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editorial

La nueva marca de ETA

11-01-2009

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Las elecciones autonómicas vascas se acercan y las distintas fuerzas políticas ya calientan motores. Como era de prever, ETA también intentará acceder a los comicios y, para ello, se ha apresurado a inventar una nueva marca electoral. Esta vez, el nombre elegido es el de “D3M” -“Democracia 3.000.000”, en alusión a los 3 millones de ciudadanos que habitan en Euskadi, Navarra y el llamado país vasco-francés. Su presentación en sociedad se produjo durante una comparecencia ante los medios de comunicación en Bilbao, con la aquiescencia del gobierno vasco. En ella se pudo reconocer a viejas caras de la izquierda abertzale como Itziar Aizpurúa y otros “ejemplares demócratas” que ya habían encabezado listas electorales anuladas en anteriores convocatorias electorales. De momento, están recabando firmas, pero es obvia su intención de concurrir a las urnas bajo las siglas D3M. Toman así el testigo de Batasuna, PCTV, ANV y tantas otras siglas que desde hace demasiado sirven o han servido de cobijo a los miembros del entramado etarra cuyo cometido es tener presencia activa en las instituciones. Principalmente, para acceder a las subvenciones oficiales -léase, nuestros impuestos-, una de las fuentes económicas fundamentales de las que se nutre el entramado terrorista.

Por su parte, las fiscalías del Tribunal Supremo y Audiencia Nacional han recibido un oficio del Fiscal General del Estado, Cándido Conde-Pumpido, en el que se solicita la apertura de diligencias donde ir acumulando todas las informaciones sobre esas listas que les sean remitidas por las fuerzas de seguridad. Falta por ver el tratamiento que dará esta vez el Ministerio Público al enésimo intento de ETA por acceder a la cámara vasca. No obstante, conviene tener presente que, en la última cita electoral vasca, la Abogacía del Estado permitió que un buen número de listas electorales no fueran impugnadas, lo cual permitió a ETA colocar a sus peones -las famosas “Nekanes”- en el parlamento de Vitoria. Desde Moncloa ya se ha dicho que estarán “vigilantes”. El problema es en qué cristalizará después esa vigilancia.

Con todo, el que desde el mundo de ETA se intente nuevamente acceder a la vida política activa significa, ante todo, que sus abogados han atisbado algún modo legal de hacerlo. Caso contrario, ni lo intentarían. Los pistoleros de ETA están ahora peor preparados -afortunadamente- que antaño, su bagaje intelectual es prácticamente nulo y la cantera de la que nutrirse ha disminuido de manera considerable. Pero que la vertiente operativa de ETA sea ahora más débil no significa que ocurra lo mismo con su lado jurídico. Antes al contrario, los abogados “abertzales” -Iñigo Iruin, Jone Gorizelaia- han acreditado en más de una ocasión su pericia jurídica. Saben lo que se hacen. Y lo hacen bien. Son maestros en el arte de utilizar la ley contra la ley. Por eso, hay que combatirles en todos los frentes. No basta, por tanto, con endurecer las leyes a fin de que ETA no vuelva a intentar subsistir políticamente. Porque mientras haya “herriko-tabernas” exhibiendo pancartas etarras y recaudando fondos “para la causa”, mientras en los municipios vascos haya plazas y calles con el nombre de terroristas y mientras sus rostros cuelguen impunemente en carteles de toda la geografía vasca, habrá mucho por hacer. Dice muy poco de la calidad democrática de una sociedad el que los que piensan de una determinada manera -los no nacionalistas- hayan de ir con escolta, estén atemorizados y tengan que disimular sus ideas u ocultarse, mientras una organización de asesinos se exhibe impunemente. Resulta intolerable. Y no es sólo -que también- una afrenta moral: el que los asesinos estén en las madrigueras y los demócratas en la calle, es la manifestación de que el Estado democrático ha recobrado plenamente el monopolio de la violencia legítima. Al crimen organizado hay que expulsarle de la calle y de la política, con el mensaje de que no se combaten ideas, por descabelladas que nos parezcan, pero que no se tolera la violencia, el chantaje y la opresión, sean las que fueren las siglas con que se camufle.







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