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La encrucijada afgana: un problema de todos
Una de las características más significativas de la nueva ofensiva antitalibán en Afganistán es su escaso número de bajas. En una contienda tan cruenta como dilatada en el tiempo, es significativo comprobar cómo el saldo trágico de la llamada “operación Janjar” es sumamente exiguo en comparación con ofensivas militares anteriores. Quizá se tenga -de manera errónea- demasiado presente el tema de la violencia en Irak que, si bien dista mucho geográfica y políticamente de Afganistán, no deja de ser igualmente un punto de conflicto con tropas extranjeras en liza, fundamentalmente norteamericanas. En Afganistán la situación es diferente. El país está absolutamente devastado desde finales de los años 70: los soviéticos primero y los talibanes después convirtieron el estado afgano en una amalgama de grupos tribales sin más filiación que su propia supervivencia. Además, apenas hay electricidad, infraestructuras ni cultura alguna de lo que es vivir en sociedad. Y el próximo 20 de agosto, elecciones. Obama es consciente de la trascendencia de estos comicios y por eso se ha decidido a actuar en previsión de lo que pueda pasar. En esta ocasión, se trata más de asegurar zonas sensibles que de ir contra el enemigo directamente, aunque no por ello la “operación Janjar” deja de ser de vital importancia. Algo a lo que, por otra parte, deberían prestar bastante más atención sus aliados europeos, tan dados a criticar y tan reacios a actuar. Que Afganistán tenga unas elecciones más o menos “normales” es algo sumamente difícil, pero no por ello irrenunciable. Todos nos jugamos mucho allí, por más que haya quien prefiera mirar hacia otro lado. Y el terrorismo no entiende de plazos ni de lugares: actúa cuándo y dónde puede.


