestros vecinos meridionales al que estamos asistiendo desde nuestra orilla. En la inteligencia de que cuando lleguen a buen fin los procesos constituyentes en que se han embarcado Túnez, Marruecos y Egipto, ulteriores convocatorias electorales puedan recortar el fervor popular del comienzo de las revueltas revolucionarias por las candidaturas marcadamente religiosas, al tiempo que las formaciones de signo liberal, podrían reforzarse en el futuro, reducidas eventualmente a una posición secundaria.

Víctor Morales Lezcano

Historiador. Profesor emérito (UNED)

VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías sobre España y el Magreb

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