La calavera de los fieles difuntos
jueves 29 de octubre de 2009, 22:04h
Nada hay en la anatomía humana que nos dé más pavor y nos estremezca más que la calavera humana, monda y sonriente; las imaginerías medieval, barroca y romántica se sirvieron de ella para recordarnos la fugacidad de la vida y el hecho de que, al final del camino, todos nos incorporaremos al humus, a alimentar la tierra. En estos primeros días de noviembre abrirán sus mandíbulas y nos chillarán muy fuerte.
Vivimos ajenos a la invitación de las calaveras: una propuesta sutil, tentadora y convincente la de detenerse a pensar en el poco tiempo que vamos a estar peleando por nuestro lugar en el mundo… ante la que, sin embargo, miramos a otro lado. Me pregunto si la pasión por el poder del PSOE y el PP sabe algo de la sonrisa de las calaveras; incluso diría que no es posible contraponer las ideas de muerte y poder, así, enfrentadas: se compadecen mal, por cuanto la Muerte es el Poder absoluto. Y algunos gobernantes, como el genocida Karadzic que ahora se encuentra en La Haya burlándose del tribunal internacional, identifican a la muerte como una forma de poder, “la” forma del poder por excelencia. Sin embargo, y a pesar de la omnipresencia de la muerte –o precisamente por ello–, seguimos ignorando que nuestro cráneo también le sonreirá a la Parca.
La literatura preguntó a la calavera por sus razones y argumentos. Rudyard Kipling lo hizo en El hombre que quiso ser rey, el maravilloso relato del rey de Kafiristán que primero fue soldado de la reina Victoria en la India, luego pícaro y finalmente monarca y semidios convencido. Daniel Dravot terminó reducido a la presencia rotunda y plena de una testa coronada, la misma que Peachy Carnehan recogió con mimo en el fondo del precipicio para llevarla como testimonio de su formidable aventura hasta la mesa de Kipling en la redacción de The Northern Star, aquella noche en la que soplaba fuerte, caliente y seco el loo. Guelbenzu dice en el hermoso prólogo a la edición de Destino: “La historia –eludida pero vigorosamente presente en quien lea este libro– del moribundo Carnehan buscando y hallando lo que será el último resto de su amigo y su viaje de vuelta con ello hasta la misma oficina de donde partieron, es uno de los más hermosos regalos que un escritor ha hecho a la imaginación del lector”. Efectivamente, la sorpresa que aguarda al lector es mayúscula y así presenta Kipling el momento en que Carnehan presenta la calavera de Dravot: “Hurgó entre el montón de harapos que le rodeaban la doblada cintura; sacó una bolsa negra de pelo de caballo, bordada con hilo de plata, y la sacudió hasta que algo cayó sobre la mesa… ¡La seca y marchita cabeza de Daniel Dravot! El sol de la mañana, que llevaba un buen rato haciendo palidecer las lámparas, se reflejó en la barba roja y en los ojos ciegos y hundidos […]”.
La calavera, el cráneo o “rapacilla” calavera es uno de los motivos literarios más recurrentes en Quevedo, no sólo en sus escritos filosóficos y morales, sino en los satíricos.
Hijos que me heredáis: la calavera
pudre, y no bebe el muerto en el olvido;
del sepulcro no come y es comido;
tumba, no aparador, es quien lo espera.
Don Francisco dio la vuelta a los miedos para travestirlos de risa burlona. Incluso creó neologismos, como “calaverear” o el adjetivo “calavero”.
Pelo fue aquí, en donde calavero;
calva no sólo limpia, sino hidalga;
háseme vuelto la cabeza nalga:
antes greguescos pide que sombrero.
O también
Yo he visto una calva rasa,
que dándola el sol relumbra,
calavera de espejuelo,
vidriado de las tumbas.
También Shakespeare cierra con la imagen de una regia calavera –al igual que Kipling– su magistral Macbeth: cuando Macduff mata a Macbeth, entra en escena con la calavera del monarca muerto y exclama exultante:
¡Salve, rey, pues ya lo eres! ¡Mira dónde traigo la cabeza maldita del usurpador! ¿El mundo es libre! ¡Te veo rodeado de perlas del reino, que pronuncian mi salutación en sus almas, a cuyas voces invito a gritar con la mía: ¡Salve, rey de Escocia!
Es un rito cíclico y todos los años acudimos al cementerio, a visitar a nuestros fieles difuntos, aquellos que nos han precedido al encuentro con la Muerte, pero no parece que prestemos demasiada atención a lo que nos dicen, a la vista del espectáculo diario. Tal vez porque sepamos que debajo de nuestra piel, nuestros ojos y nuestros labios, sepamos que más bien antes que después, seremos la viva imagen de los que hoy yacen bajo la lluvia lóbrega y luctuosa de noviembre; y no queramos pronunciar su nombre… ni siquiera para bromear, como Quevedo. Es menos comprometido prestar oídos a las trifulcas de los políticos por la pata de jamón, aunque a ellos, especialmente a ellos, como a Daniel Dravot y a Macbeth, se les olvide con demasiada frecuencia lo efímero de su reinado.