En la muerte de Ariel Sharon
Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
sábado 11 de enero de 2014, 20:03h
La muerte de Ariel Sharon a los 85 años en un hospital de Tel Aviv ha generado una cantidad casi inabarcable de obituarios, columnas y noticias. No debe de haber género periodístico que lo haya perdonado. Todo el mundo tiene una opinión sobre él y, como sucede con el fútbol y el conflicto de Oriente Medio, todos saben lo necesario para emitir un juicio rápido, inapelable y certero sobre uno de los personajes más importantes de la Historia de Israel y de toda la región.
Es tanto lo que se ha escrito que prefiero hilvanar algunas reflexiones antes que glosar –una vez más- la figura de alguien que luchó en cuatro guerras, fue Primer Ministro en uno de los países más complicados del planeta, ordenó la retirada unilateral de Gaza, se enfrentó con muchos, los venció a todos y con quien solo pudo un derrame que lo tuvo en coma desde 2006 hasta esta mañana. Incluso la muerte lo tuvo difícil con Sharon, esa muerte que lo acompañó en las guerras de Israel, en las injustificables matanzas de Sabra y Shatila, y en los atentados suicidas que asolaron Israel asesinando a hombres, mujeres y niños. Es difícil escribir sobre Sharon sin recordar las terribles circunstancias de un conflicto cuya salida se atisba sin que hasta ahora se haya alcanzado. Muchos de los que condenan a Sharon, dicen poco sobre qué hubiesen hecho en su lugar o qué hicieron otros en circunstancias similares. Tengo la suerte de haber conocido a soldados que han entrado en combate. Eso me ha enseñado que es muy, muy difícil hablar sobre lo que uno haría o no en una guerra.
La figura del general y político israelí tiene luces y sombras pero algunas de las cosas escritas en las últimas horas superan los límites de la crítica legítima que todo personaje histórico – Sharon lo es sin duda- y todo Estado deben soportar. Algunas de las cosas que podemos leer lo toman como pretexto para difundir el discurso del nuevo antisemitismo, es decir, el odio a los judíos revestido de odio a Israel. Me recuerdan a aquel comentario que se oía en Argentina después del atentado contra la AMIA de 1994: “murió también mucha gente inocente,” como si los judíos fuesen culpables.
He leído textos sesgados que seleccionan de la vida del militar y de la Historia contemporánea de Israel las abominables matanzas de Sabra y Shatila sin mencionar siquiera la milicia libanesa ni la Guerra de El Líbano. Algunos glosan su figura sin referirse a la oleada de terrorismo de la mal llamada Segunda Intifada ni al terrorismo de Hamas. No recuerdo que nadie mencionase qué ocurrió en Gaza desde la Desconexión en 2005 ni cuál fue el destino de los palestinos de Fatah cuando los islamistas llegaron al poder. Escasean las referencias a los otros líderes de la región en los distintos momentos: los Gemayel, Hafed el Asad, el rey Hussein de Jordania. Algunas referencias a Arafat son tan incompletas que resultan falsas. Hay quien escribe como si esto fuese una historia de buenos y malos. Por supuesto, el israelí sería el malo. No parece que quienes escriben así hayan subido nunca a un autobús donde pudiera entrar un terrorista suicida ni hayan entrado en un bar de copas pasando por un detector de metales.
El doble rasero que está sufriendo Sharon a manos de algunos me recuerda el que, en general, se aplica a Israel y que esconde el nuevo antisemitismo. La demonización, la deslegitimación, la trivialización del Holocausto, la deliberada supresión de toda referencia a las víctimas del terrorismo israelíes… No. Uno de los conflictos más largos y sangrientos del siglo XX no permite simplificaciones ni frivolidades.
Tampoco las permite la Historia de Israel, que supera al conflicto para adentrarse en el desarrollo de una democracia en Oriente Medio que se ha construido sobre acuerdos, consensos, cesiones… Si Sharon hubiese gobernado en Suiza, tal vez las cosas hubieran sido distintas. Fue Primer Ministro en un país donde la política es de todo menos simple. No en todas partes se tienen vecinos planeando la guerra contra uno mismo o contra otros, grupos terroristas controlando territorios, una democracia donde cada persona vale un voto, partidos religiosos, izquierda, derecha, laicos, judíos antiisraelíes, más o menos un millón de judíos de origen ruso, un 20 % de población árabe israelí… En fin, Israel es muy singular y muy diverso; en eso radica, precisamente, su riqueza y su potencial.
Por suerte, hay buenos periodistas y magníficos historiadores. Voy a seguir leyendo sobre Sharon –también hay textos muy buenos- y esperaré que unos y otros hagan su trabajo. Mientras vivió jamás creí que fuese un ángel. No voy a pensar, en el día de su muerte, que fue un demonio.
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Analista político
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