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El contencioso atlántico, de casi dos siglos de historia, está lejos de solucionarse

La disputa por las islas Malvinas provoca una crisis diplomática entre Argentina y Reino Unido

viernes 10 de febrero de 2012, 16:06h
Un pequeño grupo de islas en mitad del Atlántico sur llevan 180 años crispando las relaciones entre Argentina y Reino Unido. Las Malvinas, un estratégico archipiélago gestionado por Londres desde 1833, han incendiado a los soberanistas de ambos países durante casi dos siglos provocando una infinita lista de desencuentros oficiales, hostiles declaraciones y hasta una fugaz guerra que no ha solucionado el conflicto. El envío de la joya de la armada británica a la región como muestra de fuerza en respuesta al bloqueo naval de Argentina a los barcos isleños es el último capítulo de un conflicto que en mucho se parece al que mantienen Madrid y Londres por el peñón de Gibraltar.
Su extensión es similar a la de la provincia de Guadalajara, aunque su población apenas supera los 3.000 habitantes. De clima duro (se registran casi 200 días de lluvia al año y los fuertes vientos antárticos son casi constantes) y aspecto yermo y triste, las islas Malvinas o Falklands, según se reconozca una u otra soberanía, son motivo de disputa entre Argentina y Reino Unido desde hace 180 años.

Aunque a priori uno pueda pensar que poco hay en juego a la vista de lo incomunicadas e insignificantes que resultan sobre un mapa del mundo, este archipiélago de más de doscientas islas sigue reabriendo, en pleno siglo XXI, viejas rencillas colonialistas y fomentando discursos soberanistas más propios de otras épocas.

La escalada en la tensión diplomática entre ambos países ha llevado a Londres a destinar a una de las joyas de su flota, el 'HMS Dauntless', uno de los seis navíos de última generación fletados por Londres y armado con los más sofisticados misiles de la marina real británica, a las gélidas aguas del Atlántico sur con el objetivo de mostrar músculo y reafirmar su ascendencia sobre el territorio en disputa, aunque Reino Unido ha señalado que su traslado estaba previsto desde hace más de un año y forma parte de unas "maniobras rutinarias".

La enésima mecha en prender fue la negativa de varios países latinoamericanos hecha oficial en diciembre, entre los que se encuentran la propia Argentina, Brasil, Paraguay o Uruguay, a permitir el atraque de barcos bajo pabellón malvinense en sus puertos. La decisión, auspiciada por el Mercosur, tuvo una inmediata respuesta en unas declaraciones del primer ministro David Cameron en la Cámara de los Comunes, en las que tachó a las autoridades argentinas de "colonialistas" y señaló que el bloqueo a sus navíos era "intolerable".

Unas declaraciones que han sido calificadas de "hipócritas" por el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, ya que diez de los dieciséis territorios considerados coloniales por el Comité Especial de Descolonización de Naciones Unidas (organismo que analiza el caso de las Malvinas todos los años desde 1965) que todavía se cuentan en el mundo están regidos por la bandera británica, entre ellos Gibraltar.

Además, la reciente llegada al archipiélago del príncipe Guillermo, segundo en la línea de sucesión al trono de Isabel II, como parte de su instrucción militar como piloto de helicópteros ha avivado aún más si cabe la tensión entre Londres y Buenos Aires.

Hasta tal punto ha llegado la crispación entre ambos gobiernos que Argentina mandó este mismo viernes a su ministro de Exteriores, Héctor Timmerman, a Nueva York para presentar una queja formal ante Naciones Unidas y el Consejo de Seguridad por la "militarización en el Atlántico Sur que está desplegando Reino Unido".

Un peñón en medio de la nada
A simple vista, el conjunto de las islas Malvinas no es un territorio muy atractivo. Su orografía es irregular y rocosa, el clima semi antártico lo convierte en un destino desapacible y sus llanos están plagados de arbustos y bajos matorrales.

Aunque sus primeros habitantes fueron indígenas precolombinos de la Patagonia, además de las ocasionales colonias de leones y lobos marinos, no se tuvo noticia de este grupo de islas hasta comienzos del siglo XVI, cuando el navegante español Esteban Gómez las descubrió para Carlos I, 'El Emperador'.

España no mantuvo un destacamento fijo en el archipiélago durante los siguientes dos siglos, ya que poco podía significar un minúsculo grupo de islotes a unos 500 kilómetros de las costas argentinas en comparación con las infinitas riquezas que llegaban desde el Nuevo Mundo.

Esta ausencia fue aprovechada por Francia a mediados del siglo XVIII para clavar su bandera y reclamar para sí las Malvinas, aunque las quejas de Carlos III, entonces soberano español, hicieron que la injerencia durara poco tiempo.

Hasta comienzos del siglo XIX, las islas fueron parada obligatoria para los balleneros que faenaban en las aguas próximas a la Antártida, aunque las mejoras técnicas, que aumentaron la autonomía de los navíos, provocó que su puerto quedara inutilizado.

En 1820, y ante el abandono de las instalaciones construidas por parte del gobierno español, Argentina decidió tomar posesión de las islas y fundar su primera urbe, Puerto Luis.

Más de una década después, en 1833, el 'HMS Clio' atracó en el archipiélago y reclamó su soberanía para Guillermo IV de Inglaterra. Desde entonces y hasta la década de los ochenta del pasado siglo, las reivindicaciones territoriales de Argentina habían sido constantes, pero siempre por la vía diplomática, sin que ello lograra ningún tipo de avance o acuerdo entre ambas partes. La mano dura de la dictadura argentina de Leopoldo Galtieri cambió las buenas formas que hasta entonces habían exhibido las administraciones argentinas y optó por un discurso más hostil que acabó desembocando en la 'Operación Rosario'.

La guerra de 1982
La crisis política y social por la que atravesaba la Junta Militar de Galtieri a comienzos de los ochenta forzó, según los historiadores, que la dictadura buscara una excusa que desviara la atención y, al mismo tiempo, recuperara el beneplácito por el régimen de la ciudadanía. De este modo, el 19 de marzo de 1982, un empresario argentino patrocinado por el gobierno tomó para sí el archipiélago, así como las islas Georgia del Sur y las Sándwich del Sur, e izó la bandera nacional por primera vez en más de un siglo.

Londres condenó la osadía de Galtieri y empezó a mover sus hilos diplomáticos para lograr una sanción de la comunidad internacional. Buenos Aires, por su parte, reforzó su presencia en las Malvinas con el envío de tropas a las islas y la expulsión del gobernador local. El 1 de abril comenzó la guerra con la aprobación de la 'Operación Rosario', una serie de maniobras navales y terrestres encaminadas a anexionar el archipiélago a Argentina.

Por entonces, Margaret Thatcher, primera ministra británica, atravesaba momentos complicados y la reelección se adivinaba a la vuelta de la esquina. 'La dama de hierro', tirando de sobrenombre, mandó movilizar a sus tropas y logró que las Naciones Unidas redactaran una resolución, en la que España se abstuvo con Gibraltar como telón de fondo, por la que se instaba a Argentina a retirar a todas sus tropas de la región isleña.

En los días posteriores, Estados Unidos, la Commonwealth, la OTAN y la Comunidad Económica Europea se adhirieron a la causa británica. Argentina, por su parte, encontró apoyos en los gobiernos cubano y peruano, a pesar de que en plena Guerra Fría también era considerado un país 'occidental'.

Aunque en un primer momento Thatcher optó por la vía diplomática para encontrar una solución pacífica al conflicto, la retirada de los respectivos embajadores y la negativa de Buenos Aires a replegar los efectivos desplegados en las Malvinas desembocó en el envío de un importante contingente naval desde Reino Unido.

Bajo el nombre de 'Operación Corporate', apelativo en clave de la misión de reconquista planeada por Londres, una importante flota partió rumbo al archipiélago y el 2 de abril un submarino británico hundía el crucero 'Belgrano' causando la muerte de más de 360 marinos argentinos. En los días siguientes, violentos enfrentamientos se produjeron entre ambos contingentes hasta que, el 14 de junio, Buenos Aires dio la orden de rendirse. El saldo de la fugaz contienda, de apenas 74 días, fue de 649 bajas argentinas y 258 británicas entre civiles y militares.

La victoria en las Malvinas hizo que la maltrecha popularidad de Thatcher subiera como la espuma y le llevara en volandas hasta la reelección. Todo lo contrario sucedió en Argentina, donde la Junta de Galtieri cayó en desgracia y una serie de gobiernos menores se alternaron en el poder hasta el restablecimiento de la democracia en diciembre de 1983.



¿Qué hay detrás de todo (o debajo)?
No fue hasta 1990 cuando las relaciones diplomáticas entre ambos países se restablecieron, aunque en Londres siempre ha escocido la mención constitucional argentina por la que las Malvinas son un objetivo "permanente e irrenunciable del pueblo".

Desde entonces, Buenos Aires siempre ha mantenido su aspiración de recuperar el archipiélago, aunque Reino Unido se ha mantenido firme en su soberanía, de la que ha dicho que "no es negociable", y ha delegado en los habitantes locales, netamente pro británicos y conocidos como kelpers, la decisión sobre su futuro.

Pero, ¿qué tiene este grupo de islas para que dos aliados occidentales se enzarcen en una disputa que ya dura décadas? Los estudios sobre el subsuelo de las Malvinas han revelado que hay una alta probabilidad de encontrar importantes yacimientos minerales y petrolíferos en la plataforma de Burnwood o Namuncura, al sur de las islas.

Aunque las primeras prospecciones llevadas a cabo por empresas británicas no han dado los resultados esperados, se cree que la zona podría llegar a producir más de medio millón de barriles de crudo diarios, lo que supondría un aumento del 30 por ciento sobre la expedición de petróleo británica actual.

"La importancia de las Malvinas reside en el petróleo que hay debajo, aunque también tienen un valor simbólico, ya que el próximo abril se cumple el treinta aniversario de la guerra y el conflicto, no olvidemos, es resultado de una instrumentalización política", señala en declaraciones a este periódico Carlos Malamud, investigador principal de América Latina del Real Instituto Elcano.

Fuentes del Instituto Argentino del Petróleo y del Gas consultadas por EL IMPARCIAL creen, en cambio, que es "improbable" que haya grandes cantidades de petróleo debajo de las Malvinas y que, en caso de haberlo, "el coste medio ambiental y económico de perforar en la zona complicaría demasiado las operaciones".

Sin embargo, el peso geoestratégico de las Malvinas es, además, clave, puesto que Reino Unido se asegura una base de operaciones naval y aérea en una región, Latinoamérica, donde no tuvo colonias más allá del Caribe, y mantiene su influencia sobre el territorio antártico, que también cuenta con muchas posibilidades de albergar yacimientos de enorme valía bajo el hielo.

De este modo, las Malvinas son mucho más que una disputa histórica por un archipiélago de rocas en mitad de la nada. El 'maná negro' que puede dormir bajo ellas es un objetivo demasiado tentador y valioso como para renunciar a él así como así. Con esto presente, pocos se atreven a apostar por un futuro amistoso e inmediato para la región.

Para contactar: borja.mota@elimparcial.es
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