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Complacencia del PP en Cataluña

lunes 16 de noviembre de 2009, 08:30h
Este pasado domingo concluía en Barcelona la Convención Nacional del Partido Popular, cuyo denominador común ha sido el intento de apuntalar el liderazgo de Mariano Rajoy. Sobre el papel, ni una sola nota discordante, ni una voz más alta que otra, ni fisura alguna que denotase falta de cohesión interna. Ocurre que tras semejante pantalla idílica se esconde la realidad de una formación política desnortada y en el cada vez cobra más peso la figura de los barones regionales, toda vez que el liderazgo nacional tiene pies de barro.


No es mala idea que Rajoy focalice sus esfuerzos en procurar que el PP despunte en zonas tan sensibles como Cataluña y Andalucía; de ahí que la elección de Barcelona como sede de la Convención Nacional de los populares parezca acertada. Pero el éxito de una cita así no radica únicamente en su ubicación geográfica, sino en los contenidos que en ella se aborden, la asistencia de un buen número de personas representativas y la libertad que todas ellas tengan a la hora de expresar sin reparos sus inquietudes en el seno del partido. Y puestos a elegir Barcelona, lo suyo habría sido alguna referencia a casos como el “Liceo” o el “Pretoria”, de hondo calado en la sociedad catalana. Fundamentalmente, porque uno de los cometidos del principal partido de la oposición es precisamente ese, hacer oposición, y no exhibir absurdos complejos que derivan en irritar lo menos posible a los nacionalistas con asuntos que les puedan importunar.


Dice Rajoy que tiene espalda para aguantar lo que le echen. Razón, desde luego, no le falta. Tras perder dos elecciones generales y tener el partido manga por hombro, no cabe duda de que se ha hecho fuerte en su poltrona, de la que será complicado desbancarle. Pero para que su puesto esté bien cimentado se precisa un apoyo sin fisuras de los suyos, y no fabricado ad hoc. Silenciar a José María Aznar para que no diga lo que toda la militancia piensa y censurar la voz de las agrupaciones locales críticas no es la mejor manera de afianzar un liderazgo. El cual, dicho sea de paso, se consigue convenciendo, y no rodeándose de una guardia pretoriana de mediocres que laminan cualquier atisbo de contestación. Si Rajoy quiere ser alternativa, lo primero que tiene que hacer es hacerse con la credibilidad de militantes y simpatizantes por méritos propios, y no por deméritos del Gobierno. E involucrarse en las tareas propias del cargo, en lugar de su abúlico laissez faire.
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