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El terremoto de Chipre

jueves 21 de marzo de 2013, 16:46h
Una vez más, las instituciones y la arquitectura financiera europeas han quedado en entredicho. En esta ocasión a causa de un país que representa el 0,2 por ciento del PIB de la eurozona, Chipre. Las instituciones, porque la decisión de aplicar una quita a los depositantes de los bancos chipriotas procede del Consejo Europeo, y fue luego enmendada por el ecofin. Que los jefes de Estado y de gobierno tengan que envainarse una decisión por indicación de los ministros de economía es irregular. Además, las primeras horas fueron una espesa niebla de confusión, con decisiones contradictorias y cambiantes, que aún no ha acabado de despejarse.

Y la arquitectura financiera está de nuevo en la picota por la propia confusión y por el hecho de que muchos europeos ven peligrar sus depósitos al comprobar, con las primeras informaciones, que los 100.000 euros que parecían cubiertos por el fondo de garantía de depósitos no garantizan ni esa ni cualquier otra cantidad. Además, Chipre corre el riesgo real, más cercano que ningún otro país, de salir del euro, lo que sería un gravísimo precedente. Y, por último, los bancos chipriotas pasaron sin problema las famosas pruebas de resistencia, los “test de estrés”, que han adquirido merecida fama por su inanidad.

Más allá del terremoto del momento, la solución ofrecida en el caso de Chipre tiene más sentido de lo que pudiera pensarse en un primer momento. El sistema bancario funciona de un modo peculiar. Lo que llamamos depósitos, en realidad, no lo son. Los bancos no guardan nuestro dinero en depósito, más que en una pequeña cantidad. El resto lo prestan a medio y largo plazo, por lo que los depositantes son, en realidad, acreedores de los bancos. No en vano, obtienen un interés por su préstamo. Pero se mantiene la ficción económica de que los depósitos son a la vista, de modo que los depositantes-prestamistas creen que podrán recuperar su dinero en cualquier momento. Por supuesto, no es así para todos ellos en todo momento. La banca, en ese sentido, está viertualmente quebrada.

Si un banco quiebra efectivamente, lo más justo no es que se le inyecten fondos públicos, sino que sean sus propios acreedores, incluyendo los depositantes, quienes hagan frente a las pérdidas. Por supuesto, en esa consideración cabe imponer un mínimo seguro, y una quita escalonada en función de la cantidad. Lo que planteó el Consejo Europeo es que las pérdidas de los depositantes se convirtiesen en títulos sobre el propio banco, de modo que los accionistas verían cómo su capital invertido en el mismo se diluiría, por lo que también sufrirían las correspondientes pérdidas. Es el rescate interno (bail-in) frente al rescate externo (bail out) por el que hemos apostado en España. No es una opción como para dejarla de lado de antemano.

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