Un patio inolvidable: Moni Arcadi en Creta
viernes 11 de abril de 2008, 22:12h
Creta se extiende quieta y perezosa sobre el Mar de Libia. La mayor de las islas griegas y la quinta en extensión del Mediterráneo cuenta con recoletas calas y amplias playas, extensas manchas de olivos que pueblan las empinadas laderas y pequeños valles donde se cobijan las higueras y la vides se retuercen hacia el sol. La configuran altísimas montañas que caen en picado hasta el mar cerrando el sur de la isla al turismo y la vida cotidiana.
La primavera es un buen momento para viajar a Creta. Las temperaturas todavía no son excesivas o la brisa las suaviza. El árido paisaje se torna verde cuando la hierba crece bajo los cipreses y las flores silvestres empiezan a dar señales de vida. Y como en cualquier época del año, una atmósfera plácida y desenfadada envuelve un entorno todavía virgen de desastres urbanísticos.
Los cretenses son amables y hospitalarios, la comida buena, las comunicaciones aceptables. Al parecer, Creta no goza del aprecio hispano en general a tenor del pequeño número de compatriotas que visita la patria nativa de El Greco. Por el contrario, las gentes del norte y este de Europa agradecen la amabilidad de sus gentes, la calidad del servicio y el buen precio de los mismos. En general los turistas prefieren las playas y calas que las visitas de carácter cultural. En la playa, las horas pasan indiferentes mecidas por el murmullo suave de las olas al entrar en contacto con la arena. Todo invita a permanecer en la quietud, en el ocio más absoluto, en el “dolce farniente”.
Pero Creta invita también a recorrer su larga historia. Un pasado rico y fecundo el de la isla, y, dada su posición geográfica, al alcance de todas las civilizaciones que han surcado el Mediterráneo. Por sus costas han navegado todos los pueblos imaginables y todos han dejado su huella. Una huella labrada en piedra en evocadores enclaves arqueológicos. Las piedras lisas o trabajadas, pintadas o amarillas como el sol que las alumbra, hablan de un pasado esplendoroso cuando el mítico Minos gobernaba a la sombra de pinos y cipreses en el palacio de Knossos. Hablan también de la Magna Grecia y de Roma, de Bizancio, de los cruzados, de los otomanos, y, sobre todo, de Venecia. Todavía hoy el poderío de los dogos se deja sentir en cada esquina de la isla. Los venecianos dejaron su impronta en ciudades, ciudadelas, palacios, iglesias, y monasterios.
Resulta imposible sustraerse a la llamada del pasado. Bien es cierto que, pese a las apariencias, el patrimonio artístico de Creta es más bien exiguo. Si exceptuamos los reconstruidos palacios de Knossos, Festos, Agia Triada y Gortys o el Museo Arqueológico, lo más notable son las ciudades amuralladas de Heraclion, Rethymon y Chania. Todas ellas producto del dominio veneciano. Lo mismo que los notables monasterios greco-ortodoxos de Arcadi y Preveli.
Moni Arcadi está a 25 kilómetros de la ciudad costera de Rethymno, capital de la provincia más montañosa de la isla y una bonita ciudad para pasar un par de días. La carretera asciende curvada, zigzagueante, entre olivos. Al final, entre montañas, aparece el cenobio. Desde allí se divisa un mar infinito que se extiende hacia las islas del Egeo. La decisión de visitar Moni Arcadi no fue casual. En las guías, en los hoteles, en los centros de turismo señalaban este monasterio como un lugar especial que no había que perderse.
En una primera impresión, nada en el recinto monacal indica que estemos en un lugar especial. Nada en apariencia. Se trata de una construcción barroca veneciana, con una pequeña iglesia del siglo XVI de elaborada fachada y edificada en el centro de un enorme recinto cerrado al exterior por las celdas de los frailes, convertidas muchas de ellas en museo. Podía tratarse de uno de los miles de pequeños monasterios que pueblan Europa. Podía, pero no, porque ninguno tiene una historia tan trágica y hermosa.
El patio, sencillo, humilde, de una armonía austera, pobretón casi, donde crecen las buganvillas, las adelfas y las hortensias, fue centro de la resistencia cretense contra el poder invasor turco. Un patio donde reina el silencio, sólo roto por el trino de los pájaros o la suave caída del agua con la que un pope riega las flores. Un patio que habla de épicos enfrentamientos de David contra Goliat: Creta frente al poder otomano por su independencia. Un patio que fue testigo, en noviembre de 1866, del asedio de los soldados turcos contra los líderes de la resistencia y sus familias que allí se habían refugiado. Dice la historia que antes de morir a manos turcas, los isleños prefirieron volar el recinto dando fuego al polvorín.
Tras la algarabía bélica llegó el silencio. Un silencio impregnado de aromas cítricos, que predispone a los visitantes a no hacer ruido, a no enturbiar ambiente tan apacible. A la salida, pasamos de puntillas sobre el osario con los restos de las victimas de la tragedia. El recordatorio eterno de aquellos sucesos de la lucha por la libertad de Creta.
Merced a esta tragedia, muchos personajes prominentes de Europa iniciaron una campaña a favor de la causa cretense, entre ellos Víctor Hugo y Garibaldi. Casi un siglo después, Nikos Kazantzákis, el escritor autóctono por excelencia y cuya tumba está en las murallas de Heraclion, recreo la tragedia en su libro Libertad o muerte.
Creta logró librarse de los otomanos en 1898. Contó con la ayuda de Grecia a la que se anexionó quince años después. Desde entonces Moni Arkadí no ha dejado de ser lugar de peregrinaje para los isleños. Y uno de los símbolos nacionales.
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Periodista
Isabel Sagüés es periodista y MBA en Administraciones Públicas y Master en Comunidades. Ha dirigido entre otras entidades culturales sin ánimo de lucro la Fundación Canalejas y la Fundación ICO
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