www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

CRÍTICA

Michel Houellebecq: El mapa y el territorio

domingo 12 de febrero de 2012, 14:23h
Michel Houellebecq: El mapa y el territorio. Traducción de Jaime Zulaika. Anagrama. Barcelona, 2011. 384 páginas. 21,90 €

El último título de Houellebecq obliga a afrontar distintos factores que resultan desafiantes, aunque, para ser sinceros, en el fondo, lo más amenazador es precisamente un aspecto que no vamos a analizar, pues El mapa y el territorio tiene toda el cariz de ser una de esas obras de categoría que con toda seguridad permanecerá un largo tiempo entre nosotros, una novela que de aquí a diez o veinte años mucha gente tendrá en la biblioteca, porque esta es de las obras que terminan en los planes de estudios, quizás no de los institutos, pero seguramente sí de las universidades. Este es un relato que tiene toda la apariencia de que será objeto de sesudos estudios y de tesis doctorales. En lo que se refiere al desafío de su complejidad diremos, para empezar, que en El mapa y el territorio no hay trama, al menos no una trama entendida en el sentido clásico, es decir, aquello que se parece a la intriga –aunque no es lo mismo-, que hace que el lector mantenga la atención en el libro por el interés que le supone saber qué sucederá después. Esto de la trama, durante años, fue un recurso básico de la novela, hasta que alguien decidió que, en lo esencial, la pulsión que nos llevaba a interesarnos por la trama no era ni mejor ni más sofisticada en, digamos, Los hermanos Karamazov que la pulsión que lleva a la señora mayor que vive en la casa de enfrente a utilizar la mirilla cada vez que oye ruido en el pasillo. Pero, aunque no hay trama, sí hay argumento, así que esta no es una de esas novelas sobre un profesor de literatura que intenta escribir una novela y se pasa las páginas buscando algo que decir (al final uno suele descubrir que la novela trataba sobre la imposibilidad de decir nada, resulta que hay novelas gruesísimas sobre el tema). En El mapa y el territorio pasan innumerables sucesos, algunos lo suficientemente interesantes como para que el cadáver de la trama se remueva ligeramente en su tumba antes de darse cuenta de que el bueno de Houellebecq lo ha convocado únicamente para burlarse un rato a su costa.

La trama en El mapa y el territorio se divide en tres partes y un epílogo. La primera trata, sobre todo, de la trayectoria vital y artística de Jed Martin, el máximo protagonista de la obra. Uno de los personajes más importantes de esta parte, y del libro, es la caldera de Jed Martin, pero no se preocupen, no es que Jed Martin empiece a hablar con su caldera –aunque hay un momento en el que está muy cerca de eso- ni que inicie un diálogo hamletiano con un trozo de carbón en la mano –aunque toda la novela, en general, está muy cerca de eso-. La segunda parte se ocupa, sobre todo, de la carrera de Jed Martin como artista de éxito o, mejor dicho, de la gestión del éxito que hace Jed Martin. Uno de los personajes más importantes de esta segunda parte es Michel Houellebecq, que mantiene con Jed Martin las conversaciones más extensas del libro, en las que Houellebecq habla sobre embutidos y sobre qué animales le merecen consideración y cuáles no (los cerdos sí, las ovejas no). La tercera parte trata del asesinato brutal de Michel Houellebecq, de la investigación de dicho asesinato, de la muerte-suicidio del padre de Jed Martin y de la resolución del caso de la muerte de Michel Houellebecq. Dicho así puede dar la impresión de que la tercera parte se convierte en una especie de novela policiaca, pero no hay nada de eso. La parte de la investigación del asesinato de Michel Houellebecq es, en realidad, la parte del fracaso absoluto de la investigación del asesinato de Michel Houellebecq. La resolución final del caso será una casualidad absurda e idiota que subrayará la idiotez y el absurdo que rodean el asesinato de Michel Houellebecq. El epílogo, al final, contará la última etapa del artista Jed Martin, en la que su obra definitiva se funde con su propia vida, puesto que ambas consisten en dejarse invadir, lenta y tenebrosamente, por la disolución y el olvido.

En el resumen del libro podría dar la impresión de que la historia está contada de forma más o menos lineal o delimitada, pero no es así. En primer lugar, no existe una linealidad cronológica, al menos en la primera parte, pero, sobre todo, no hay una división radical de los capítulos ni de las partes. Tanto unos como las otras forman una especie de estructura covalente en la que, sobre un tema nuclear, van apareciendo asuntos o personajes. La estructura que resulta es tremendamente compleja y es simplemente asombroso darse cuenta de la aparente sencillez con la que Houellebecq la resuelve. Diría incluso que la sencillez es tanta que uno no se percata de la complicada red de alusiones e intersecciones que ha ido tendiendo el libro hasta que empieza a recopilar los temas para, por ejemplo, realizar una crítica sobre el mismo. Resulta tentador señalar que es como si se hubiese recorrido una intrincada red de caminos de cuya complejidad solo se puede ser consciente desde la perspectiva que da el mapa.

Habíamos dicho al principio que esta obra encierra aspectos desafiantes. El primero es, pues, la trama, que ya hemos visto que no es trama en el sentido clásico, pero a la que quizás el término “trama” se ajuste mejor de lo que se ajustará a ningún relato más tradicional. El segundo elemento es la tremenda ambición literaria de Houellebecq, que se atreve a tocar aquí cuestiones como el capitalismo, el arte, las relaciones del sujeto con la sociedad, las múltiples encarnaciones que el sujeto debe asumir a lo largo de su existencia, la propia existencia humana…

Es pertinente apuntar que, quien escribe esto, nunca se ha declarado un seguidor de Houellebecq. Reconozco los méritos –muchos- de, por ejemplo, Ampliación del campo de batalla y de Las partículas elementales, pero, al final, tanto el uno como el otro terminaron por aburrirme, sobre todo, por el tono quejumbroso del narrador. Este El mapa y el territorio no abandona ese tono, pero aquí está cruzado por vetas de humor y, sobre todo, engarzado en una estructura monumental. Además del hecho de que, si en las dos novelas mencionadas podríamos decir que Houellebecq limitaba más el objetivo de sus lamentos –sobre todo en Las partículas elementales, muy centrada en el sexo, aunque en un sentido amplísimo que alcanza a todo lo que al sexo rodea, incluidas las relaciones paternofiliales- en El mapa y el territorio la ambición de Houellebecq se amplía aún más, la cámara retrocede y, para nuestra sorpresa, nos encontramos el lado más humanista del autor.

Obviamente, se trata de un humanismo “houellebecquiano”, así que muchos dirán que el término “houellebecquiano” es precisamente lo contrario del humanismo y lo cierto es que no tengo gran cosa que oponer a ese argumento. El humanismo de Houellebecq –si es que existe o se le puede llamar así- se basa en la anulación radical de toda trascendencia, pero también en la consideración de que existe un modo más “humano” de vivir la existencia, aunque dicho modo más “humano” exige, en primer lugar, la admisión de la contingencia absoluta de la humanidad y cuanto tiene que ver con ella. El de Houellebecq es un humanismo en el que el amor -que es absurdo y está condenado a desaparecer- puede jugar su papel, en el que la amistad -que es absurda y dificilísima y está condenada a desaparecer- puede existir y puede tener, incluso, algo parecido a una “misión” siempre y cuando de esa misión no se espere ninguna conclusión ni se le atribuya ninguna cualidad metafísica.

El humanismo de Houellebecq es un humanismo, por decirlo así, existencialista. Es un humanismo que no se dirige al hombre, sino a la existencia humana, entendida en su contingencia y su irracionalidad. Esto puede explicar la extraordinaria importancia que los “objetos” -los “productos”- tienen en la novela. Por ejemplo, aquella vieja caldera que mencionábamos antes y que tiene un protagonismo notable es, en cierto sentido, el contrapunto de la última revolución industrial, de aquella que nos ha desposeído incluso de nuestros objetos, porque los productos que de ella salen apenas son sombras de plástico que se deshacen entre los dedos y han de ser remplazados por otro modelo, por otro aparato superior. Es Michel Houellebecq, al fin y al cabo. En su humanismo, si es que lo es, todo termina mal, muy mal. Hasta los objetos mueren.


Por Miguel Carreira
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios