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España ante el Sahara

domingo 29 de noviembre de 2009, 23:40h
Una de las prerrogativas que tiene el Gobierno en el ejercicio de sus funciones es la de conceder la nacionalidad a quien considere oportuno de manera discrecional, la llamada “concesión por carta de naturaleza”. Esa parece la solución elegida por el ministro de Asuntos Exteriores y de Cooperación, Miguel Ángel Moratinos, en el tema de la activista saharaui Aminatou Haidar. La huelga de hambre que inició en el aeropuerto de Lanzarote, donde llegó tras ser expulsada de Marruecos. Siendo una medida atinada, es insuficiente y además llega tarde. Han tenido que pasar varios días desde que Aminatou Haidar denunciase su situación para que el Gobierno español tomase cartas en un asunto que requería otra manera bien diferente de proceder.


El contencioso entre Marruecos y el Sahara viene de lejos. Y durante todo este tiempo, no puede decirse que la actitud marroquí haya sido precisamente ejemplar. España mantiene con ambos algo más que una relación de proximidad, pues muchos son los lazos históricos que aún perviven. Ocurre que el gobierno Zapatero –como encantos aspectos, en un cambio de la política tradicional de la izquierda española- siempre ha tenido un cierto complejo en sus relaciones con Rabat y nunca ha hecho demasiado ruido con la defensa de los derechos de un pueblo, el saharaui, permanentemente pisoteados por el reino alauí. En esta ocasión, además, puede decirse que el Gobierno español ha perdido una ocasión de oro de enmendar ambos errores. Por un lado, prestando algo más de atención a las reivindicaciones de un colectivo que lucha por la preservación de su identidad, en lugar de otorgar casi a título de limosna la nacionalidad española a Aminatou Haidar como única medida ante la crisis diplomática. Por otro, y relacionado precisamente con la diplomacia, José Luis Rodríguez Zapatero bien podía haberse posicionado en defensa de una causa como la del Sáhara, sin exagerar la molestia que semejante actitud pudiera ocasionar en Marruecos. En política exterior nunca es buena la debilidad, y menos aún la falta de coherencia.
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