José Manuel Cuenca Toribio

José Manuel Cuenca Toribio

JOSÉ MANUEL CUENCA TORIBIO es Catedrático de Historia de la Universidad de Córdoba.

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TRIBUNA

Camus y la Historia

02-05-2011

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El pensamiento del escritor francés fue uno de los productos más alquitarados de la presencia de la Ilustración en el siglo XX. Pues, ensayista, narrador y periodista de elevado coturno, A. Camus fue también meditador de vuelo alto, con un bagaje provisto esencialmente del legado esclarecido de la centuria de las luces.

Así, con resonancias muy dieciochescas, escribió en cierta ocasión que “entre la historia y lo eterno, elegí la historia porque me gustan las certezas”. Bienaventurado sea siempre el autor de La Peste por su confianza en el oficio de Clío, sujeto, en su valoración, a pendularismos extremosos y más proclive a despertar el escepticismo que el entusiasmo y la fe en la verdad. Porque, ciertamente, al margen de lo que creyeran los ilustrados y refragaran Hegel y algunos de sus epígonos más descollantes, el saber histórico es un conocimiento harto fragilizado. Los instructores de los juicios ventilados —como expresara un punto grandilocuentemente el filósofo alemán antecitado- en el Tribunal de Clío son jueces y fiscales casi nunca posesionados de la información completa y depurada necesaria para emitir un veredicto con garantía absoluta de fiabilidad. Todos los presentes se erigen en dispensadores de “certezas” y axiologías respecto de sus pasados —inmediatos o lejanos-, observando los más perspicaces e inconformistas de los contemporáneos los mil y un errores que se deslizan e incluso las injusticias que se perpetran en la calificación de los hechos y personajes del ayer.

La actualidad española y mundial, tan saturada de libros y relatos sobre los acontecimientos y figuras más impactantes de las épocas que precedieron a la nuestra, constituye el mejor campo de prueba para experimentar la validez de lo expuesto. Al alcance de los lectores más acezantes de lo escrito por no pocos de los profesionales de la disciplina histórica se encuentra la infirmidad, la tergiversación y, a las veces, la deshonestidad de gran parte de la reconstrucción acometida por sus plumas acerca de episodios y biografías de un tiempo distante o próximo de los inicios del tercer milenio. En más ocasiones de las deseadas, el paso de los días determina que tal versión se protocolice en manuales y tratados, configurándose una “verdad oficial”, que sólo contadas veces, trascurridos muchos años, espíritus muy buidos y hondamente comprometidos con las mejores causas —que suelen ser, claro, las más difíciles…- logran horadar su espesa capa y devolverla a su naturaleza primigenia.

Hay que decir, no obstante, siquiera sea para tonificar el ánimo de las mujeres y hombres de buena voluntad, que, desde luego, no son tampoco escasos los momentos en que se visualiza un compacto consenso entre los servidores de Clío en punto al enfoque y descripción de procesos históricos de la máxima trascendencia y envergadura. La abundancia de las fuentes, el acribioso contraste de los planteamientos, la exigencia ética y ciudadana, la notabilidad de las plumas empeñadas en la repristinización de tal capítulo de la aventura humana confluirán venturosamente en el quehacer de los investigadores para construir un sólido edificio en el que se albergue la verdad.

Pese a ello, se iría descaminado al imaginar que el discurso historiográfico está constelado de mansiones tan acogedoras y firmes, en que las gentes hallen respuesta a los enigmas de la vida y refugio para sus lacerías. Por desdicha no es así. Espíritus de la noble y acendrada estirpe camusiana creyeron y apuestan hodierno por lo contrario. La Historia, sin embargo, nunca podrá satisfacer su ansia ardida de certezas.







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