José María Herrera

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COLUMNA SALOMÓNICA

Coprofagia

02-07-2011

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La coprofagia o ingestión de heces es una costumbre culinaria sumamente extendida en el reino animal. Aunque los mayores aficionados a ella son los insectos, no faltan mamíferos que incluyen los excrementos, propios o extraños, en su dieta. El gorila, por ejemplo, siente un gran placer comiéndose sus deposiciones e igual le ocurre a otros simios con las de los caballos o los elefantes. El hombre, sin embargo, ha juzgado siempre esta práctica una cochinada y sólo en los últimos tiempos, quizás debido al influjo de la pornografía, ha comenzado a cambiar de opinión.

Un laboratorio japonés, consciente de este cambio de actitud, anunció hace unos días su intención de producir filetes de carne de proteínas fabricados a partir de heces humanas. El suculento plato, debidamente aderezado para camuflar su origen, permitiría resolver, por una parte, el grave problema mundial de la alimentación y aliviar, por otra, el de la acumulación de desechos de nuestras ciudades. La carne producida de esta forma no sólo no perjudica la salud del consumidor, sino que, además, aporta buena parte de los nutrientes que necesita cada día. Según los científicos encargados del proyecto, la única barrera que puede impedir su éxito es psicológica, pues incluso desde un punto de vista económico se trata de algo perfectamente viable.

La noticia quizá asombre a algunos lectores, pero estaba cantado que antes o después tenía que producirse. Desde un punto de vista estrictamente científico, no hay ningún motivo para desaprovechar nuestros detritus y, si se tercia, los de otras especies. Las viejas y caducas distinciones entre lo puro y lo impuro, entre lo que se puede comer y lo que no, se han ido desvanecido con el retroceso de la religión y los avances de la higiene y la medicina. Tal como dicen los investigadores japoneses, sólo razones de orden cultural, muy desprestigiadas ahora, podrían impedir que disfrutemos de estos nuevos y deliciosos manjares. ¿No está hecho todo, en el fondo, de la misma materia?

Frente a la experiencia personal, en la que el sujeto es el centro de organización de la vida, se impone hoy el conocimiento objetivo, acreditado por la ciencia. Aunque ésta comenzó vindicando el papel de la experiencia, su éxito le ha llevado a recusar cualquier experiencia que no concuerde con su propio conocimiento, encarnado en la figura del experto. Cosas que antes dependían de cada cual —de su buen juicio, de su conciencia, de su paladar- son ahora dominio de especialistas. Todo esto se ve como un progreso y si bien resulta dudoso que los contenidos más importantes de nuestra existencia puedan articularse como tales desde el horizonte de la objetividad científica, el desprestigio de la experiencia personal nos está acostumbrando a ver la verdad y el sentido que deriva de ella como algo situado fuera de nosotros mismos. Nuestra conciencia, en otro tiempo sede de toda inteligibilidad, se ha vuelto un estorbo, algo inútil, un vestigio del ingenuo idealismo de nuestros antepasados.

El hundimiento de la experiencia personal en beneficio del conocimiento objetivo tal vez constituya un avance, el sueño secreto de la ilustración, pero no hay duda también de que ha convertido al hombre en un auténtico pedante. Tratamos cada vez más con abstracciones que con realidades y hemos llegado a confiar tanto en ellas que cualquier día de estos no nos importará hacer cola a la puerta de los restaurantes para comer mierda, es decir, proteínas e hidratos de carbono. Yo no digo que haya que escandalizarse por esto; únicamente espero que no nos pase lo que a Ruskin, aquel sabio inglés tan embebido en el estudio del arte clásico que, en su noche de bodas, quedó horrorizado al descubrir que las mujeres, a diferencia de las estatuas greco-romanas, poseían vello púbico.







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