1025 años juntos
Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
sábado 27 de julio de 2013, 19:28h
El monje Néstor nos dejó el relato de cómo Rusia adoptó el cristianismo. El caso fue que el príncipe de Kíev, Vladímir “El bello sol”, envió embajadores a distintos países para conocer sus religiones. Así, tuvo noticia del judaísmo de los jázaros; del islam de los búlgaros del Volga; del cristianismo católico de los alemanes; y del ortodoxo de los griegos. Vladímir rechazó a las demás religiones por su tristeza o por la falta de belleza de su ceremonial. Dado que el islam prohíbe el alcohol, era imposible la conversión de los rusos porque “Rusia se divierte bebiendo”. Quedaba la ortodoxia con sus cánticos y sus ceremonias, con el dorado de los iconos y la oscuridad que precede a la Luz que Salva. El príncipe quedó admirado por la “belleza inenarrable” de la liturgia griega. Y entonces preguntó: ¿dónde habremos de bautizarnos? Así fue como en el año 988, apenas 100 años después de la muerte de Cirilo y Metodio, apóstoles de los eslavos, los rusos se convirtieron por orden de su príncipe al cristianismo ortodoxo, se bautizaron en masa en el Dnieper y arrojaron al río todos los ídolos paganos anteriores.
Desde entonces, la civilización rusa es inseparable de la ortodoxia. La interacción entre cultura religiosa y profana ha sido constante desde aquella conversión cuyos 1025 años se celebran estos días en Moscú, Kíev y Minsk. Rusia, Ucrania y Bielorrusia han sido el germen de la civilización que hoy se extiende desde Pskov y Kaliningrado hasta el Oriente Lejano de Vladivostok y Kamchatka. Allá donde ha llegado la diáspora rusa se han alzado iglesias con cúpulas prodigiosas y se han llevado iconos que representan la Santidad y el Misterio de la Salvación del mundo.
El presidente Vladímir Putin ha asistido a la celebración del 1025 aniversario de la cristianización de Rusia resaltando la importancia de las relaciones entre la religión y el Estado, ha retomado una de las raíces más profundas de la cultura popular, que se remonta al origen mismo de la lengua. El patriarca Kiril, cabeza de la Iglesia ortodoxa rusa, ha dado a ésta un impulso admirable y hoy su influencia se extiende a todo el espacio de la antigua Unión Soviética. Las relaciones con otras Iglesias ortodoxas, como la serbia, son estrechas y han dado sus frutos tanto en el plano religioso como en el social. La denuncia del triste destino de los cristianos de Kosovo, sus templos destruidos y sus cementerios profanados, han tenido un eco en todo el mundo ortodoxo que ha conmovido a millones de creyentes.
Por otra parte, las celebraciones de este legado religioso común a Rusia, Ucrania y Bielorrusia es una ocasión para afirmar la influencia rusa en el antiguo espacio soviético, en especial con dos de sus países más importantes. Kíev y Minsk forman parte del imaginario colectivo de la Historia rusa. Desde los principados –las rus- de Kíev y Novgorod hasta los terribles combates en Brest –la ciudad heroica- durante la invasión nazi, existe una comunidad de cultura que tiene en la lengua y las tradiciones un espacio simbólico de encuentro y cercanía. Las fronteras nacidas después del hundimiento de la URSS tienen algo de ficticio cuando se trata de la proximidad entre los pueblos. De ahí la importancia de prevenir una deriva –sobre todo de Ucrania- hacia occidente que pueda interpretarse como una amenaza a los intereses de Rusia. Junto a los nacionalistas ucranianos, hay una parte muy importante de la república que se siente próxima a Rusia, habla ruso y ve en la alianza con Moscú el camino natural de su política exterior. La diplomacia del gas ha servido para premiar o castigar las decisiones de Kíev sobre la proximidad o la distancia con el Kremlin. Ahora bien, es una hipocresía culpar a Rusia de utilizar los recursos energéticos como parte de su estrategia política exterior sin advertir al mismo tiempo que todos los países que pueden hacen lo mismo con la energía, la tecnología o la ayuda al desarrollo.
Hace más de mil años, el príncipe Vladímir el Bello Sol cambió la historia del mundo eslavo. La civilización rusa y la ortodoxia se han alimentado mutuamente durante más de diez siglos y la identidad rusa hoy es incomprensible sin la fe de Cirilo y Metodio. Esto crea unos lazos que transcienden la política y la complementan. El presidente Vladímir Putin ha encontrado una ocasión para afirmar el interés del mundo eslavo en mantener los lazos que lo unen, y en especial los religiosos. No en vano escribió Filofei de Pskov al Gran Duque Basilio en 1510 –poco tiempo después de la caída de Constantinopla- que Moscú era su heredera: "Dos Romas han caído. La Tercera se sostiene. Y no habrá una cuarta." De algún modo, esta idea sigue vigente en la geopolítica del mundo eslavo.
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Analista político
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