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Mario Vargas Llosa y la memoria del Perú

miércoles 29 de julio de 2009, 20:35h
Siento mucho disentir del escritor Mario Vargas Llosa por cuya obra literaria manifiesto una profunda admiración, pero Perú no ha consolidado su proceso de memoria histórica.

Pero una cosa es la narración monumental de un régimen dictatorial centroamericano que hace en La Fiesta del Chivo y otra cosa es pretender exculpar una barbarie por otra como lo ha venido demostrando el escritor peruano en sus últimas apariciones públicas.

No deja de ser encomiable haber convencido al presidente Alan García de aceptar una donación alemana para crear un museo de la memoria, pero lo que a todas luces amerita un reproche es la utilización de ese u otro ejercicio de memoria para facultar las verdades indiscutibles e intolerantes que han llevado a tantos países de la región a vivir cruentas guerras civiles o interminables conflictos. Y es que es demasiado clara la división de víctimas en la estructura que tendrá este museo: por una parte las víctimas del terrorismo que son tratadas con dignidad, mientras las miles de personas que murieron por la desmedida arremetida militar de Fujimori en los años posteriores a su “autogolpe” de estado son relegadas como una suerte de victimas “culpables” por su condición étnica, su lugar de pertenencia o nacimiento o sencillamente por encontrarse en el camino de la marcha militar. Y en esto los demócratas no podemos ceder porque un Estado de Derecho no ejecuta o tortura población civil bajo ninguna circunstancia, y si en algún momento de la historia lo hizo, la memoria debe registrar la responsabilidad por los hechos y la condena a la utilización de tan monstruosos métodos.

El proceso de memoria es una necesidad en el marco de los principios universales de Verdad, Justicia y Reparación, pero más allá de eso implica la posibilidad de una sociedad para establecer nuevos contratos sociales, para discutir lo que no se debate en la inmediatez y reflexionar sobre su historia misma y construir un modelo social que no permita la repetición de la barbarie, cualesquiera que haya sido el color con que se haya presentado. De hecho, en la región no es posible encontrar un ejemplo donde los crímenes cometidos hayan tenido una única tonalidad.

Por eso los procesos de memoria son a la vez necesarios y delicados dado que son susceptibles de este tipo de tratamientos totalmente por fuera de cualquier óptica civilizada. Cualquier sociedad signada por la violencia se resiste a abandonarla y el único camino el consenso al rechazo de cualquier forma barbárica de utilizar la violencia para lograr un objetivo político, no importa cuál sea.

En este sentido es perverso jugar en el filo de la justificación violenta como lo vienen haciendo muchos gobiernos regionales – entre ellos el peruano –, pero lo triste es observar a los literatos que han narrado lo incontable o se han resistido a la propaganda política utilizar los mismos argumentos que fragmentan a las víctimas y les añaden epítetos humillantes y descalificativos de acuerdo con la filiación de sus respectivos victimarios. Si hubo conflicto, la memoria debe obedecer a una óptica que no permita justificar el camino con la meta, porque en la política cualquier meta es justificable en el discurso y sobra recordar que esta lección el mundo occidental la ha tenido que aprender dolorosamente durante todo el siglo XX.

Por esto Vargas Llosa ya había hecho declaraciones sobre el conflicto colombiano, celebrando la salida militar y condenando a los defensores de las salidas políticas y negociadas con descalificativos contundentes, irrespetuosos e intolerantes, al mismo tiempo que utilizaba la meta de la victoria militar como justificación de toda violación posible a los derechos humanos o cualquier crimen de lesa humanidad.

Creo que después de haber escrito tantas novelas sobre la cotidianidad de los universos corruptos, las falsas morales y la arrogancia de los verdugos, la nostalgia de próceres y campañas bélicas llenas de hombres idealizados en la lógica de la guerra ha llenado su producción de opinión política. No estaría de más recordarle que afortunadamente quiénes en este momento se autodenominan próceres, patriarcas o salvadores son menos que hace algunos años, pero que los que existen (también en Perú y en Colombia) tienen la mala costumbre de resolver cualquier problema recurriendo a lo mismo que estamos tratando de resolver de forma definitiva.

Le añadiría en este comentario que sus argumentos muestran su intolerancia, no la superioridad de sus convicciones. Y infortunadamente abren la puerta a la repetición de las violencias como única forma de mediación. Puede que el nuevo museo peruano y su intervención en él consiga excelentes resultados de encuesta que avale en cualquier tribuna mediática, pero no nos ayuda a entender el qué, quiénes, cómo y por qué.

Por el contrario, su apología a las justas causas de la guerra en detrimento de las víctimas de la misma no contribuye a la reconciliación ni a los procesos de memoria. Pero creo que al día de hoy este tema no es del interés del escritor.
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