La revolución en los Oscar
miércoles 22 de febrero de 2012, 21:30h
Desde siempre, las crisis, tanto personales como sociales, han conducido a una imprescindible reorganización del entorno. Una etapa de crisis en la vida de una persona, por ejemplo, deriva inexorablemente en la recolocación de amigos y familiares: supone la siempre dolorosa forma de conocer quien está con uno en lo bueno y también en lo malo. Algunos de los que han caminado a tu lado cuando las cosas eran positivas, desaparecen sin dejar rastro y, por el contrario, gente con la que hasta ahora sólo había existido una relación superficial, te sorprende con su amistosa mano tendida. Es, en cierto modo, una revolución. Cambia la vida para siempre y, aunque la crisis haya llegado marcada por un hecho indeseado y, por lo tanto, repentino, sirve para profundizar en los sentimientos más auténticos y en las personas con mejores atributos morales. Nadie quiere tener que pasar una crisis para poner orden en su cartera de amistades, pero cuando llega – y a casi todos llega de una forma u otra - nos abre los ojos sin contemplaciones. No hay nada entonces que podamos hacer para no ver lo que ocurre a nuestro alrededor.
Si la crisis no es únicamente personal sino que afecta a todo un colectivo o a la entera sociedad, los alcances de la revolución ya no serán tan limitados como en el caso de la que se experimenta entre las cuatro paredes del alma individual. Durante estos últimos años de crisis mundial, hemos tenido que empezar a ver muchas cosas que antes ni nos habían preocupado. Una característica significativa de la sociedad actual es mirar hacia otro lado y, por desgracia, esta continúa siendo en buena medida la forma que tenemos de relacionarnos con la espiral de protestas que han ido brotando. Algunas parten de quienes empiezan su vida adulta escuchando en su cabeza machaconamente que no van a encontrar un trabajo, que nunca tendrán en propiedad una casa y que más les vale ir aceptando la idea de emigrar lo antes posible, incluso a Laponia. Y un caldo sin ningún tipo de posibilidades es un gran cultivo para albergar protestas sin nada que perder. El problema es que si la protesta no viene con una propuesta al lado, existe el peligro de que se adueñe de ella quien, en realidad, no tiene interés alguno aparte del propio. Hay riesgo de que desde fuera se radicalice la protesta hasta un punto en el que se pierda la justicia de una voz que debería de sonar fuerte en la conciencia de todos. Sin una propuesta concreta, la protesta se dispersa en manos de quienes necesitan de ella para su particular e interesada batalla política por el poder.
Llama la atención, por otra parte, que este año la mayoría de las cintas nominadas a los Oscar cuenten la historia de una revolución. De menor o mayor envergadura, social o personal, las narraciones que compiten para llevarse el mayor número de estatuillas muestran cómo se incendió una mecha revolucionaria o cómo esa revolución afectó a los protagonistas. En “Moneyball”, por ejemplo, su subtítulo “rompiendo las reglas” ya advierte de que, a veces, para una auténtica revolución bastan dos hombres humildes, pero con importantes ideas y, sobre todo, valor, para cambiar la forma de contratar jugadores de beisbol en todo un país. Brad Pitt interpreta a un hombre real, que se enfrentó al poderoso sistema de fichaje reinante, apoyado exclusivamente por otro amante del deporte como él que se dedicaba a realizar complejos y, para la mayoría estúpidos, estudios de porcentajes, que les permitieron crear un equipo ganador formado por jugadores nada ganadores. Y su propuesta acabó contagiando a otros equipos.
Otra revolución, de mucho más calado y alcance que la anterior, es la que “Criadas y señoras” narra a través de una pequeña historia de pequeños personajes. Tan pequeños - más bien insignificantes para el resto - que ni siquiera se permitían hablar. Una joven blanca aspirante a escritora es quien convence a varias criadas negras de Jackson en los años 60 para que empiecen a verse con el valor humano que les niegan en las casas a donde cada día acuden a limpiar y a criar niños. Acaba por convencerlas para que cuenten lo que cada día deben callar y, al mismo tiempo, convence a una poderosa editora de Nueva York para que publique esas historias. En este caso, la propuesta toma forma de libro y su lectura enciende las conciencias. Una mecha más de aquellas que prendieron en Estados Unidos durante aquella socialmente convulsa década y que revolucionó a toda una sociedad, que se dividía cruelmente en blancos y negros. Hasta a la hora de subir a un autobús o, como cuenta la nominada cinta, para entrar en un retrete a hacer sus necesidades. Esas mujeres acunaban en los brazos a los bebés de los blancos pero no les estaba permitido usar sus cuartos de baño. Bendita revolución que ahora nos parece inaudita.
Por su parte, “The Artist” va incluso más allá y narra una revolución utilizando una forma revolucionaria. La película francesa está ambientada en los años en los que el cine encontró la voz y el color, pero ella misma se nos aparece muda y en blanco y negro para contárnoslo. Su protagonista, George Valentin, es un aclamado actor del cine mudo que se opone a la revolución sonora porque la juzga una simple moda pasajera y a punto está de ser aplastado por ella. Protesta sin proponer nada diferente del pasado y el resultado es el fracaso, la consecuencia de la arrogancia de quienes se empeñan en no querer mirar a las revoluciones de frente. George Clooney, por su parte, también experimenta en “Los descendientes” una revolución, aunque se trata de una de carácter individual. Un hecho trágico trastoca su vida y como consecuencia de esa crisis existencial, empieza a tomar decisiones antes impensadas para un tipo como él. A partir de entonces, las propuestas se materializan en acciones que, como el aleteo de la mariposa que provoca un tsunami al otro lado del mundo, acaban afectando a quienes ni siquiera le han visto en su vida. Ni le verán, pero no hay mayor efecto mariposa que el que surge de cualquier revolución.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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